
El periodismo, a fuego lento, por favor
No soy amigo de rumores pero con esta historia haré una excepción. Lo que aquí se relata es, debo advertir, un hecho no probado y, a mi modo de ver, demasiado narrativo para ser cierto. El texto me llegó a través de un correo electrónico firmado con el pseudónimo de un hacker sobre quien escribí hace ya algún tiempo: Qu1n0. Mis esfuerzos por contrastar la información han sido inútiles.
Old Journalism
Cuentan que Frank Hellman, el prestigioso chef del mesón USA Tribune, entró en el restaurante New Journalism por primera vez -y última- el mismo día en el que decidió que tenía que convertirse en empresario. Aquella jornada, fría y húmeda a las orillas del Hudson, fue también la víspera de la quiebra oficial del veterano Tribune, aunque sobre ese punto Hellman no estaba al corriente. Desde la irrupción de las cadenas de noticias rápidas y baratas, con servicio a domicilio 24 horas, aquel restaurante informativo había entrado en crisis. Los comensales más jóvenes fueron los primeros en desaparecer y se pensó entonces que se trataba de una cuestión de edad, de la falta de criterio de un consumidor sin paladar para las noticias de calidad. Después, la deserción se generalizó. Hellman, que antes vivía pegado a los fogones, se pasaba ahora largos ratos muertos observando a los transeúntes, apoyado en el amplio ventanal del comedor que daba a la avenida. En la acera de enfrente, tras un río de tráfico congestionado, proliferaban los pequeños locales de letreros luminosos que ofrecían titulares de última hora para llevar. Hellman veía a muchos de sus antiguos clientes entrar y salir de allí acelerados. Solo los más fieles hacían sonar aún la campanilla que tintineaba cada vez que se abría la puerta que daba acceso al Tribune.
“Yo soy muy viejo para cambiar”, le dijo Mr. Whitman, un broker jubilado que cada mañana, desde hacía años, desayunaba sus noticias sentado en una solitaria mesa arrinconada junto al umbral de la cocina. Mr. Whitman disfrutaba con el trajín de los camareros, escuchaba atento sus conversaciones en busca de algún plato exclusivo que no figurara aún en el menú. Nadie mejor que él sabía que la información vale su peso en oro.
Fue Mr. Whitman, precisamente, quien aquella jornada fría y húmeda le habló a Hellman del restaurante New Journalism.
“Me llevó mi hijo, sabe usted, y no me pude resistir, soy de buen comer informativo. Al sitio, según me contó, ya le llaman el futuro de la gastronomía periodística. Personalmente, estas cosas modernas terminan por sentarme mal al estómago, pero tengo que admitir que fue toda una experiencia”, explicó en tono de disculpa el financiero retirado al chef que, intrigado y tras planificar la carta que se serviría en el almuerzo y la cena, colgó su delantal y salió del Tribune por el callejón, sin decir nada a nadie.
New Journalism
New Journalism ocupaba el espacio de un antiguo almacén junto al Chelsea Market. El edificio conservaba la solemnidad propia de su arquitectura de principios del siglo XX, pero emanaba aromas frescos, como de césped recién cortado, que le conferían un energía vibrante, la misma que hacía décadas se había esfumado del Tribune.
Una larga hilera de gente esperaba su turno para entrar, jóvenes la mayoría, algunos departían amigablemente, otros miraban absortos su teléfono móvil. Hellman se puso a la cola, como uno más. Un par de chicas de generoso escote y pantalones ceñidos rondaban a los clientes. La más bajita se acercó a Hellman. Él se ofreció a prestarle su chaqueta. Ella, que apenas tendría 20 años, agradeció el gesto y declinó sonriente, como si las bajas temperaturas fueran solo cosas de viejos, y le tendió una tableta electrónica para que pusiera sus datos personales y contestara unas preguntas. Hellman la miró incrédulo.
“Es un pequeño cuestionario. No se preocupe por la información que no sale de aquí”, afirmó la chica, que le guiñó el ojo. Jen, que así se llamaba ella, le aclaró que aquella fila era solo para quienes querían comer gratis un menú de noticias con publicidad. Una vez el consumidor quedaba registrado, el sistema informático le asignaba una mesa donde le esperaba un comercial que aprovechaba aquel rato de ingesta informativa para hablar de sus productos. A cambio, abonaba la cuenta. Hellman le manifestó a la chica su interés en pagar por las noticias. Ella arqueó las cejas y señaló con el brazo izquierdo hacia la entrada principal.
El local parecía no tener fin y estaba lleno de monitores que proyectaban sin cesar vídeos de internet y galerías de fotos. Algunos contenidos eran impactantes, la mayoría anecdóticos. A su alrededor, los clientes formaban foros y conversaban en voz alta, todos a la vez, lo que generaba un ruidoso galimatías que atraía a numerosos hombre-anuncio con sus respectivos carteles promocionales.

Superado el comedor comercial, Hellman fue conducido a un salón más tranquilo lleno de mesas, todas con pantalla táctil que invitaban al usuario a diseñar su propio menú informativo. No había entrantes, ni primer ni segundo plato, tampoco postre, solo una lista de noticias dispuestas por categorías. El consumidor podía crear su carta desde cero o elegir cualquiera de las elaboradas por otros comensales. Las más populares aparecían en un ranking.
“El menú de Trencho305 está muy de moda, es uno de mis preferidos”, declaró el camarero. “Es una gran elección, le deja el regusto justo de amargura, pero si lo suyo es el dulce tenemos una selección de buenas noticias que le alegrarán el día. ¿Cómo le gusta a usted la información? ¿Muy hecha o poco hecha?”
