Un problema de todos: hablemos de la desigualdad en México

(AP Photo/Marco Ugarte)

Matices de un problema global

Un muro separa alguna vecindad de otro campo de golf en Santa Fe; unos tenis cuelgan sobre los hilos eléctricos de una calle mal iluminada mientras alguien juega tenis, arriba, más allá del ruido, sobre una azotea de Polanco; una hacienda reconstruida en Oaxaca ofrece, a precios exorbitantes, delicias cultivadas en un campo lleno de desventajas. Éstas son sólo algunas escenas de algo que se conoce muy bien en México: la desigualdad económica. Aun así, ni la pobreza extrema, ni la riqueza desmedida parecen estar bajo la mira de los reflectores comunes: se habla poco del rol social de los empresarios mexicanos, de las dificultades titánicas de los más desfavorecidos, de las razones detrás de esta disparidad y de las maneras en que se puede intentar subsanarla. Por supuesto, el tema es complejo, cargado de trasfondos políticos y de posibles repercusiones sociales. Hablar de pobreza en México es doloroso, hablar de riqueza es incómodo, evitar los temas es molesto y confrontarlos, sigue siendo, hoy en día, polémico.

En el mundo, la desigualdad sigue creciendo: hay una enorme parte de la población planetaria viviendo bajo el límite de la pobreza extrema y sólo unos cuantos retienen la gran mayoría de las riquezas mundiales. Según cifras de Oxfam, en el 2014, 85 personas poseían la misma riqueza que la mitad de la población mundial. Para 2015, esa cifra bajó a 80 personas. Este dato nos muestra que la brecha entre los más ricos y los más pobres se sigue cavando. De la misma manera, en su famosísimo artículo Of the 1%, by the 1%, for the 1% (“Sobre el 1%, por el 1%, para el 1%”), el aclamado economista ganador del premio nobel, Joseph E. Stiglitz, señala que esta brecha no existe únicamente en los países en vía de desarrollo sino que está profundamente anclada en la cultura económica y política de los países más poderosos y, en particular, de los Estados Unidos. En el país vecino, el 1% de la población acumula un cuarto de los ingresos de la nación. Y ese 1% ha visto sus ingresos crecer 18% en la misma década en que disminuyó el ingreso de la clase media. Si estas cifras alarmantes suceden dentro de una de las más grandes potencias económicas mundiales, ¿podríamos esperar un mejor panorama en nuestro país?

(AP Photo/Eduardo Verdugo)

México es una nación de contrastes. A pesar de ubicarse como la catorceava economía mundial y de mostrar un crecimiento lento pero estable, hay 53.3 millones de mexicanos que viven en la pobreza. Mientras que el PIB (Producto interno bruto) per cápita de los mexicanos ha aumentado a una taza de 1% anual, la fortuna de los 16 mexicanos más ricos del país tiene un crecimiento de más del 5%. Y, si nos adentramos en cifras más específicas, las cosas se ponen peor. Según el Global Wealth Report 2014, el 1% más rico detiene el 21% de los ingresos totales de México, mientras que el 10% con mayores ingresos representa un total de 64,4% de toda la riqueza del país. Y eso no es todo…

Haití (AP Photo/Rebecca Blackwell)

Si se comparan las cifras de millonarios en México con el crecimiento de las grandes fortunas en el mundo, podremos ver que nuestro país parece convertirse en un paraíso para los grandes acumuladores de capital. Según un estudio de Wealth Insight citado por Oxfam, entre 2007 y 2012, la cantidad de millonarios en México aumentó un 32% mientras que, en el resto del mundo, durante el mismo periodo, disminuyó un 0,3%. En ese mismo 2012, según datos del CONEVAL (Consejo nacional de evaluación de la política en desarrollo social), el 45.5% de la población mexicana se encontraba en situación de pobreza. Dentro de esta enorme franja de la población, el 9.8% vivía en pobreza extrema. Y, si bien, las cifras de multimillonarios (es decir, personas con más de 30 millones de dólares) no ha aumentado considerablemente en los últimos años (actualmente, según el reporte de Oxfman, hay 16 multimillonarios en México), su fortuna ha crecido considerablemente: en 2002, la riqueza sumada de tan sólo cuatro mexicanos equivalía al 2% de PIB; en 2014 esa misma suma ya alcanzaba el 9% del PIB. Así, mientras las cifras de pobreza en México no parecen remediarse de manera consistente, las fortunas de los más privilegiados han multiplicado cinco veces su valor.

