El Empampado Riquelme de Francisco Mouat: El desierto como testigo

“La tarde del jueves 2 de febrero de 1956, Julio Riquelme se subió al tren Longitudinal Norte en La Calera con destino a Iquique. Iba al bautizo de uno de sus nietos. El viaje duraba tres días y tres noches. Pero Riquelme jamás llegó al puerto del norte. La última vez que alguien lo divisó fue arriba del tren, cerca de la estación Los Vientos, cien kilómetros al sur de Antofagasta. Desde entonces nada se supo de él. Solo historias de fantasía y después el olvido. Hasta que en enero de 1999, casi medio siglo después, apareció Riquelme en medio del desierto de Atacama, solitario y abandonado junto a sus pertenencias. ¿Qué pasó realmente con él? ¿Por qué su misteriosa desaparición fue rodeada de tanto silencio? ¿Cómo fue posible que en 43 años no se supiera nada de su existencia?”
Julio Riquelme y su esposa.

Los relatos sin respuestas son toda una tentación. Es cuático el eludir el enganche que provoca una ‘historia real’ cuando la base de la misma parece tan sacada de la ficción. Cuando una situación que evade las respuestas a toda costa da lugar a una historia con aristas tan ricas, pero sobretodo cuando dan pie a un montón de suposiciones que atacan con muchas posibilidades al lector. Y es que no leía un relato local así de potente desde ‘El Río’ de Alfredo Gómez Morel, y eso ya es mucho decir.

Porque al final es un reportaje que termina siendo una reflexión sobre desapariciones y ausencias. Empezando estas últimas mucho antes que las primeras. Sobre lazos y culpas. Sobre no conseguir sobrellevar el peso de los años y de como errores que se van sedimentando imperceptiblemente sobre tu historia, van cargándola hasta hacerla insoportable. Pero antes que todas esas cosas, es una historia sobre padres e hijos.

“Toda genealogía tropieza con el vacío”

En Batman V Superman, Bruce Wayne se para ante la tumba de su fallecido padre y dice que él ya es más viejo que lo que su padre alcanzó a ser. Denotando poco disimuladamente amargura con ello y dejando en el aire ese enigma que muchas veces son para los hijos los padres. A Ernesto Riquelme le sucede algo similar. Muchas veces la imagen del padre tiene mucho de mítico y al ser básicamente una entidad edificada en historias, por defecto va mutando.

“Ernesto Riquelme Chávez tenia 63 años cuando apareció su padre, muerto, en el desierto. Julio Riquelme Ramírez había alcanzado a vivir solo 58 años. Los números aquí no están puestos para hacer estadísticas o matemáticas. Estos números hablan de una ecuación existencial: el hijo descubre a su padre muerto y verifica que su papá era, en el momento de su muerte, más joven que él.”

En el caso de Julio Riquelme la imagen del empampado pasa de ser el padre que los abandona o no se interesa en construir un lazo, a convertirse en el que se desvanece. Y se siente lógico porque más para mal que para bien, en una tierra de desaparecidos, tuvieron que pasar 40 años recién para resignificar este desvanecimiento.

Ernesto Riquelme y familiares llevando el ataúd del empampado.

Los fantasmas toman formas sumamente dispares dependiendo del cariz que decida darle quién tiene que aguantarlos. Me gusta esa traducción del sentimiento. Del peso que tengan las historias sobre esa persona. De la sensación que cuando algo se cree abierto se asimila como tal y se mimetiza con el resto de los días. Una mimetización tal que termina siendo invisible. Adecuándose a los espacios, pegándose a ellos. Sean en palabras, sean en lugares ya deshabitados.

“El alma humana es vacilante y contradictoria: si nadie te apura, si tu trabajo no está en juego, si puedes seguir levantándote tranquilo en la mañana para hacer tus cosas, si tienes rabia porque te sentías abandonado, si la desaparición de la que hablamos no te quita el sueño, si la vida continúa y no nos deja pegados en el recuerdo, si no sabemos o creemos que no sabemos qué pasó realmente, es más fácil olvidar. Y eso ocurrió con Riquelme: los que tenían que recordarlo lo olvidaron, y el resto se sumó al silencio”.

Hasta que cambia. Hasta que todo se vuelve a resignificar.

Y luego…

Se reescribe la historia y el mito se transforma. Y con ello quedan tan pocas respuestas como certezas. Salvo una quizás: la figura del padre siempre es un enigma. Uno lejano. Uno ausente. Porque mucho hay de preguntas sin respuestas en relaciones que se construyen sobre incertidumbres.

“Lo menos estático de todo es nuestra propia historia se nos dice en un párrafo de este libro ¿Habrá alguien contándome? ¿Podré ser una historia? ¿Estaré ocurriendo?”
Viaje de Mouat a la pampa, el funeral y comitiva.

Me agrada como Mouat va hilando todo. Un cruce entre el dato duro así como el acompañamiento que hace de los protagonistas de la historia. Desde el describir la aridez de una estación abandonada hace años hasta la búsqueda de respuestas en lugares poco ortodoxos al final. Y es que es tremendo también como el paisaje, todo ese escenario en el que se desenvuelve este relato igual está muy bien edificado. El desierto da miedo porque es un monstruo que devora personas y regurgita historias. Un intercambio tan cruel como lo es también el desaparecer.

“El desierto de Atacama es más tenebroso, no hay maleza, no hay nada: puras piedras. El desierto de Atacama es un paisaje de marcianos.”

* Las imágenes pertenecen al libro Empapado Riquelme del Autor Francisco Mouat Cruxatto, edición 2018, Lolita Editores.


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