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Y si te dijera que vivimos en el momento más pacífico de la historia, ¿me creerías?

La paz es fácil desde Oxford y Harvard

Según análisis estadísticos, los años que llevamos del siglo XXI son los más pacíficos de la historia, al menos desde 1400… ¿Es posible que la sensación violenta de vivir en este siglo sea contradicha por los números? En un país con 164 mil civiles muertos por el crimen organizado entre 2007 y 2014, más aún que en Afganistán e Irak en el mismo periodo de tiempo, ¿nos pueden decir tranquilamente que vivimos en paz? Si vivimos en los tiempos más pacíficos, ¿por qué no lo parece?

Los científicos Max Roser de la Universidad de Oxford y Steven Pinker de Harvard dirían que sí vivimos en paz aunque no nos hayamos dado cuenta y que si no lo hemos percibimos es porque no estamos viendo el mundo desde la suficiente distancia. Para ellos, el panorama global muestra claramente una disminución drástica de la violencia en los últimos años. De acuerdo a sus datos, después de la Segunda Guerra Mundial, el evento más violento registrado en la historia, ha habido un declive significativo que nos coloca en la época más pacífica de la historia. ¿Pero cómo es que miden la violencia?

Los investigadores toman en cuenta el número de muertos en un conflicto armado por cada 100 mil habitantes del mundo para generar una cifra comparable entre 1400 y 2010. Bajo esos criterios, construyen gráficas que muestran que los muertos en guerra han disminuido notablemente en los últimos setenta años, y de ahí concluyen que tenemos la fortuna de vivir en tiempos de mucha paz.

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Al preguntarse por qué ocurre un fenómeno de esta naturaleza, Pinker propone que la disminución de la guerra está acompañada de la disminución de otras formas de violencia, como la esclavitud legal o el rango de homicidios. Todo ello se debería a factores como el aumento masivo del producto mundial bruto, la expansión sin precedentes de la democracia y la rápida globalización. Además de que la producción de armas nucleares y sus catastróficas consecuencias hace que sea menos probable que las grandes potencias entren en guerra, precisamente por miedo a las consecuencias que podría tener una guerra nuclear. La multiplicación de tratados internacionales y la mediación de la Organización de las Naciones Unidas también tendrían un impacto positivo. Pero, si vivimos en una época excepcional de paz, ¿por qué no lo percibimos así?

Nassim Nicholas Taleb y Pasqual Cirillo presentaron un artículo recientemente en el que elevan serios cuestionamientos al trabajo de Pinker. Para empezar, dicen, el rango de muertos en una guerra no es suficiente para decir que vivimos en una época de paz o de pocas guerras, para concluir eso serían necesarias muchas más estadísticas y un análisis más complejo. Por otro lado, en un rango más amplio, el análisis de Pinker sugiere que cada cien años se desata un conflicto de particular violencia, por lo que el periodo actual de paz no sería sino la calma antes de la tormenta. Después de todo, la Segunda Guerra Mundial ha sido el evento más violento de la historia, y no han pasado cien años desde que ocurrió.

Pero el cuestionamiento más interesante a esta teoría proviene del estadístico Andrew Gelman, de la Universidad de Columbia. Para él, una revisión tan amplia simplemente no puede ser medida estadísticamente. Es decir, los números no pueden decirnos qué es “ausencia de guerra” o “paz”, mucho menos pueden establecer si este tiempo sólo es un descanso entre dos potenciales eventos violentos. La estadística tiene límites. La pregunta ¿por qué no sentimos que haya paz?, es pertinente porque lo que podemos entender por “paz” tiene que estar mediado por la percepción de las personas que habitan una región. Un ciudadano de un país que sostiene una guerra en el exterior puede sentir que vive “en paz”; mientras que otro que habita una región que supuestamente no está en guerra puede percibir todo lo contrario. ¿Diríamos entonces que el primero no “está en paz” y el segundo sí lo está?

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Además, las posturas de Roser y Pinker son engañosas porque suponen una estabilidad completa en el concepto de “guerra”. Más o menos en este sentido se entienden los cuestionamientos de Taleb. Por ejemplo, lo que Roser entiende por “guerra” puede entreverse en las gráficas que realizó para sostener que vivimos en época de paz. En ellas recoge los enfrentamientos entre “potencias europeas”, como los de las Guerras Mundiales o las disputas territoriales o monárquicas en los años anteriores al siglo XX. Sin embargo, no considera la destrucción y asesinato de miles de indígenas en la invasión de América como “guerra”, y por lo tanto no lo contabiliza. Afuera quedan las guerras de exterminio que se llevaron desde la Conquista hasta el periodo independiente en prácticamente todos los países del continente. Esas muertes, para los estadísticos, simplemente no cuentan a la hora de hablar de paz.

Desde la periferia americana y tercermundista, los postulados de Roser y Pinker parecen poco menos que absurdos. Que no haya guerra en una parte mínima del planeta no quiere decir que exista una paz global. Aducir el capitalismo, la globalización, la democratización y los tratados internacionales como motor de paz es enceguecerse ante las muertes que han costado la implementación de esa globalización y esa democratización (comenzando por la propia invasión y masacre de las civilizaciones americanas).

Acaso las “potencias europeas” han llegado a un impasse bélico por la posesión de armas nucleares, que nadie quiere ver detonadas, pero eso no quiere decir que no intervengan a escala global en conflictos armados. ¿Qué pasa con la esclavitud laboral y sexual?, ¿Qué no sea legal ha hecho que desaparezcan?, y ¿qué pasa con el narcotráfico? ¿Nada de eso cuenta como guerra o un tiempo no pacífico?

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La crisis contemporánea de conceptos modernos tan importantes como “democracia”, “Estado” o “liberalismo económico” ¿puede ser atenuada por estadísticas que después de ser revisadas nos aparecen como eurocentristas, incluso irresponsables? Como apunta Boaventura de Souza, la crisis de la modernidad no puede resolverse con herramientas propias de la modernidad. El sueño moderno se cumplió, la democracia nunca ha estado tan extendida, la producción mundial de riqueza nunca ha sido tan alta y las relaciones entre países nunca han sido tan estrechas; pero eso no ha resuelto la brutal desigualdad social, la degradación de los Estados ante los poderes económicos y la crisis de la democracia representativa, y mucho menos los problemas ambientales que la sobreproducción nos ha legado.

Las estadísticas están lejos de ser “tan neutrales como las matemáticas”. Por el contrario, la manera en que se presentan los números y los criterios para obtenerlos muestran una postura política y una forma de entender el mundo. Los números de Roser y Pinker no son falsos, pero constituyen un argumento falaz para decir que vivimos en un momento excepcional de paz. En otras palabras, contraponer otras estadísticas de muertes violentas no contradice su trabajo, el error es más profundo. No cabe duda de que miden el tipo de guerra que se ha llevado a cabo en Europa desde el siglo XV y en ese terreno sus interpretaciones son correctas, pero pasan por alto otro tipo de guerras que ocurrieron fuera de sus fronteras, que se manifiestan de manera diversa, que suceden con igual violencia y que se sostienen por centurias en mundos terceros como el nuestro.

No puede decirse que vivimos en un momento excepcional de paz cuando a nuestro alrededor la violencia es perceptible. Probablemente, si no somos capaces de verla es porque hemos insistido en cerrar los ojos.

Por Fernando Barajas.

(Photo by Gokhan Sahin/Getty Images)
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