Es probable que el crecimiento de la brecha se deba, al menos en parte, a la inequidad en el pago de impuestos, sobre todo en el caso de las empresas. En efecto, el gobierno retiene el 10.5% del salario de una persona que gana 5 mil pesos al mes, 20.9% de alguien que gana 10 mil y 25.4% de aquellos pocos afortunados que ganan 50 mil pesos o más al mes. Pero, en el caso de las grandes empresas, las cifras de retención de impuesto se derrumban considerablemente: ninguna de las grandes empresas, nacionales o extranjeras, que operan en México pagó impuestos equivalentes a más del 2.5% de sus ingresos. Eso quiere decir que estas empresas pagaron, proporcionalmente hablando, menos impuestos que cualquiera de sus empleados peor pagados. Y esto no es un síntoma nuevo o exclusivo de México: alrededor del mundo es cada vez parece más evidente que, entre más dinero se tenga, menos impuestos se pagan.

Javier Caraballo habla con la prensa después de investigar a Mossack Fonseca. (AP Photo/Arnulfo Franco)

Esto sucede, incluso, en los países con sistemas fiscales más severos. Si algo revelaron los llamados “Panama Papers” es que los detentores de grandes fortunas pueden invertir una suma considerable de dinero para establecer empresas fantasma en paraísos fiscales ajenos a la legislación de sus países. Así, a través de complicados movimientos financieros, como los que ofrecía Mossack Fonseca, grandes empresas pueden eludir, de manera perfectamente legal, los compromisos fiscales que tienen con un país. Amazon estableció cuarteles en Luxemburgo, Google tiene frentes en Bermudas, y Apple, con una de las estrategias más vistosamente geniales de elusión de impuestos, mueve dinero entre Irlanda y los Estados Unidos pagando sólo el 2% de impuestos en transacciones de más de 74 mil millones de dólares. Y estos son sólo algunos ejemplos. Según las revelaciones periodísticas de los LuxLeaks (una filtración de información de la firma PricewaterhouseCoopers) más de 350 multinacionales tenían relaciones regulares para la elusión de impuestos con esta empresa de Luxemburgo; una empresa que, por cierto, cotizó más de 20 mil millones de dólares en 2012 y que, evidentemente, no es la única en su tipo.

Después de que saliera a la luz el contenido de Panama Papers, se protestó para exigir la renuncia del Primer Ministro de Islandia. (AP Photo/Brynjar Gunnarsson, File)

Con la presencia de múltiples compañías que ofrecen servicios financieros y legales para eludir las responsabilidades fiscales es más sencillo para una empresa pagar mínimas cantidades de impuestos que para un ciudadano en situación de pobreza. Las empresas tienen los recursos legales para evitar cualquier tipo de irregularidad en estas transacciones, pero nadie puede evitar, por gusto propio, el pago de impuestos sin acarrear consecuencias legales sobre su persona. Así, en un país de profunda desigualdad económica, los más desfavorecidos en el sector formal pagan mucho más impuestos que las grandes empresas multinacionales. Esto puede resultar peligroso porque, como bien señalan Nicholas Shaxon, para The Guardian y Joseph E. Stiglitz para Vanity Fair, la desigualdad puede traer consecuencias sociales y económicas nefastas.

No es solamente importante para los más desfavorecidos sino que todos, incluyendo y empezando por las empresas, deberían intentar subsanar esta brecha. La desigualdad afecta fuertemente nuestra cultura monetaria, impacta en nuestra política exterior, pone en peligro las restricciones sociales y ambientales del gobierno hacia grandes empresas (ver lo sucedido en Cananea), causa enormes disparidades de oportunidades en materia de educación, fomenta la corrupción y la violencia además de separar, peligrosamente, a una clase sumamente rica que se junta, cada vez más de cerca, con la esfera política.

Manifestante de Occupy Wall Street siendo detenido. (AP Photo/John Minchillo)

Y tal vez no haya ningún tipo de solución rápida para estos problemas. Lo que sí es cierto es que cuando la población tomó las calles de Wall Street en el movimiento Ocupy de 2011, también debieron levantar consignas en contra de un gobierno que permitió el derrumbe financiero del 2008. Fueron las políticas económicas las que permitieron la falta de vigilancia a los préstamos bancarios en materia de hogar, fueron las decisiones del gobierno las que llevaron, después, al rescate bancario y que salvaron a los bancos de un derrumbe financiero que les costó, a millones de personas de bajos recursos, sus casas y sus empleos. Si los gobiernos siguen favoreciendo, con sus políticas, a las empresas por encima de los ciudadanos, este tipo de brechas económicas serán difícilmente subsanadas. Y no es una cuestión de intervención sin sentido, sino de pura igualdad y pago de impuestos según el principio de “Capacidad contributiva”: es decir, que cada quién pague algo acorde a sus ganancias. Mientras no existan este tipo de regulación, seguirán habiendo millones de pobres en un país tan inmensamente rico como México.

Por Nicolás Ruiz.

Wall Street Stock Exchange. (AP Photo/Jin Lee)
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