Foto: @MaiiaCroizet

Charlie Thornton: Dime qué te pones, y te diré quién eres

Quienes acostumbran frecuentar las vespertinas inauguraciones de exposiciones de arte en Buenos Aires saben disfrutar de su impecable presencia que se reafirma en su modo de vestir. Amable y sonriente, su alta y delgada figura −y sus ojos celestes detrás de anteojos siempre exquisitos− se dejan fotografiar en cada evento, y se reproducen en las redes sociales: una de las actividades en la agenda actual de uno de los dos personajes que −al frente de la casa de ropa masculina Limbo− supo dirigir las costumbres vestimentarias del hombre porteño, durante más de dos décadas.

Texto: Marcela Fibbiani


La persiana derecha de la casona tan bien mantenida de avenida Córdoba casi Anchorena está levantada: señal ineludible de que su propietario, Charlie Thornton, me recibirá en breves instantes. El sillón debajo del altísimo ventanal de su estudio es, una vez más, escenario de uno de nuestros tantos encuentros. Con el pretexto de entrevistarlo formalmente, apunté en mi cuaderno algunas preguntas que el trato asiduo durante casi diez años olvidó (o bien, no encontró ocasión) de formular.

Desde 1976 a 1999, Charlie estuvo al frente −junto a Claudio Martínez− de la marca de indumentaria Limbo que, con una propuesta exclusiva, renovó los placares masculinos desde sus comienzos en el local de la galería Jardín (un espacio “under por geografía, porque llegabas entrando por la calle Florida, y bajando por la escalera mecánica”), y sucesivamente en las tiendas de Maipú al 800, Maipú al 900, Santa Fe 2636, y en su showroom de Beruti y Salguero. Sus fieles clientes aún recuerdan la novedad de encontrar las prendas colgadas en perchas, y de probarse las camisas antes de comprarlas (práctica que las camiserías no permitían en esa época), o los conjuntos completos que corrían a buscar todos los viernes, para estrenar ese mismo fin de semana.

Foto: @MaiiaCroizet

SCANEO CHARLIE

Charlie Thornton nació en la calle San Martín de Tours, en la Pequeña Compañía de María (hoy, Mater Dei), frente a la iglesia San Martín de Tours. Se crió en pleno Palermo Hollywood, donde vivió hasta los 23 años, cuando se mudó con su compañero y socio durante 37 años, Claudio Martínez.

Hijo único, su padre era de familia inglesa, y su madre de ascendencia polaca y alemana. Desde muy chico, supo de su pasión (y talento) por la ciencia, y en especial por la matemática, lo que lo llevó a elegir el colegio Nicolás Avellaneda para sus estudios secundarios, ya que contaba con una especialización en ciencias físico matemáticas en los últimos dos años. Con una vocación tan marcada, fue natural que optara por la licenciatura en ciencias químicas como carrera de grado, la que cursó en los casi recién inaugurados pabellones de la UBA, en Ciudad Universitaria.

+ ¿Cómo surge entonces tu relación con la moda?

CT El diseño y la moda los mamé en mi casa. Mi madre estaba muy preocupada por el tema de la ropa. Mi infancia transcurrió en la década del 50, cuando en cada temporada se daba un cambio de silueta vertiginoso: se marcaba mucho la cintura, después venía el talle princesa, las faldas armadas, los vestidos bolsa. Veía que todos los años se corría, se compraba, se mandaba a hacer, se estaba atento al color de la temporada… Mi madre seguía mucho la moda. Cuando era chico, ella siempre salía con sombrero y guantes cortos, o un poco más largos. Era delgada y alta. Mi padre, en cambio, era muy formal. En verano, vestía algún saco de lino azul marino. Recuerdo que cuando comíamos a la noche, se ponía un saco crudo de lino. Era otra época…

+ ¿Siempre te gustó vestir bien?

