1. Ratón

Abrió la bolsa ziploc y soltó las cenizas al vacío desde la azotea del edificio.

-Adiós, Claudia.

Los restos incinerados de su última amante se esparcieron en la brisa y viajaron a algún paraje que Ratón no se molestó siquiera en imaginar. Su mano estrujó la bolsa entre sus dedos hasta arrugarla intentando convertirla en alguna especie de esfera, sin éxito, pero estuvo bastante cerca. El tatuaje del león cerca de su muñeca izquierda se encendió por segunda vez en el día, y el fulgor puso a vibrar sus sentidos emanando el calor mortal concentrado en la extremidad que sostenía el paquete plástico vacío, ahora derretido. Las líneas negras del humo se elevaron danzantes en el aire hasta perderse mientras sus dedos se abrieron y dejaron caer los restos del empaque.

La luz se detuvo y la cabeza del león volvió a ser sólo una mancha de tinta en tonos verde, amarillo y rojo sobre su piel. La bestia había vuelto a dormir junto a sus acompañantes; citas textuales de célebres filósofos conectadas en una espiral que ascendía sobre el antebrazo hasta su codo, encabezada por un árbol trazado con líneas rectas y toscas acompañado de sellos alquimistas y mandalas, cuyo sentido metafísico siempre cambiaba al explicarlo a los curiosos. Su brazo derecho mantenía el diseño simétrico sólo que un cuervo con las alas abiertas copiado del logo del filme The Crow, que tanto le gustaba, reemplazaba al león en negro sólido; y justo debajo un tanto más pequeño, un casco griego acompañado por una lanza. “Los del gran Aquiles”, su guerrero favorito.

Aún estaba indeciso sobre el tema del tatuaje que serviría de corona para ese brazo sobre la otra espiral de frases intelectuales, pero tenía ideas. Lo único seguro era que una vez hecho podría cobrar vida como todos los demás y darle más para saciar su nueva hambre.

Preocupaciones a cuestas y el miedo a morir fueron postergados cuando el vigor comenzaba a latir en su cuerpo y un sinfín de posibilidades en su mente. Se sentía como una combinación entre Conan el Bárbaro y Merlín, pero negro, y buscó en el cielo alguna señal bíblica o cósmica que respondiese las interrogantes que ya la ciencia y sus investigaciones le habían contestado a medias; había dioses allí fuera.

-Pero ninguno como el verdadero –Susurró mientras esbozaba una sonrisa calmada.

Hurgó en su bolsillo y extrajo su celular.

“Listo. Resetea.” Escribió a su contacto, uno de los tantos escoltas con amigos en telefonías que podían desaparecer el historial de mensajes y llamadas en su dispositivo, un equipo Android genérico de bajo costo. Cuando el mensaje fuese leído desaparecería también toda la información de su uso de datos y los de equipo cuyo número de teléfono e imei del dispositivo, un Samsung S4, había enviado el día anterior durante la tarde y que pertenecía a su cita, Claudia, un match de Tinder a quien conoció usando una cuenta alterna en Facebook con nombre falso.

Tendría que pagar otros trescientos mil bolívares una vez la operación fuese realizada y representaba un dolor para su bolsillo, pero era la única forma de continuar saciando su hambre y no ser descubierto. El trabajo en la azotea estaba terminado y sólo restaba esperar un par de horas a que su mensaje fuese leído, así que se retiró de la cornisa y tomó otra bolsa plástica mucho más pesada que había dejado allí minutos atrás, dirigiéndose hacia la reja que le devolvería dentro del edificio y su hogar.

Cerró con cuidado de no hacer ruido, más por conservar el momento de paz y respetar el silencio natural que por despertar a sus vecinos, ya que no repararían en el chasquido metálico. Nunca lo hacían.

Bajó un par de escalones y se sentó en uno de ellos ya cerca de la planta que daba hacia la puerta de su apartamento; vivía en el último piso. Sus manos se introdujeron en la bolsa y extrajeron lo que buscaba: un zeppelin y otra bolsa con cierre mágico donde estaba el cannabis.

“Su marroncita” como le gustaba llamarla, iba por la mitad y tenía de sobra para un buen período; la ventaja de darles clases de Krav Maga y Systema a escoltas de funcionarios gubernamentales que pagaban bien y controlaban.

Se tomó su tiempo cargando la pipa con cuidado de no desperdiciar el monte viendo como sus dedos trabajaban con lentitud y determinación mientras el temblor de su cuerpo disminuía y su mente encontraba más y más foco. De seguir así ya no necesitaría fumar más marihuana, aunque era un ritual sagrado que estaba con él antes de todo esto.

Dio sus primeras caladas en paz mientras hacía el intento de contar las luces encendidas en otros edificios a través de los recuadros vacíos en la rejilla de concreto que tenía en frente, pero sin poner mucho reparo en ello, y con mayor atención en retener el humo mientras se amarraba los dreadlocks ya que comenzaban a molestarle sobre la espalda desnuda. Su mano tanteó dentro del paquete plástico una vez más y alcanzó algo helado envuelto en una servilleta, acompañado de un cuchillo que tomó con la misma lentitud con la que cargó su pipa. Los miró por un momento y se percató nuevamente de que el cubierto fuese de sierra ya que no quería apretar demasiado la pera que estaba por comerse.

El primer corte produjo un ruido húmedo que le trajo un par de recuerdos que despachó rápido mientras recostaba su espalda en los demás escalones para saborear la fruta mientras la masticaba y calmaba su sed. ¿Cómo es que había personas que podían ingerir hasta dos litros de bebidas gaseosas? Nunca lo entendería.

La última vez que miró su celular el reloj marcaba las 4:33 de la mañana, así que tenía tiempo de sobra para saborear la vida que acababa de devolverse.

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