(Photo by Miguel Tovar/LatinContent/Getty Images)

…and justice for all

¿El Justiciero de la Marquesa hizo justicia realmente?

Se habla de ángeles y detonaciones, de justicia y venganza. En días pasados, hemos sido testigos –y partícipes– de la difusión de una noticia importante: el acto del Justiciero de la Marquesa, o Vengador Anónimo, o bien, como han insistido en llamarle, el Ángel Exterminador. El hombre, cuyo rostro e identidad permanecen bajo la sombra, ejecutó a cuatro asaltantes que intentaban robar a los pasajeros de un autobús. Su trayecto iba de San Mateo Atenco a la Ciudad de México, una zona peligrosa y muy transitada. Los cadáveres de los ladrones fueron encontrados en la carretera.

El hecho sonó mucho durante varios días. Medios nacionales y extranjeros reportaron el incidente y, en ocasiones, se detuvieron a observar algunas de las aristas y complejidades que lo atraviesan. La forma en que se habla del asunto arroja algo de luz sobre ciertos caracteres que hoy detentamos como sociedad. ¿Ese hombre puede ser un justiciero y un vengador simultáneamente? Y si no, ¿de dónde proviene la aparente intercambiabilidad de dichos términos, que inunda los reportes –y las opiniones– sobre lo sucedido?

Si no diferenciamos la justicia de la venganza, ello indica que debemos hacer una revisión de cómo manifestamos nuestro hartazgo frente a un problema endémico de inseguridad. El obrar del Ángel fue acogido con gusto por muchos y con escepticismo por otros. Los analistas coinciden en algo: nuestro país sufre de un hueco de autoridad que ha permitido la propagación de todo tipo de crímenes. Si el delito produce dolor en la víctima y, además, ella no es atendida como corresponde por las instituciones, entonces se vuelve tentador aplaudir el acto de un supuesto justiciero del que, hasta ahora, no sabemos nada.

Batir las alas, jalar el gatillo

La madrugada del 31 de octubre, un grupo de cuatro asaltantes intentó robar a los pasajeros de un autobús que transitaba la carretera Toluca-México. Uno de ellos se encargó de amenazar al chofer y de darle instrucciones. Los otros, a punta de pistolas hechizas, realizaron el despojo: recogieron carteras, teléfonos y otros ítems que colocaron en una mochila. Cuando aún no habían terminado, un hombre surgió de la parte trasera del camión. Con precisión milimétrica, el Ángel disparó contra los asaltantes. Al parecer, primero murió el que vigilaba al conductor. El vehículo se detuvo, abrió sus puertas y el resto de los ladrones intentó huir. Fue inútil, pues una vez fuera del autobús, el Justiciero/Vengador volvió a dispararles. Una vez que murieron, él devolvió lo robado a los pasajeros. El hombre pidió que no lo delataran. Bajó del camión unos metros más adelante. Ninguno pudo verlo, pues aún no había salido el sol y la poca luz del autobús impidió verle rostro.

La Procuraduría General de Justicia del Estado de México (PGJEM) inició la investigación. Alejandro Gómez Sánchez, su titular, publicó un video donde explica su teoría de cómo ocurrió el evento. Según sus palabras, la Procuraduría sólo cuenta con la declaración del chofer. El arma utilizada, además, es similar a la que utilizan elementos de la policía. Por otro lado, abogados penalistas han mencionado que la disposición del asesinato vuelve imposible alegar defensa propia. El Ángel los remató en el suelo y, de hecho, ello podría ser considerado un homicidio múltiple y ventajoso. De ser capturado, esto podría implicarle una pena de hasta 240 años en prisión. Más allá de lo anterior, hay que señalar un fenómeno importante: la figura del Justiciero ha sido ampliamente comentada en medios y redes sociales. Hay preocupación por las implicaciones de su acto, sí, como hay también una ola de simpatía que lo arropa.

(AP Photo/Alexandre Meneghini)

Hagamos un pequeño recuento de lo dicho en dos artículos que atendieron lo sucedido.

