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¿Qué tanto afectan los debates las elecciones en Estados Unidos?

La influencia de los enfrentamientos televisivos en la historia de las carreras presidenciales

¿El primer debate televisado impidió una guerra?

En 1962, el Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos se sentó frente al presidente Kennedy para proponer una medida drástica. Ante el descubrimiento de misiles nucleares soviéticos en Cuba, los militares en el gobierno del joven presidente recomendaron una respuesta militar directa. De haber aceptado este consejo, Kennedy hubiera desatado, posiblemente, una guerra nuclear. No lo aceptó.

¿Qué hubiera pasado si Estados Unidos hubiera tenido un presidente diferente? Se dice que Nixon era mucho más propenso a aceptar consejos de los militares: así, de haber ganado la elección, la crisis de los misiles cubanos hubiera podido representar el preludio a una guerra sin parangón. Pero, en la recta final de las elecciones sucedió algo que nadie había previsto: por primera vez en la historia, se televisó un debate presidencial. En el encuentro, Kennedy, vigoroso y bronceado, mostró una nueva cara de lozanía y fuerza frente al semblante pálido y desencajado de un Nixon enfermizo. Y eso influyó considerablemente en el público estadounidense.

Este 26 de septiembre, exactamente 56 años después del primer encuentro televisivo entre candidatos presidenciales, Donald Trump y Hillary Clinton discutirán en vivo sus propuestas políticas. Sobra decir que la comparación es inquietante. Nadie puede prever qué es lo que hubiera ocurrido de ganar Nixon; como nadie puede prever qué es lo que sucederá si Trump sale victorioso.

Sin embargo, conociendo las propensiones belicosas y temperamentales de ambos personajes, no es exagerado decir que ciertos futuros probables son amenazantes hoy como lo fueran en los sesenta. De cara a la próxima discusión entre los candidatos, una pregunta se vuelve urgente: ¿Qué tanto han afectado históricamente los debates en las elecciones presidenciales de Estados Unidos? ¿Sucederá lo mismo que en 1960? ¿Acaso será éste un enfrentamiento decisivo? ¿O han pedido su importancia en el último medio siglo? ¿Qué podemos esperar de este encuentro?

¿Impacta un debate hoy tanto como ayer?

(AP Photo/Madeline Drexler)

Es evidente que muchas cosas han pasado desde que Kennedy ganó la elección presidencial. En 1960, el 87.1% de los hogares estadounidenses tenían televisión (un aumento considerable frente al 11% que promedió la década anterior). En 2015, el panorama no había cambiado mucho: sólo creció 6 puntos en 55 años. Sin embargo, las condiciones que rodearon esa primera transmisión de un debate presidencial eran considerablemente distintas a las actuales.

Cuando Kennedy se sentó en un sillón al lado de Nixon, las tres cadenas mayores que podían sintonizar los americanos sincronizaron relojes y transmitieron, todas, al mismo tiempo, el famoso debate. Durante ese horario, ver otra cosa, en el único medio de comunicación realmente masiva de entonces, era imposible.

(AP Photo)

Con la enorme cantidad de medios de comunicación que existen actualmente, este tipo de bloqueos de información resultan imposibles. Y esa es una de las posibles razones por las que ha disminuido, considerablemente, el porcentaje de la población que observa los debates presidenciales. En 1960, el 36.5% de la población sintonizó la transmisión que, en palabras del mismo Kennedy, “inclinó la balanza a su favor”. Para el año 2000, cuando se transmitió el primer debate entre George W. Bush y Al Gore, ese porcentaje había bajado a un nimio 16.3%. Para 1976, el debate era ya un acto recurrente en las campañas presidenciales, pero hoy representa un evento tan políticamente importante como públicamente menospreciado.

