Desliz


— Ahora sí que me van a despedir — dijo él, sin cesar de pasear por la habitación, fumando a profundas bocanadas.

— He oído de la depresión post-coitum — dijo ella — , pero lo tuyo es exagerado.

— ¿Es que no lo entiendes? En la empresa son muy estrictos. Demasiado estrictos. No están permitidos deslices de este calibre.

— Tampoco tienes que dramatizar tanto — dijo ella, a la que en un principio le había causado ternura su inquietud y ahora empezaba a estar un poco harta — . Tan sólo ha sido un polvo, aunque la verdad es que ha estado cojonudo.

— ¡No, no! — le dijo él acercándose. Tomándola por los hombros, la sacudió ligeramente. Sus pechos se mecieron y él no pudo evitar fijarse en ellos. Eran grandes, turgentes, sabrosos, como había podido comprobar. Una erección quiso abrirse paso entre su angustia. La soltó tan repentinamente como la había agarrado — ¡No entiendes la magnitud de lo que ha sucedido!

— Mira — comenzó ella, diciéndose a sí misma que era el último intento que hacía antes de perder los estribos — , por aquí siempre nos han dicho que eso de arrepentirse suele funcionar. ¿Por qué no vas a ver directamente a tu jefe y le cuentas todo lo ocurrido?

Él se quedó pensativo. Era una verdadera osadía acercarse a su jefe “directamente”, sin pasar antes por la caterva de personajillos enquistados en la burocracia. Porque incluso allí había burocracia. ¿De dónde se creen que había salido? Pero no era mala idea. Un mal trago sí que sería, pero era la mejor de las ideas que podían ahora pasar por su cabeza.

— Tienes razón — dijo por fin — . Voy ahora mismo. No tardará en enterarse, si es que no lo sabe ya, que lo ha de saber…

— Vete tranquilo. Ya verás como sale bien.

Él abrió la ventana posó sus pies en el alfeizar y saltó. En cuanto desapareció de su vista, ella se incorporó y se asomó, viendo al ángel tomar altura y perderse tras unas nubes.


Publicado originalmente en www.ivanlasso.info el 15 de enero de 2015.