Héctor de Mauleón, dispuesto a ver la escena, decidió hacer el mismo viaje en que los asaltantes fueron abatidos. Su mirada detecta el miedo entre los viajeros que, a diario, hacen ese recorrido. La inseguridad, en esa región del país, es algo de todos los días. Además, De Mauleón indica lo que otros medios han confirmado: la banda de asesinados tenía un historial largo de robos en autobús.

Alejandro Hope, analista de seguridad, reunió para El Universal una serie de datos interesantes. Este no es el primer caso de vengadores anónimos en autobuses del Estado de México. Y claro, tampoco es el primer ejemplo de justicia por propia mano que surge en este país. Lo cierto es que el número de justicieros ha ido en aumento y que, en muchos de los casos, ha habido situaciones de linchamiento de masa. En ocasiones, al final, los inculpados resultaron inocentes. Como sea, esto no va a detenerse hasta que el Estado se haga responsable de la inseguridad en el país y de los vacíos de autoridad que él mismo ha cultivado.

Los autores señalan un hueco importante en nuestro país: la incapacidad de las instituciones para garantizar nuestra seguridad ha gestado, además de una notable normalización de la violencia, un estado general de hartazgo. No descuidemos, pues, las reacciones de la gente en redes sociales. Gran parte de ellas celebra la agencia del Ángel Exterminador. Un usuario en Twitter colgó una imagen con una leyenda que dice: “Pacto ciudadano, si hacen justicia frente a mí, no vi nada, no escuché nada, no sé de qué me hablan… Por un México sin rateros”.

Mencioné al principio que, en las notas que reportan el hecho, el hombre es llamado Justiciero y Vengador indistintamente. Sin embargo, el Ángel no ha mostrado su rostro y es de esperarse que permanezca oculto. Ante la falta de su identidad, nos queda un archivo. Imagen Noticias difundió un video captado el pasado 23 de septiembre, grabado con las cámaras de seguridad al interior de un autobús.

Se trata de un asalto hecho de la misma forma que el otro, ese que el Vengador interrumpió. Es posible, además, que los ladrones a cuadro hayan sido los asesinados por el Justiciero. Después de unos siete minutos de imagen, en que podemos ver el modus operandi de los asaltantes hasta su término, encontramos un detalle interesante: algunos de los pasajeros, asustados y molestos, se dirigen al lugar del chofer. No buscan preguntarle si se encuentra bien, sino reclamarle.

En un país con huecos y fisuras de autoridad, ¿a quién le demandamos justicia?

La ley y la verdad

(AP Photo/Guillermo Arias)
Querido Sherlock Holmes:
Solicito su ayuda en un asunto de vida o muerte. Hace dos semanas mi marido salió del trabajo rumbo a casa. En el camino se detuvo a comprar tabaco y estampillas en McPherson’s de la calle Stuttgart. Nadie ha vuelto a saber de él y la policía se muestra reacia a ayudarme. Temo que algo irremediable le haya ocurrido porque esa tarde llevaba consigo papeles importantes… papeles que podrían comprometer a un alto funcionario del parlamento.
Queda de usted, llena de angustia:
Deliah Robertson

La señora Robertson era una mujer de carne y hueso. Su carta fue rescatada por Gerardo Piña para el prólogo de una colección de relatos editada por Siglo XXI. Robertson, como miles de lectores de las aventuras de Sherlock Holmes, no tenía idea de que el detective era un personaje ficticio. Lo anterior es un caso tan interesante como enternecedor: allí donde falla la policía, o la agencia oficial encargada de proteger la ley, la demanda de justicia puede dirigirse a otro punto, un punto fuera de la institución. Ricardo Piglia dijo que la función del detective literario es (re)establecer la relación entre la ley y la verdad. Para ello, él debe desmarcarse de las instituciones. El detective está allí para hacer ver que la ley, en su lugar institucional, funciona mal. Allí donde la verdad y la ley no coinciden, el detective debe aparecer. Esto, claro, es una forma en que la literatura se hace cargo de eso que la diferencia de otros fenómenos: discutir las preguntas que discute la sociedad, pero en otro registro. ¿Qué es un delito, qué es un criminal, qué es la ley? Y, en este caso ¿qué es la justicia?