CT Sí, siempre. Mi padre tenía muchísimos zapatos, y los compraba los días sábados. Creo que calzaba 45… Siempre que veía un par que le gustaba, se lo compraba. Yo alucinaba con los zapatos que traía, me parecían maravillas. Se compraba zapatos marrones, y es algo que me quedó: veo un zapato marrón y me lo compro, aunque después no use tanto zapatos marrones, porque en realidad uso más zapatos negros… Pero alucino por la naturalidad del cuero, porque los zapatos negros son teñidos. En cambio, los marrones son de cueros naturales, como el bicho, pese a que siempre tengan algún tinte.

+ Alguna vez me contó Claudio que si veías un zapato que te gustaba, no importaba si te quedaba chico o grande, te lo comprabas igual…

CT Sí, a veces me compro un poquito más grandes, que me queden medio flojos. Pero me he comprado algún zapato que me quedara un poco justo. De repente, vas por Europa, y encontrás un zapato que nunca viste en ningún lado y tenés que ganarte la lotería para que tengan tu número, porque tienen “salteaditas” las cosas.

+ La moda no incomoda, ¿no?

CT No, la moda no incomoda (risas).

+ ¿Cómo elegís qué ponerte?

CT Cuando veo alguna cosa que me gusta, la compro. Pero hoy el tema moda está por un rumbo distinto, como que estamos en una meseta, y tampoco me dan ganas de ponerme algo muy extraño. Prefiero vestirme con cosas más o menos básicas, pero bien producidas. No me cuesta nada producirme, ni para ir al súper, porque es como un ejercicio. Después de tantos años de haber hecho las vidrieras, me lo tomo de la misma forma.

+ ¿Cómo funciona ese proceso de vestirte?

CT Abro el placard, y elijo esto y esto. Me armo los conjuntos en la cabeza por temporada. Lo que más práctico me resulta es no agregar cosas, sino sacar. Dejar nada más que lo que voy a usar y lo que me sirve. Menos cosas, pero que tienen que ver entre sí, y que no se salen de lo que tengo en la cabeza en cuanto a cómo me quiero vestir hoy.

+ ¿Dónde comprás tu ropa?

CT Afuera o acá. Hay diseñadores de zapatos muy interesantes: están Lucas Sánchez o Terrible Enfant, que me gustan mucho. Si buscás, hay cosas para comprar acá. Por ahí, con un poquito que te comprás y otro que tenés, podés armarte looks. Tengo las corbatas de José Otero también. Con un poquito de buen gusto y saber manejar la paleta de colores, me parece que no necesitás tantas cosas. Y después, tener siempre buenos accesorios, cinturones, zapatos. Por suerte, nosotros carteras no usamos. Si no, sería otro tema más…

+ Y después el pelo…

CT Ah, eso es fundamental. Tengo peluquero acá cerca, encantador, paraguayo. Un personaje que usa ponchos, y siempre está haciendo cosas con las manos: hace artesanías, jardinería. Yo le digo cómo me tiene que cortar.

+ ¿De dónde sacás ideas, de Internet?

CT Siempre es el mismo corte que va evolucionando, va cambiando. Es como lo veo yo. No me gusta ver mi pelo muy largo, me veo desprolijo. Con menos pelo, me veo mejor.

LA VIDA PROFESIONAL

+ Contame cuándo y cómo comenzó tu vida laboral.

CT Siempre me gustó tener mi dinero, así que mientras estudiaba, daba clases de física, matemática o inglés, en mi casa o a domicilio. Me recibí un 28 de diciembre, me tomé vacaciones (me fui a dos lugares distintos), y me puse a buscar. En abril, empecé a trabajar en una empresa que se llamaba Duperial, que desarrollaba plásticos. Ahí estuve cuatro años, y luego otros cuatro en Ciba Geigy, una proveedora de Duperial. Me ofrecieron un trabajo muy interesante, con un sueldo que triplicaba lo que ganaba, y me cambié. Ahí me formé con más fuerza, porque hice cursos en Uruguay, en Brasil y en Europa (Basilea, Marienberg y Manchester).