Actualmente, sólo uno de cada cinco votantes de 18 años los observa. Y, dentro de aquellos que todavía les interesa, el promedio de tiempo que permanecen viéndolo no supera los 40 minutos. Las nuevas generaciones tienden a conseguir la información a través de medios digitales y rara vez muestran preferencia por un formato que no ha cambiado en prácticamente nada desde que Kennedy y Nixon lo inauguraron. Además, los debates presidenciales parecen ser mucho menos influyentes de lo que aparentan.

“Si quieres saber quién ganó un debate, debes observarlo sin sonido”

(AP Photo/Mark Duncan)

A pesar de ser los actos de campaña más vistos; a pesar de que proporcionan nueva información a los votantes y de que muchos admiten considerarlos la única forma de entender las posturas políticas de los candidatos sin que las interprete la prensa, los debates parecen no tener ningún impacto real en el resultado final de las elecciones.

Cuando Gerald Ford dijo que no existía dominación soviética en Europa del Este y dio pie a que se le considerara como un absoluto ignorante sobre política de la región, todos los analistas pensaron que se desplomaría su campaña. Pero Jimmy Carter ya iba en constante picada en ese momento y, a pesar de la aparente victoria en el debate, bajó 10 puntos porcentuales en las semanas que siguieron. Este ejemplo no es único.

Los debates han sido considerados, alternativamente, como destructores de campañas y momentos pivote para las grandes victorias presidenciales. Pero lo cierto es que su influencia es muy limitada. Para empezar, como bien señala John Sides en su esclarecedor artículo del Washington Monthly, los debates ocurren al final de las campañas cuando la mayoría de los votantes ya decidieron su voto.

Así que, más que atraer a los indecisos hacia un lado o el otro, estos enfrentamientos refuerzan las creencias de aquellos que ya estaban convencidos. Al final, dice Sides, las certezas políticas de los espectadores sólo sirven para que cada grupo opine sobre el “vencedor” del debate. Así, después del debate entre Obama y Romney en 2012, el 85% de los demócratas estaban convencidos de que Obama había ganado.

(Photo by Mark Wilson/Getty Images)

Además, los debates son un enfrentamiento altamente regulado para el que los candidatos se preparan intensivamente. Es por eso que da la impresión de que estos intercambios no llevan a ningún lado: los participantes saben responder con precisión a las preguntas que sus equipos anticiparon mucho tiempo atrás. Así, los debates resultan casi siempre, según Sides, en un empate que se colorea, hacia un lado o el otro, por las ideologías de quienes lo observan.

Es por eso también que el contenido de estos enfrentamientos importa mucho menos que la forma en que se desarrollan: James Fallow dice, incluso, que, “si quieres saber quién ganó un debate, debes observarlo sin sonido”. Esto es porque las imágenes que producen los debates son mucho más importantes, emocionalmente, para los espectadores, que las construcciones lógicas que se intercambian. Y esta máxima es evidente desde que el bronceado de Kennedy destrozó el pálido semblante raquítico de Nixon: la mayoría de los que escucharon ese debate por radio se inclinaron por considerarlo un empate o por darle una franca victoria al candidato republicano que terminó por perder la elección.

Finalmente, por más que se contabilicen preferencias después de los debates presidenciales, es difícil aislar la consecuencia única de los enfrentamientos discursivos de un panorama político, económico y social mucho más amplio. En particular, por ejemplo, es difícil deslindar la caída de Carter frente a Reagan en 1980 de las investigaciones del congreso en contra de su hermano, del aumento en la inflación y del escándalo de política internacional que representó la crisis de los rehenes en Irán.

Esto quiere decir que no es sencillo medir hasta qué punto influencia los debates una opinión pública que, en meses previos a las elecciones, está bombardeada por todas partes con propaganda, prensa y sucesos factuales. En el caso del debate que veremos el 26 de septiembre este tipo de información colateral es esencial para entender lo que hay en juego.