La Suprema Corte de Justicia de la Nación es el máximo tribunal en México. En su sitio web existe un pequeño documento anexo sobre la consistencia de la impartición de justicia. Su objeto es “garantizar el Estado de Derecho, conservar la paz social y alcanzar el desarrollo equitativo al que aspiran todos los mexicanos”. A ello se suma la idea de “garantizar el respeto y derecho de los Justiciables, en particular de los sectores más desprotegidos de la Nación”. El magistrado Julio César Vázquez-Mellado, destacado jurista y docente mexicano, escribe algo relevante en su Carta a un juez que inicia su carrera judicial: en un solo caso subyacen vidas e historias humanas que son –o deben ser– el punto focal de la resolución. El juez debe “encontrar la verdad en toda controversia puesta a su consideración, teniendo a la ley como el supremo factor decisorio”. Lo cierto es que en México sufrimos una grave crisis de seguridad y que muchos han padecido una deficiente impartición de justicia. Nuestra situación facilita aplaudir un acto aparentemente justiciero. Aparente, sí, porque supone la protección de la víctima, pero en su camino anula toda posibilidad de preguntarse quiénes eran esos criminales y, sobre todo, qué es un crimen en este país.

(Photo by John Moore/Getty Images)

Pensemos en desigualdad. Según Hernan Winkler, economista, la violencia es efecto de un entramado complejo de temas y conflictos. Sin embargo, hay dos vías plausibles para comprender la relación entre el crimen y la desigualdad.

Hay una teoría. Dice que la desigualdad puede ocasionar una percepción –legítima– de injusticia entre los que están en desventaja. Ello podría propiciar una búsqueda de compensación por otros medios que, claro, incluyen el crimen.

La actividad criminal, además, podría explicarse mediante otro análisis: mientras menos sean las oportunidades económicas para los más desprotegidos, y mayor sea la brecha de ingreso entre ellos y los más ricos, el beneficio del crimen –robo, secuestro, extorsión, asesinato– tiende a ser mayor.

No conocemos los verdaderos móviles de los asaltantes asesinados. Sería un error asumir de inmediato que sus operaciones fueron efecto directo de la crisis. No obstante, tampoco podemos descartar esa hipótesis. Lo que interesa aquí es tratar de percibir el crimen como una de las consecuencias ulteriores de un sistema que, ya de suyo, no es muy justo. Es verdad: el crimen, aunque sea en apariencia menor, se padece, ocasiona frustración y dolor. No obstante, la solución no yace nunca en el asesinato del criminal, sino en un estudio cabal de su condiciones de posibilidad. Sólo de esta manera es posible llegar a la acción, esto es, la exigencia de justicia dirigida a quienes tienen la responsabilidad de atenderla. Matar así a cuatro asaltantes no es justo, es pretender –con ingenuidad– que el fenómeno criminal terminará cuando mueran los criminales, sin importar las condiciones que los posibilitan.

Epílogo: los responsables

(AP Photo/Dario Lopez-Mills)

Pero el panorama es extraño. La sola exigencia hacia las instituciones –proferida incontables veces– es insuficiente. La pregunta, pues, es cómo responsabilizarse de la existencia del crimen sin celebrar banalmente su simulada desactivación. No es una tarea sencilla, pero podríamos comenzar a poner atención en otros terrenos. Jorge Luis Preciado, senador panista que promueve una iniciativa para permitir la portación de armas en hogares, vehículos y negocios, también aplaudió el acto del Ángel Exterminador. En entrevista calificó el hecho como defensa propia y después aprovechó para hablar de su proyecto de ley. Preciado busca reunir las firmas suficientes para ingresar su proyecto como iniciativa ciudadana.

He allí un escalón asequible a la resistencia: evitar que nuestro legítimo hartazgo se convierta en capital político de un funcionario cuyos móviles, como los de los asaltantes muertos, aún desconocemos.

Por Armando Navarro.

(Photo by Spencer Platt/Getty Images)
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