+ ¿Y cuándo decidiste dedicarte a la moda de tiempo completo?

CT En el 76 empezamos Limbo con 30 camisas y 20 pantalones. Hicimos una inversión inicial (Claudio tenía un dinero y yo vendí uno de mis dos autos), y pasamos a tener el local lleno de prendas, sin poner un peso nunca más. Algo sacábamos, pero poco, porque yo tenía mi trabajo muy bien remunerado, y Claudio su cafetería con un buen ingreso. Así que, prácticamente, toda la ganancia se reinvertía. Pero el negocio iba creciendo, y llegó un punto en que había que darle un corte. Claudio estaba cansado de la cafetería, y yo las dos cosas ya no podía hacer. Entonces, él cerró la cafetería y yo dejé mi trabajo. Además, estaba el tema de los viajes, que implicaban pedir permiso, y en una empresa, no era tan fácil. Pedía días sin goce de sueldo, pero las malas caras no me las bancaba…

UN VIRUS LLAMADO LIMBO

Hubo épocas en las que solíamos vernos más seguido. Es por eso que, ante el recuerdo de determinadas anécdotas, Charlie me pregunta si yo había sido testigo de tal o cual situación que, en realidad, sucedió mucho antes de que hubiéramos comenzado a frecuentarnos. Por eso, estando frente a la fuente más autorizada, es mi oportunidad para verificar algunos datos.

Con Charlie nos conocimos a través de Claudio, cuando éste curaba una muestra de diseño de indumentaria en cuero en el Centro Cultural Borges, y lo entrevistamos para 90+10. Recuerdo que nos recibió en el mismo espacio en donde ahora me encuentro con Charlie, pero hace diez años atrás. Ese día comenzaba mi profunda amistad con Claudio, ese amor inexplicable (mezcla de admiración, camaradería, especie de relación maestro-alumna o padre-hija), en donde no hacía falta saber mucho del uno y del otro; simplemente, nos bastaba compartir momentos, gustos y espacios, durante los intensos y escasos cinco años de vida que le quedaban a Claudio.

+ ¿Cómo nació Limbo y cuál fue la relación con Federico Moura?

CT Moura había abierto una tienda en la galería Jardín, porque el local era de propiedad del padre. Conocíamos a Federico, teníamos amigos en común. A él le interesaba la música, pero quería hacer unos mangos, y se largó a hacer ropa. Pero no era lo de él. Entonces, un amigo nuestro (Juan Risuleo, que les alquilaba a los padres de Federico otro local dentro de la galería, y hacía ropa de mujer para otra marca icónica, Ropas Argentinas), nos sugirió que le propusiéramos a Federico quedarnos con el negocio, porque se veía que él no podía más. Y eso hicimos. Limbo nació de una conversación informal.

+ ¿Entonces la marca Limbo era de Federico?

CT El nombre Limbo lo había puesto él, y como nos parecía divertido, lo dejamos. Pero lo manejamos en serio, hicimos ropa todo el tiempo. Nos interesaba el diseño, pero también gestar un negocio; le dimos un toque empresarial a la cosa. Cuando estaba Federico, tenía unas poquitas cosas colgadas: lo que querías en blanco, te lo llevabas negro, porque era nada lo que tenía. Entonces, nosotros le alquilamos durante toda la vida a los padres de Federico; tuvimos una amistad muy fuerte con ellos.

+ ¿Y Federico usaba ropa de Limbo?

CT No, usaba un jean, una remerita, el pelo corto y listo. Otra vez que necesitó guita, cuando Juan Risuleo cerró Ropas Argentinas para irse del país y le puso Mambo. Tenía remeritas y pantaloncitos de colores y nada más, pero duró un verano. Abrió en noviembre y cerró en marzo. Hacía esas cosas… Y los hermanos de Federico, Julio y Marcelo, hacían unos cinturones de cuero trenzado y de plástico muy divertidos. Los primeros años nos vendían.

