The Wall
Muro de los Lamentos en Jerusalén, Israel.
Todo era del mismo color.

Enormes bloques de una arcilla curiosa impregnaba toda la ciudad con su tonalidad beige. Un camuflaje del desierto, hoy repleto de hectáreas donde se cosechan dátiles, naranjas, pomelos, plátanos y limones.

Hombres disfrazados recorrían las calles del antiguo Jerusalén. Flechas y mapas indicaban las locaciones de los barrios que dividen las culturas y visitantes. Armenios, cristianos, musulmanes y judíos. Quizás para muchos es difícil creerlo, por toda la basura que les cuentan los medios. Sin embargo es cierto: aquí convergen credos que a veces explotan en bombas. La ciudad sagrada no distingue diferencias superfluas, el hombre sí.
Falafel
Fue en esta ciudad donde comí mi primer gran faláfel. El verdadero. Su sabor era espectacular y además único. Aunque lo prepare aquí en Chile -con todo el esmero del mundo- jamás va a quedar igual.

Y es que todo sabe diferente: las verduras están plantadas en otra tierra, cosechadas con otro aire, otras manos y empacadas en otro idioma.
Namasté
Antes de entrar al Muro, pasé por un detector de metales. Es sorprendente el nivel de seguridad que hay en este sitio de culto y además la cantidad de gente que lo visita a diario.
Recuerdo que el guardia juntó sus manos en señal de agradecimiento y se agachó levemente para decirme Namasté, con una sonrisa en el rostro. Yo llevaba mi negra trenza larga recostada en el hombro derecho, los ojos delineados y unos aros grandes, además estaba más morena porque el sol ya pegaba de antes en el Hemisferio Sur. Le expliqué en un risueño inglés que yo era sudamericana. Tanteó varios países hasta achuntarle a Chile. Parece que somos todos morenos, ¡qué coincidencia!
La gran muralla
Volviendo al Muro; una vez que pasamos todos, bajamos una escalera y llegamos a un lugar amplio, en donde la gente paseaba por todas partes. Estaba lleno de delegaciones: chinos, brasileños, giras de estudio, mujeres de la tercera edad, gringos y europeos. En el fondo estaba la gran muralla israelí, dividida en dos y en realidad tres. Una reja separa el sitio de oración de este patio gigante lleno de delegaciones. Y otra reja separa el muro de los hombres y mujeres.

Ya dentro del Muro, ambos se balancean y apegan para orar. Algunos susurran, otros son silenciosos. Incluso creo que vi una mujer llorar. Otras personas optan por sentarse a unos metros.
Lo más curioso es que no se debe dar nunca la espalda al Muro de los Lamentos. Al retirarte debes caminar hacia atrás. Es cómico, pero tiene sentido al pensar que es un sitio sagrado para la oración.

No es llegar y entrar
Los hombres no pueden entrar sin su kippah. Excepto aquellos que son más ortodoxos y andan con su atuendo clásico: sombrero, terno, una suerte de cinto con flecos y las infaltables patillas sin cortar. Para las mujeres es menos estricto, aunque no por ellos menos curioso. Así como los hombres ortodoxos llevan un atuendo, ellas también: usan peluca, una falda negra larga y prendas muy sobrias. Habían unas que usaban la cabeza tapada con un velo o pañuelo, otras completamente occidentales.

El rito es lavarse las manos al salir. Una de las cosas que tiene el judaísmo es que algunos rituales están asociados a la higiene (recordemos la circuncisión). Incluso deben lavarse las manos después de ir al cementerio, como medida de purificación del cuerpo, como también de manera diaria, en las mañanas.
Otra cosa curiosa de este mismo hábito es el recipiente que debe usarse para el aseo. Una mano lava a la otra, mientras se recita una oración.
Papel
El muro alberga miles de papelitos incrustados a la fuerza por sus fieles visitantes y creyentes. Éstos representan plegarias. Es impresionante la cantidad que hay, ya que algunos simplemente ceden y caen al suelo. Otros, más audaces, optan por dejarlos bien arriba para encontrar un sitio firme donde asilar los deseos.

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Pese a la constante separación que tienen los judíos entre hombres y mujeres, sus ritos son tremendamente cargados de significado.
Todo tiene una explicación en la Toráh.
Aunque no comparto las religiones como guía de vida, debo decir que el judaísmo guarda una mística que otros credos no. He tenido la oportunidad de asistir a ceremonias y es bonito, a veces sobrio, pero bello y muy delicado.
Respecto del Muro, me sorprendió la masiva concurrencia y el valor histórico que seguirá teniendo, pues -dato extra- hay varios metros construidos bajo el nivel en el que actualmente está. Ello es producto de los cientos de invasiones en que llegaba un nuevo líder y cubría todo, para edificar encima. ¿Cómo será cuando descubran todo eso? Será para un próximo viaje.

Si quedó alguna duda respecto de lo que les conté, o quieren agregar información, pueden utilizar las “notas” al costado del relato.
Gracias por la lectura y viajar unos minutos.