“Hillary vs Trump” o “retórica contra espectáculo”

(AP Photo/Evan Vucci)

En un imprescindible artículo para The Atlantic, James Fallows, quien fue el principal escritor de discursos para Jimmy Carter, desmenuza lo que tienen a favor y en contra los dos candidatos frente al inminente debate de este lunes. Entre muchas otras consideraciones, Fallows menciona la experiencia de Clinton frente a la absoluta falta de experiencia de Trump en este tipo de enfrentamientos discursivos.

Clinton ha tenido que enfrentar, cara a cara, cinco veces a Bernie Sanders y otras cinco a Barack Obama. Y todos podemos estar de acuerdo en que estos no son rivales discursivos de poca monta. Por el contrario, Donald Trump sólo ha tenido debates con un podio lleno de posibles candidatos republicanos: como bien dice Fallows, no es lo mismo gritar desde una multitud que enfrentarse a alguien cara a cara. Sin embargo, Trump tiene otro tipo de ventajas.

Estamos hablando de un hombre que pasó 10 años frente a una cámara en The Apprentice. Trump sabe cómo hacer sentir al espectador de su lado, sabe calcular sus palabras (aunque no lo parezca) y, sobre todo, sabe interpretar un auditorio. El papel que mantuvo durante el reality show es, de hecho, prácticamente el mismo al que sigue interpretando en su campaña: una voz de ego imparable que habla como autoridad única y que no se retracta de nada.

Además, su espontaneidad, que podría parecer un enorme defecto en un debate, puede ser también una gran ventaja. Esto se demostró durante las elecciones primarias: Alex Conant, jefe de comunicaciones de Marco Rubio dijo, justamente, “¿Cómo te preparas para enfrentar a alguien que no se prepara?”.

(AP Photo/Andrew Harnik)

En cualquier caso, este debate promete tener niveles de audiencia que, posiblemente, superarán las enormes cifras del insigne debate de Kennedy contra Nixon. En un debate entre candidatos republicanos, Trump habló durante 19 minutos. Eso representa el doble de tiempo de lo que tuvieron Kasich, Huckabee y Scott Walker. También, como señala oportunamente Fallows, diversas cadenas televisivas que no aceptaban llamadas telefónicas en vivo de candidatos (por tener el privilegio de no estar frente a frente, de ayudarse con un equipo de asesores y controlar el discurso), aceptaban que Trump llamara.

Esto sucede porque el candidato republicano convoca masas. Trump fue la estrella de unas convenciones republicanas bastante desangeladas y su presencia televisiva ha logrado revertir en puntos a su favor los insultos de hosts como Jimmy Kimmel, Jimmy Fallon o Colbert.

Si Clinton cae en las provocaciones de Trump y el intercambio se mueve hacia su campo de dimes y diretes irracionales, el candidato republicano puede salir beneficiado. Si el debate se mueve hacia asuntos más concretos de política y economía, si la balanza se inclina hacia la razón y si la candidata demócrata logra sacar de quicio al temperamental Trump, todo puede beneficiar a Hillary.

(Photo by Chip Somodevilla/Getty Images)

A pesar de las evidencias de los politólogos que señalan la poca incidencia de los debates en los resultados finales de la elección, esta carrera por la presidencia parece estar tan cerrada, parece moverse tan caprichosamente, que la más mínima ventaja puede llevar a uno de los candidatos a la oficina oval.

Faltan todavía tres debates y el mes de octubre con toda la posibilidad de más escándalos y golpes bajos como los que no han cesado de intercambiarse desde el principio de esta histórica carrera presidencial. Ambos candidatos son sumamente impopulares, ambos candidatos han caído en provocaciones baratas e intercambios sucios, ambos candidatos levantan fuertes pasiones entre los indecisos votantes estadounidenses. Esperemos que la lección de la historia no se regrese en nuestra contra. Como no queremos imaginar qué hubiera pasado si Nixon ganaba ese debate hace 56 años, esperemos no tener que ver este momento, en retrospectiva, como el punto clave en una elección que puede pesar mucho para el futuro de Estados Unidos, México y el mundo.

Por: Nicolás Ruiz

(Photo by Chip Somodevilla/Getty Images)
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