El local de Limbo en Santa Fe 2636, que en 1987 Charlie remodeló con la ayuda de Dalila Puzzovio.

NI EN EL CIELO, NI EN LA TIERRA

“En Limbo no vendíamos, despachábamos”. Esta es una frase que le escuché decir a Charlie en varias oportunidades. Camisas, pantalones, sacos y camperas. Esos cuatro ítems se manejaban en Limbo. En algunas temporadas, aparecían también los chalecos, que eran una característica de la marca. Siempre podían encontrarse entre cinco y siete modelos diferentes de camisas. “Hoy, con un camisa clásica ya está. Pero en ese momento, las camisas eran piezas en sí, por los materiales, la combinación de ellos, la ausencia de botones, o tenían un cierre. Siempre había un detalle que hacía particular esa camisa”.

+ ¿Cuál fue el secreto del éxito de Limbo?

CT Arrancamos en un momento de vuelta de página de la moda. En el año 76, la ropa era muy adherente al cuerpo, los pantalones eran como fundas, y los bajos de los pantalones eran inmensos, muy acampanados. Ya había una saturación, porque ibas a comprarte un traje formal, y venía con el pantalón reancho, y el saco muy ajustado, con solapas muy grandes (una cosa parecida a lo que hay hoy, pero bueno, diferente). Entonces, nuestros sacos eran rectos, los pantalones con pliegues y caían derechos, se veían las puntas de los zapatos. Los clientes se asombraban. La camisa igual, en ese momento era superajustada, que te prendías un botón y te quedaban abiertas. Salimos con camisas rectas, sin forma, cuellos Mao, ausencia de cuellos (que eran largos y grandotes en esa época), camisas de manga corta, cuadradas, con estampados muy grandes. Ese fue un tema que lo explotamos a finales de lo setenta y todo el ochenta: siempre en verano había camisas de manga corta con estampados muy grandes, que podían ser onda hawaianos, flores, geométricos. Iban cambiando, pero siempre estaban presentes. Salimos con sacos con hombreras, porque la tendencia eran los hombros descomunales. Fue importante haber salido al mercado con una propuesta totalmente diferente a lo que había.

+ ¿Quiénes eran sus clientes?

CT La gente se vestía mucho para salir a bailar, o para una comida. Había clientes que venían todos los viernes, y se llevaban conjunto completo de pantalón y camisa. Siempre teníamos el color del pantalón que combinaba con un grupo de camisas, entonces se iban llevando. El grueso era la venta de pantalones y camisa, y en menor medida, se vendían sacos, camperas, los chalecos, y alguna prenda de punto que no hacíamos nosotros en forma directa, sino que contratábamos a alguien que se dedicaba a hacer sweaters, y les dábamos las pautas de color y tamaño de la prenda.

+ ¿Y cómo le completaban el conjunto al cliente? ¿Tenían una propuesta de accesorios?

CT Durante cuatro años seguidos hicimos zapatos, pero luego el zapatero (que era un italiano muy agradable) falleció, y se nos complicó el tema. Así que a veces comprábamos zapatos que nos parecían divertidos en alguna fábrica, y teníamos para hacer vidriera y un pequeño stock para vender, pero no como esquema general de venta. Lo que sí teníamos era cinturones. En todas las temporadas se hacían cinturones, y era un ítem que se vendía muchísimo. El que por ahí no tenía acceso a comprar un conjunto, al menos se llevaba el cinturón, porque decía Limbo grabado en el cuero, tenía una etiqueta…

+ Algo escuché de unos cinturones que hacían con correas, ¿puede ser?

CT Sí, cinturones con correa de persianas. En cantidades, durante varias temporadas, en todos los colores, con puntera de cuero, y tenían unas argollas en la punta sostenidas por cuero, y pasaba el cinturón a través de las argollas. Los hacíamos en blanco y negro, y en los colores que tenían que ver con la colección. No dábamos abasto. Se llevaban uno de cada color.

+ ¿Limbo era una marca cara?

