Aquello que me diste
Si bien el primer cuatrimestre del año fue sinónimo de convulsión, tristeza, alegrías, penas, también lo es que sirvió para darme cuenta de una cosa: soy la persona más afortunada del mundo.
Y, ¿por qué lo soy? Porque tengo una gente increíble a mi alrededor. Gente que me quiere, que me valora, que me cuida y que está conmigo cuando les necesito. Y no están “de boquilla”, ESTÁN.
Familia, amigos y tú, la niña de mis ojos. Nunca estaré lo suficientemente agradecido por todo lo que hacéis por mi, ni dejaré de dar gracias a la vida por haberos puesto en mi camino.
Igual que el mes anterior vino gente nueva, este fue momento de salida… Ver a alguien que te importa sufrir por una pérdida y preferir estar en su lugar, porque hay personas que no merecen sufrir ni un minuto de su vida. Y una de ellas es mi padre.
Porque la gente buena y que siempre está ahí, que te cuida, que te enseña, que nunca nunca te da la espalda, que le duelen más tus golpes que si fueran suyos, esa gente, no debería sufrir. Y mi padre es una de esas personas, de las buenas, de las que el mundo será un poquito peor el día que no estén. De las que admiras por lo que son, por ser el espejo en el que te miras y por haber hecho de ti alguien un poquito mejor.
Por otro lado, dejar los miedos y las dudas atrás, mirar hacia delante y dejar el pasado ahí, en su sitio, en paz.
Nuevas metas e ilusiones renovadas, una vida en común y mucho por compartir a tu lado, ya son muchos años, tantos que me parecen pocos con todo lo que nos queda por vivir juntos.
Por eso vida mía, por el día a día, por enseñarme a ver el cielo más azul, por ser mi compañera y darme tu energía, no cabe en una vida mi gratitud.
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