“En su punto”, contestó Hellman. “¿Y no sería posible probar las sugerencias del chef?”
“Oh, por supuesto, nuestro editor’s picks, pero debo avisarle de que usted no tendrá control sobre ese menú, lo decide íntegramente el equipo de cocina. Ni siquiera yo sé qué contiene y se actualiza constantemente. Si alguna noticia no es de su agrado no se la podremos cambiar por otra”, argumentó el camarero.
“Como si fuera uno de esos viejos periódicos”, apuntó Hellman. “Exactamente, pero sin ese sabor rancio, usted ya me entiende”, dijo el empleado con desaire.
Editor’s Picks
La degustación comenzó con una colorida ensalada de titulares con aliño de hashtags, seguida por unas hamburguesas sangrantes de noticias breves con guarnición de sucesos y un plato principal de pimiento relleno con un poco de todo, desde política a deportes, acompañado de unas píldoras humeantes de información de ultramar cocinadas con nitrógeno líquido. De cierre, le sirvieron una mousse con noticias rosas y un cóctel de chismorreos.
Hellman apenas probó bocado y llamó al mozo.
“Estas raciones son muy escasas, carecen de sustancia y son, descaradamente, sensacionalistas -se quejó Hellman- ¿Cómo pueden ustedes servir esto a sus clientes y pensar que se van a su casa bien informados?”
El camarero hizo un breve alegato a favor del criterio editorial, que calificó de vanguardia minimalista, pero al ver que le pedía la hoja de reclamaciones, optó por trasladar el incidente al encargado. A los pocos minutos se personó allí el jefe de cocina quien reconoció de inmediato a Frank Hellman y recriminó al empleado por su torpeza al no haberse dado cuenta.
“Señor Hellman, es un honor tenerlo en mí restaurante. He seguido su trayectoria desde que era un simple pinche. Es usted una leyenda. Me comentan que el menú no es de su entera satisfacción. Lo lamento, ¿a qué se debe?”, preguntó el chef, Matt Ventura.
La adulación hizo que Hellman, inconscientemente, cambiara el tono beligerante por uno paternalista, aunque solo brevemente.
“Es admirable lo que ha conseguido usted con su restaurante. Ha dado con la fórmula para llenarlo de gente -Ventura, orgulloso, hizo ademán de intervenir, pero Hellman levantó la mano para evitar la interrupción- mientras los demás sudamos tinta para sortear una crisis que se nos atraganta. Me aterra, no obstante, comprobar que la respuesta a los problemas del sector sea la banalización de los platos informativos. Donde usted ve cocina creativa, yo veo superficialidad. Donde usted ve minimalismo, yo veo falta de contexto. Su ensalada es escandalosa, pensada únicamente para llamar la atención, pero sin informar. Usted abusa de las especias para dar sabor a noticias que no lo tienen. Cree que la sangre sirve para hacer una información más jugosa y utiliza el picante del pimiento para forzar una reacción en el consumidor cuando pruebe su revuelto noticioso que, por sí mismo, es insustancial. No me haga hablar de las píldoras, sin duda efectistas, que esconden una ristra de artículos de agencia que compra usted ya cocinados y congelados, y que sirve como propios… Y esto -dijo apuntando con el tenedor a la mousse- no debería tener cabida en un restaurante serio. Usted adultera sus platos noticiosos para vender más y convierte la información en un circo publicitario. Esto es una falta de respeto al cliente y, lo que es peor, una amenaza para el futuro del periodismo”, sentenció Hellman.
A Ventura le subió por el esófago un reflujo de rabia, así que optó por guardar silencio unos instantes. Observaba a aquel hombre que lo había sido todo en el gremio y que ahora vivía comido por la frustración, enfurecido como un capitán de barco que, incapaz de evitar el naufragio, se aferra al palo mayor para gritarle a la tormenta. Entonces sintió compasión.
“Respeto su opinión, señor Hellman. Debe usted saber que no me tomo mi trabajo a la ligera y que mi afán es, primordialmente, informar, pero esto es un negocio y todos tenemos que comer, no solo quienes nos visitan. Por ello, es vital frenar la pérdida de clientes que azota a establecimientos como el de usted. No podemos aplicar las viejas fórmulas porque están marchitas. Hay que salir a buscar al comensal, llamar su atención y si eso supone tratarle como a un niño y endulzar o disimular las noticias difíciles de digerir, pues se hace. Y sí, empleamos información congelada, y especias, y rellenos poco elaborados, y contenidos banales pero, estimado Hellman, es que los consumidores cada vez dedican menos tiempo a comer, quieren algo fácil de masticar y rico. Nuestros menús son minimalistas porque es lo que demanda el mercado. Las recetas informativas complejas, de cocciones eternas, están en extinción. Me gustaría, a pesar de todo, demostrarle que se equivoca, que soy un buen cocinero. Déjeme que le prepare algo rápido”, dijo Ventura.
Hellman dejó su servilleta sobre la mesa, se incorporó y miró fijamente a su colega.
“Gracias pero, a mí, el único periodismo que me interesa es el que se cocina a fuego lento”. Con un “buenas tardes” se dio la vuelta y se marchó.
Mientras caminaba hacia la salida, entre la algarabía del comedor con sus incansables vendedores y sus tertulias, Hellman sintió que, ahora más que nunca, tenía que hacer algo por un oficio al que había dedicado la vida y que iba a la deriva a merced de las corrientes de opinión. Fue así que decidió que abriría su propio restaurante, aunque fuera lo último que hiciera.