CT No sé si era muy cara, era exclusiva. Había solo seis u ocho prendas de cada una. Entonces, el costo de producción era un poquito elevado, pero no nos delirábamos mucho con el precio, tratábamos de tener un precio razonable con lo que existía en el mercado.

CADA CUAL ATIENDE SU JUEGO

+ ¿Cómo se dividían las tareas en Limbo?

CT Lo que más me gustaba hacer era todo el proceso creativo y productivo. Nos gustaba, por ejemplo, ir con Claudio a comprar los géneros, planificar qué diseño íbamos a hacer con ellos. Yo me ocupaba de la moldería, la que aprendí con el trabajo: hice unos cursos, conocíamos un peletero que sabía mucho del tema y me dio información. Y lo que no sabía, lo solucionaba con geometría. Además, me tocó la época de los ochenta, que todo era cuadrado y geométrico. Entonces, no era tan complicado. Después, cuando vino la ropa más adherente al cuerpo, ya sabía más. Toda la parte de talleres la manejaba yo, y para el control de calidad, siempre tenía a alguien que me ayudaba.

+ ¿Cuál era, para vos, la mejor parte?

CT El placer máximo era agarrar la prenda y colgarla en el salón. Ese era el disfrute máximo. Y el trabajo concluía con la vidriera, que cambiábamos todos los lunes. De todas las prendas colgadas, seleccionar.

+ ¿De qué se encargaba Claudio?

CT Claudio hacía la compra de materiales. En conjunto diseñábamos qué íbamos a hacer, y luego él se encargaba de la parte administrativa, impositiva, del manejo de los empleados en los locales.

+ Tu madre trabajaba también con ustedes…

CT Sí, manejaba los proveedores, y ayudaba a Claudio en la parte administrativa. También se ocupaba de la parte del stock, el que hacía a mano, sin computadoras. Eso era fundamental, porque quedarse sin pantalones negros era fatal. Había que estar pendiente día a día de lo que pasaba con la venta. Teníamos un espacio muy cerca de los locales (en Bouchard y Lavalle, frente al Luna Park), en donde hacíamos todo el trabajo: cada uno tenía su escritorio, había un taller de corte, y varias habitaciones en donde se estocaban camisas, pantalones y el resto de las cosas.

+ ¿De dónde sacaban ideas para inspirarse?

CT Las ideas estaban en el aire. Viajábamos, íbamos a discotecas, nos sentábamos a tomar café y a mirar la gente. La ideas venían. Era una época en que había una industria textil poderosa en la Argentina; entonces, salías a buscar algo y lo conseguías. Hoy se importa todo, y tenés que comprar lo que hay. Siempre buscábamos géneros atípicos, diferentes. Había muchísimas fábricas, y los mayoristas de las calles Alsina o Moreno siempre tenían colecciones distintas. De pronto, lo que aparecía en las colecciones de afuera te inspiraba… Mirábamos a los diseñadores que salían en paralelo con nosotros: Kenzo, Gaultier, Armani, Versace. A veces venías con una paleta de colores de afuera que por ahí no se conseguía acá, porque no eran los colores que habían elegido los mayoristas en esa temporada. Pero buscando, aparecía la paleta que uno quería.

+ ¿Qué paletas de colores manejaba Limbo?

CT En cada temporada, siempre hicimos una propuesta de color. Había veranos que eran blancos y negros con toques de rojos, o de azul eléctrico. El blanco y el negro eran un leit motiv. Había temporadas en las que apostábamos a los pasteles…Yo los colores los siento adentro, es muy difícil explicarlo…

Charlie y Claudio por OntheCorner.com

EL OCASO

+ ¿Por qué decidieron cerrar Limbo?

