Wonder Woman: El problema del tercer acto

Wonder Woman es un hito. Es literalmente la primera película de superheroes protagonizada por una mujer que es tratada como un producto triple A.

Y no estoy diciendo que no existan cintas de corte superheroico protagonizadas por chicas. Que las hay. Desde la infame Supergirl (1984) hasta la Elektra de Garner (2005) las cintas de chicas supers han sido históricamente productos menores y muy mal tratados por sus casas productoras.

Por eso es importante que una de las primeras superheroínas, tuviera un carácter tan pionero en el cine.

En tiempos donde la cultura pop es norma, era tiempo de que se visibilizara un personaje que como fenómeno cultural es importante y disputara un espacio con el mismo tratamiento y respeto que sus personajes hermanos contemporáneos y un trato digno al valor de la franquicia a trabajar.

Dicho esto, Wonder Woman, sin ser una maravilla (no pun intended) es una muy decente cinta de orígenes que a tenor de lo hecho por Patty Jenkins (cineasta a la que le viene de perillas una producción de estas características) podría haber sido mucho, pero mucho más, pero no lo es porque choca de hocico con las limitaciones propias de un género recursivo y repetitivo.

Una de las cosas agradables del cómic de super, es que se puede pasear con total comodidad en diversos géneros sin perder su raíz base.

Cuando hace eso, sus puntos altos brillan mucho. Ahí tenemos a Logan construida como un neowestern. El Batman 2 de Nolan, que coquetea descaradamente con el Heat de Michael Mann, o Blade 2 de del Toro, que abraza su naturaleza monstruosa sin reparos, por nombrar algunas populares.

El problema es que muchos de los personajes posicionados hoy son en algún rasgo, desconocidos para el público. Por eso siempre volvemos a la historia del monomito.

Y Wonder Woman es el clásico ejemplo que el monomito no falla. Bien llevado una historia de orígenes siempre será bien recibida pues contiene los elementos esenciales para poder identificarnos con el/la protagonista.

Gal Gadot es Diana. Una princesa de una cultura oculta de la humanidad que es entrenada por su tía Antíope (Robin Wright) bajo la desaprobación de su madre, la reina Hipólita (Connie Nielsen).

Todo cambia cuando un día llega el soldado Steve Trevor (Chris Pine) a las costas de Themisyra y pone en funcionamiento los engranajes de la trama que llevarán a Diana a aceptar su destino y transformarse en la maravilla que el mundo en crisis necesita.

Así la cinta de Jenkins transita en una estructura narrativa convencional, donde podemos entender claramente las motivaciones de nuestra heroína, acción, romance y humor desenfadado siempre permeada por los valores transversales asociadas a Diana: Nobleza, compasión, valor. Una heroína decente para tiempos indecentes.

Es notable también como de cierta forma plantan las semillas (no explotadas pues es una cinta de orígenes) entiende en algún grado la dicotomía de ser una princesa guerrera y además, una embajadora de la paz. O por lo menos lo intenta, y en un universo en el que su impostado tono adulto no ha terminado de cuajar del todo, es de agradecer que a pesar de brillar con luces clásicas heroicas, no dejemos de lado las tribulaciones propias del personaje.

Con todo esto en mente, algo falta para que Wonder Woman trascienda y se eleve por sobre la media de cintas del género. Y gran parte de ese algo, reside en su tercer acto.

El puto tercer acto. Un acto cargado de explosiones, destrucción y los clásicos tópicos que se esperan de un acto como este.

Lamentablemente una de las máximas del cómic es la urgencia de salvar el mundo, es algo lógico. Proviene de el excesivo poder que ostentan nuestros protagonistas.

Sus historias no pueden ser corrientes y sobre ellos recae el peso de la estructura social dominante (y ahí veremos si el héroe debe derrumbarlas para crear un mundo nuevo o resguardarlas del caos y la destrucción) por lo que simplemente se hace necesario una prueba de valor física.

En Wonder Woman sin caer en el villano apático, nos enfrentamos a un personaje carente de cualquier trascendencia siendo que incluso, su motivo era potente.

Y sobre esta restricción y urgencia narrativa es la que cae Patty Jenkins, directora acostumbrada a historias más mínimas y que debió lidiar con una serie de estructuras preestablecidas que merman cualquier campo de acción que pueda preferir desarrollar.

Esto viene siendo además, una norma en filmes de héroes que tiene vueltas de tuercas más interesantes como le pasó a Dr Strange (que logró con un poco más de acierto acercarse a la originalidad) y a Captain America: Winter Soldier, que sacrificó todo su tono thriller por este mismo hecho.

Afortunadamente Wonder Woman mantiene un ritmo tan ascendente que logra obviar toda esta carencia autoral para entregarnos un divertimento que comprende someramente las virtudes de su heroína y entrega un tono mucho más optimista de lo que DC venía haciendo en el pasado.

Lamentablemente, esta arma de doble filo pues nos hace conformarnos con mucho menos de los que podría haber ofrecida una directora como Jenkins. Una directora que con todo lo aprendido por la audiencia y lo diversificado de la misma, podría habernos entregado una verdadera maravilla.


Originally published at Plan9.

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