Llorar delante de un cuadro. Una aproximación

Guernica, 1937, Pablo Picasso. Museo Reina Sofía, la ficha está aquí.

[Publicado en Jot Down Smart nº7, 2016. También disponible en la web.]

Vaya a un museo, póngase frente a una pintura y dígame qué ve. ¿Un retrato? ¿Un estilo? ¿Un pedazo de la Historia de la Humanidad? Quizá vea una inversión, una prueba del machismo en el arte o el estado de ánimo del artista. Si es usted una persona culta verá el intrincado universo de referencias del catálogo de la exposición, o lo que el crítico de guardia le haya prescrito que vea. Mejor aún: es usted un ser humano especial y se descubre reflejado en el cuadro. Se ve a sí mismo leyendo está página por primera vez y pensando: “Vaya, quizá debería acercarme a un museo antes de seguir leyendo”.

El caso es que aún sigue aquí y no ve nada: a usted el arte no le llega. O de repente lo ve todo, como William Blake. Porque cuando las puertas de la percepción se depuran “todo aparece a los hombres como realmente es: infinito”.

Y entonces se echa a llorar.

Lo ha hecho delante de un Rothko. Uno de la última época, infeccioso y oscuro. Se ha colocado a 45 centímetros de la pintura, la distancia a la que el pintor recomendaba observar sus obras, y ha perdido el contacto con el mundo exterior. Ha encallado en el color, que es un rectángulo y una tumba y un eco del suicidio del artista.

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