CT Por un lado, la clientela había crecido bastante en edad, y la ropa que nos gustaba hacer, implicaba captar un público mucho más joven. Los clientes históricos seguían comprando, y empezaban a pedir cosas que habíamos hecho antes, mientras que lo más nuevo no les motivaba tanto. Y por otro lado, ya habíamos casado algunos clientes dos veces: les habíamos hecho un equipo para un casamiento y otro para el segundo… Los 90 eran una época complicada para aprovisionarse de materiales. Estábamos cansados, y decidimos incursionar en otras áreas.

+ ¿A qué empezaron a dedicarse entonces?

CT Claudio ya hacía tele, escribía de moda en algunos medios de comunicación, y le gustaba esa parte. A mí me gustaba asesorar a otra gente, volcar mis conocimientos de moldería, de tendencias. Claudio no estaba muy de acuerdo, pero decidimos cerrar en el 99. Escribí un texto a modo de manifiesto y se lo entregué a los medios. Ya estaba hecho. Saqué del salón que teníamos en la calle Beruti los percheros, la ropa, cambié la distribución de las cosas, puse una mesa, armé un escritorio. Lo único que dejé fue la bandeja con los perfumes. Armé otro montaje, y así quedó cerrada una etapa. Si venía alguien a consultar sobre asesoramiento, ese era el entorno.

CHARLIE HOY

Desde que dejó Limbo, Charlie se dedicó a asesorar, especialmente a su amiga Lili Valeri, al frente de la boutique Too Much, ubicada frente al Círculo Militar. “La conozco de toda la vida, y tenemos una estética similar. Hoy, concretamente estoy con ella. No hago más cosas, porque se me va el tiempo de las manos. No quiero tener muchos compromisos, prefiero estar más relajado”.

A Charlie lo mantienen ocupado también sus viajes. Hace unos días, volvió de un tour por Filipinas, Singapur e Indonesia, en donde se embarcó en cruceros por la selva, para tomar contacto con la naturaleza, y admirar animales exóticos.

Durante el último tiempo, abandonó un poco la costumbre de recibir en su casa. Pero era habitual que durante los días templados, abrieran las puertas de su patio, que se llenaba de gente de lo más ecléctica: artistas, actores, músicos, diseñadores, periodistas, relacionistas públicos. Por suerte, fui invitada en varias ocasiones a estas tertulias inolvidables, y hasta llegué a probar el locro bien picante de Charlie un 25 de mayo, y su tarta de manzanas (lejos, la mejor receta que jamás probé y que aprendí a reproducir). “Siento que perdí un poco la mano para la cocina. Me da mucha pereza recibir gente en casa. Me encanta, pero hoy no encuentro fuerzas. La casa es muy grande, y me gusta que esté todo impecable. Son etapas, en algún momento cambiará”.

Sin embargo, posee una intensa vida social. “Voy a eventos de arte, que es lo que más me divierte. A través del arte, logré hacer amistades nuevas. Después de las inauguraciones, muchas veces vamos a comer… Me resulta un medio en el que no hay tanta competencia, cada uno hace la suya, y se halagan unos a otros. En el arte hay otra impronta, es diferente. Me hace gracia eso. Y después me suben fotitos a Facebook”. (risas).

Luego de dos horas de charla nos despedimos, no sin antes comentar las fotos que se exhiben en los estantes de la biblioteca repleta de libros, en donde se los puede ver a él y a Claudio, con personalidades como Paco Rabanne, Jorge Luis Borges, Amelia Bence y hasta la supermodelo Cindy Crawford.

Resulta inevitable también dedicar unas palabras a Claudio y dejar caer alguna lágrima. “Estábamos juntos porque nos divertíamos, la pasábamos bien, y nos reíamos de la mañana a la noche. No necesitábamos una copa de champagne, con solo un cafecito, ya nos matábamos de risa de algo. Obviamente, a veces discutíamos. Teníamos formas distintas de leer la vida, pero eso es lo divertido: poder estar junto a una persona que tiene otra visión del mundo, y aún así compartir cosas. Pienso que fue un premio. Nunca me imaginé la vida sin Claudio y no es fácil, pero en estos años que estoy `casi solo´, estoy aprendiendo”.

