Morir en vida: La experiencia de consumir Ketamina

No me interesa presumir de haber consumido una variedad de drogas en mi temprana juventud.

Tampoco requiere de mayores justificaciones. Era joven, rebelde, nihilista y me gusta el rock.

Si quería parecerme en algo a Kurt Cobain o Layne Staley sin tener la pinta ni el talento frente a la guitarra, por último, me drogaría como ellos.

Es o fue en ese tiempo el puerto de Valparaíso el contexto ideal para un joven drogadicto. La vida se consumía entre la Universidad, los bares y las pensiones baratas.

El puerto, el verdadero puerto, y con esto me refiero no al de las postales, es un lugar donde conviven los más excéntricos personajes, un ecosistema donde los seres se mueven bajo extrañas circunstancias. Ya decía Foucault en la “Historia de la locura” que en la antigüedad se asociaba a los trastornos mentales a la cercanía con el mar.

Aunque nadie con criterio se atrevería a afirmar hoy algo así, creo que a la sabiduría popular por algo le llaman “sabiduría”.

Mi acercamiento con la Ketamina fue de manera natural. Me ofrecieron consumirla como a quien le ofrecen ir por un par de cervezas. Nunca había oído hablar de ella. En ese tiempo formaba parte de un grupo desquiciado de amigos y amigas.

Uno de ellos describía la experiencia como un viaje bastante “monstruoso”. Ese fue el adjetivo que ocupó. No fue la mejor publicidad, pero fue efectiva. A veces me pregunto cómo cresta me pareció atractivo un viaje con esa característica.

Como buen estudiante de periodismo me documenté responsablemente acerca de aquella sustancia: ¿Qué mierda es la “Keta” wn? Es una weá más loca que la cresta. Ya, perfecto, pero ¿qué es? Anestesia que se ocupa en los caballos. Ah una cosa piola… y ¿qué te produce? Morir y revivir, hermano.

Muramos entonces un rato.

No recuerdo el día, pero sí el lugar: las ruinas de Cumming, un abandonado sector que sirve como mirador. Mi amigo tenía las dosis listas, no reveló cómo las consiguió.

Aquí me van a perdonar las imprecisiones, no recuerdo cuál fue la dosis, si 50 ml o 100 ml o ninguna de las dos.

No es un mero detalle, la “keta” sería inyectada por lo que la cantidad precisa es primordial.

Confiaba en mi amigo. Sin ser enfermero era experto en inyectar. Nunca pude hacerlo solo. Mi vena está bastante escondida por lo que aumenta la dificultad. La imposibilidad de inyectarme solo fue un factor que contribuyó a no volverme adicto a ninguna droga intravenosa. Sentado recibí la dosis sin sentir nada en lo inmediato. Mi amigo me empujó para que me recostara, me dijo “buen viaje” y siguió repartiendo pinchazos para luego terminar con él.

La muerte, la parca, la pelona, la pelá…la ketamina. El hoyo K, The K-hole. Morir y revivir. Ser Lázaro por un momento o Patrick Swayze en Ghost, la sombra del amor.

¿Cómo explicas qué es igual a morir si nunca has muerto?

No sé. Pero creo que así debe ser.

Imagina que vas en un auto a toda velocidad, o no importa la velocidad, vas en un auto. Tu mente divaga en pensamientos cotidianos, pero de pronto el auto choca y te mueres y no tienes idea qué mierda pasó. Eso es la Ketamina. Una explosión de la mente. Sin ego. Sin pensamientos ni conciencia de que te drogaste.

Tienes incluso la sensación que te desdoblas y puedes verte tirado como te dejaron porque no te puedes mover. Tu cuerpo está inerte. Estás muerto.

Vi una entrevista a la antropóloga Patricia May en una belleza nueva, el programa de Cristián Warnken donde explicaba desde el punto de vista budista qué pasaba cuando uno moría.

En resumidas palabras el ego es el que no nos permite liberarnos del Samsara, “la rueda del sufrimiento”, y que empujados por su poder volvíamos a la tierra por medio de reencarnaciones.

O puede que haya entendido algo diferente a lo que quiso decir. De todas formas, eso es lo que me pasó.

Después de la explosión inicial, donde fui un no-mente, apareció el ego, yo preguntándome qué había pasado, cómo estaban mis amigos, cuando iba a terminar todo esto.

Lo que siguió es más o menos monstruoso tal como me lo habían vendido. Consciente, pero sin poder moverme, por casualidad quedé con la mirada apuntando a mi compañera por lo que podía ver qué le ocurría.

Todavía recuerdo el tamaño de sus pupilas. De hecho, olvida el iris, sus ojos eran sólo pupilas.

No estaba teniendo un buen viaje esa mujer porque lloraba. Lo anterior, unido a los gritos repentinos de un amigo anunciando erróneamente que venían los pacos (la idea de que llegaran los pacos y nos llevaran en ese estado sin poder movernos era terrible) me motivaron a tratar de reaccionar. Supe que lo estaba logrando cuando pude tomarle la mano a mi amiga para que se tranquilizara.

No sé cuánto tiempo pasó. Pero fue el considerable para que oscureciera. Nos levantamos del suelo apenas pudimos. Yo estaba un tanto fascinado, quería compartirle al mundo la experiencia.

Nunca lo hice hasta ahora.

No he vuelto a consumirla, no por miedo o quizás sí. Aunque no fue una mala experiencia, en realidad temo tener un mal viaje bajo sus efectos. Todavía no estoy preparado para alucinar con la mina del Exorcista sin poder moverme ni mojarme la cara.

Hace algún tiempo me tropecé con una frase de José Saramago, escritor portugués fallecido en 2010: “No me preocupa la muerte, me disolveré en la nada”.

Señor Saramago, sé que ahora lo sabe con total seguridad. Pero si hubiese probado la ketamina no hubiese sido necesario morir para comprobarlo.


Originally published at Plan9.