10 meses de ilusión de precios

Venezuela: No es una fila de ricos con tiempo libre esperando el último iPhone, es gente desesperada por conseguir productos básicos: aceite de cocina, pollo, papel higiénico…

Han pasado 10 meses desde que el Gobierno estableció el control de precios. En la superficie, todo pareciera indicar que los pronósticos de escasez de los economistas eran exagerados. Esto iría contra toda la experiencia histórica de 4 mil años de intentos de control de precios. Desde Hammurabi y los emperadores romanos, hasta la Alemania Nazi, todos fracasaron con el mismo resultado: escasez, mercados negros, filas… El Panamá del siglo XXI sería el primer país en la historia capaz de legislar con éxito la eliminación de las leyes que rigen los fenómenos económicos.

No se ilusione. Una gira por los mini super y abarroterías, en la periferia de la ciudad, le mostrará cómo empiezan a aparecer los mismos problemas. Converse con sus dueños y se enterará que antes vendían, por ejemplo, papa, pero ya no lo hacen porque les cuesta más en el mercado de abastos que lo que pueden recuperar con el precio máximo decretado.

Actualmente, el precio del quintal de papa en el mercado de abastos es igual o superior a $60, frente a un precio máximo al detal de $0.60 por libra. Es evidente que esto no compensa el costo de distribución ni operación. ¡Nadie compra para perder! La secuela para el consumidor es que poco a poco deja de encontrar en su tienda de costumbre el producto que fue impactado por la política de control de precios para teóricamente hacérselo más asequible. Recordemos que los 22 productos son de un alto nivel de consumo: arroz, leche, papa, lentejas, pan de molde blanco… Mientras más se vende uno de estos productos, más debe el comerciante querer tenerlo en inventario. Pero bajo el control de precios se da la situación que mientras más vende el producto, más pierde. Así, el incentivo para vender, distribuir y producir este producto va menguando. No obstante, este desincentivo varía para cada producto, dependiendo de la diferencia que haya entre el precio natural del mercado y el precio artificialmente bajo legislado. Mientras mayor sea este diferencial, mayor la afectación.

Si vamos a un supermercado, probablemente veremos la estantería llena de papas. La razón es que las grandes cadenas tienen mayor capacidad de distribuir la pérdida, subiendo los precios de otros productos. Esta compensación, sin embargo, tiene sus límites, dada la libre competencia de precios en los otros productos. El pequeño comerciante, al tener un inventario menor, se le hace más difícil, por lo que el control de precios concede una ventaja relativa al grande. Naturalmente, las primeras señales de escasez aflorarían primero entre los pequeños comercios. Así, lenta pero implacablemente, se asoman las distorsiones que nos advierte la ciencia económica que ocurrirían si se aplicara el control de precios, distorsiones que los consumidores primeramente no perciben, que las autoridades menosprecian y cuyas consecuencias son solo evidentes en el largo plazo. El efecto más perverso y menos comprendido del control de precios, por ejemplo, es que interrumpe el flujo de información a través del sistema de precios que los empresarios usan para guiar sus decisiones.

Podemos debatir sobre el porqué del nivel de precios de los alimentos en Panamá, pero lo que es indiscutible es que el control de precios causa problemas indeseados e imprevistos por sus proponentes, y que su resultado es peor que la situación que se buscaba remediar y opuesto a la intención de los planificadores estatales. Los economistas Eamonn Butler y Robert Schuettinger publicaron en 1979 la obra ‘40 Centuries of Wage and Price Controls’ para ilustrar el fracaso de estas políticas sin importar el país, la cultura, la época o el ímpetu de los gobernantes. Hoy, no hay más que dar un vistazo a Venezuela. Esperemos que nuestros gobernantes sepan reconocerlo a tiempo.


*Publicado en Revista K, Panamá, mayo de 2015.

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