Abandono la casa, cruzo de vereda, y cuando vuelvo a mirar hacia la persiana, que está totalmente baja, pienso en el privilegio de este encuentro, en la enorme colección de frascos de perfume que descansan dentro de una vitrina de vidrio, en su colección de botones antiguos, en las historias que encierran esas paredes de 1900. Y me quedo con una anécdota que define a la perfección a mi entrevistado. “Hace poco, vino una persona que nunca había estado acá en la casa, y me dijo: `Tu casa es muy linda, como era previsible´. La clave es vivir en armonía: que te vistas como es tu casa, que comas como te vestís. Creo que tengo esa coherencia, trato de vivir en armonía, que mis relaciones estén en armonía, trato de compartir, de disfrutar”.

Fotos: @MaiiaCroizet
LO QUE ELLOS QUIEREN
Un caso interesante fue lo que sucedió con el logo de Limbo. “Los clientes venían a buscar un pantalón que se transformó en un clásico. Era un pantalón que tenía pliegues, cuatro bolsillos, y un bolsillo más en el muslo, con un ojal como el bolsillo para poner las manos. A ese pantalón, los clientes lo bautizaron `Limbo´. Lo hicimos siempre, porque lo pedían. Y sucedió algo muy gracioso: el pantalón traía adentro su etiqueta con el talle. Venían algunos clientes y pedían etiquetas, porque se las querían poner afuera. Al final, terminamos haciendo nosotros el pantalón con la etiqueta a la vista. Hoy es más común comprar una cartera con la marca a la vista, pero no en los setenta. Luego pidieron lo mismo para las camisas, entonces se hizo una camisa con etiqueta afuera, otra muy sport de algodón con el logo de Limbo impreso en la espalda, y camisetas para usar debajo de esa camisa, con el logo adelante. Entonces, te ponías la camiseta con el logo adelante, y la camisa con el logo atrás. ¡Esas se colgaban y desaparecían!”
Fotos: @MaiiaCroizet

MUNDO CHARLIE

¿Qué perfume que estás usando?

Bleu de Chanel. Pero soy más del Antaeus de Chanel, que es el que usé toda la vida. Ahora me volqué al Bleu porque es más fresco.

¿Diseñadores que admires?

Siempre admiré mucho a Armani y a los franceses, como Thierry Mugler y Jean Paul Gaultier.

¿Y argentinos?

De acá, no… Me gustan las cosas de Pablo Ramírez, pero lo encuentro así como reiterativo. El resto de los diseñadores que hacen alta costura no me gusta ninguno. Los encuentro muy variables: de temporada a temporada (o dentro de una misma temporada), hay cosas que son de muy buen gusto, y otras de tan mal gusto, que no sé cómo pueden salir de la misma cabeza…

¿Cuál es tu libro preferido?

No sé si tengo… No se me ocurre. No me marcó ningún libro.

¿Qué música escuchás?

En música soy muy ecléctico. Puedo pasar de rock nacional a la música clásica. Me encantan Vivaldi o Bach, o Rachmaninov, entre los románticos. Me emociona mucho el folclore de distintos países: una canción del folclore ruso o una canzoneta italiana me pueden producir la misma emoción cuando detecto autenticidad en la melodía, en lo que expresa.

¿Tres claves para mantenerse joven?

Estar en actividad por un lado… Tener un amante joven (no, eso es una broma). Entiendo que es algo interno, no hay claves. Creo que es un cierto grado de inmadurez. Es estar vigente, al tanto de lo que pasa; no solo con la ropa, a todo nivel. Me doy cuenta de que me relaciono mejor con generaciones mucho menores a la mía. Desde hace un tiempo, me parece que estoy como desfasado. Sintonizo mejor con gente de menos edad. Con la gente de mi edad, no sintonizo para nada, ¡están en otra completamente!+

Esta nota se publicó originalmente en la edición impresa de #54 de Revista 90+10 y en 90mas10.com.

Fotos: @MaiiaCroizet
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