Noticia de última hora.

De nuevo en casa. 


“I want to know what love is”. De Foreigner. Una de mis canciones favoritas empezó a sonar en la radio cuando el taxi arrancó. Así da gusto empezar el camino de vuelta a casa. Di alguna que otra cabezada en el asiento de atrás. Pasamos por Glòries y vi la Torre Agbar iluminada de azul y rojo. Nunca la había visto de noche en directo e impresiona. Ya quedaba poco para llegar.

- Serán 17 con 50, caballero.

- Aquí tiene, puede quedarse con el cambio.

Le di un billete de 20 euros. La propina tan generosa fue en parte a la canción inicial del trayecto y por el espectáculo de luz de la torre iluminada. Saqué el equipaje del maletero, como si fuera el último peso que fuera a coger en mucho tiempo y me planté delante de la puerta para observar toda la fachada de mi casa. De mi hogar. No sé si esperaba ver algo diferente en ella. Durante los 15 meses que estuve trabajando de periodista en lugares hostiles dudo que algo hubiera cambiado en una fachada, pero mentalmente pasé una eternidad y debía creer que podrían haber cambiado muchas cosas. Saqué la llave del bolsillo y la introduje en la cerradura. La giré y se abrió. Por fin.

Entré sin hacer demasiado ruido por la hora que era. Dejé la maleta en el recibidor y me saqué los zapatos. Estaba todo oscuro menos una pequeña luz que provenía de la sala de estar. Asomé la cabeza poco a poco. Y allí estaba Estela, mi mujer. Dormida en el sofá con un libro en su regazo. Me acerqué a cuclillas para no hacer ruido, pero el parqué de casa crujía lo suficiente como para despertarla. Sólo movió la cabeza a un lado. Le quité el libro de encima y antes de dejarlo en la mesa, cogí el marcapáginas para dejarlo en la hoja que se había quedado. Me senté a su vera y le di un beso en la frente apartándole un mechón de color castaño. Cuando decidí levantarme escuché su voz:

- ¿Cariño? ¿Eres tú?

- Si no fuera yo, deberíamos empezar a preocuparnos por la cerradura de la puerta. Siento haberte despertado.

Se levantó en el sofá y se lanzó encima de mí sin decir palabra. Sólo para abrazarme.

- Tuve mucho miedo Pol… Muchísimo. Cuando lo vi en las noticias yo… — empezó a llorar con una combinación de lágrimas de alegría y pena — .

- ¿Pero estoy aquí verdad? Eso es lo que importa. He vuelto para estar contigo y con nuestra pequeña. Os he echado tanto de menos Estela… no te lo puedes imaginar.

- Ven conmigo — me dijo mientras se secaba sus lágrimas—.

Se levantó y me llevó de la mano al piso de arriba. Abrió una puerta y durmiendo muy a gusto se encontraba Roxanne. Nuestra pequeña. El nombre se lo pusimos por la canción de “The Police” del mismo nombre. Nos encantaba esa época musical.

- Mira en la mesita Pol.

Eché un vistazo y vi una pila de hojas a lo lejos bastante desordenadas.

- Desde que te fuiste, cada día antes de dormir dijo que haría un dibujo para cuando regresaras. Para que te dieras cuenta que te ha echado de menos y no se ha olvidado ni un solo día de ti. Y ahí los tienes…

No pude decir palabra. Sabía que mi hija no me iba a olvidar por mucho tiempo que no estuviera en casa… pero cualquier detalle de ella era increíble y único. Recuerdo, que cuando ella tenía 6 años, me rompí la muñeca derecha al caerme en medio de una entrevista entre las rocas del “Rompeolas”. Entonces un día, me dijo que me enseñaría a escribir con la mano izquierda, que ella era zurda y así yo, podría seguir escribiendo y trabajando como siempre. Ingenio no le faltaba. Por supuesto que no llegué a aprender a escribir con la izquierda, pero me ofrecí voluntario en sus clases para acabar escribiendo correctamente unas cuantas líneas con mucho sufrimiento. No podía declinarle la oferta que me hizo.

- Estela, mañana por la mañana, no le digas que he vuelto. Llévala al colegio como siempre, que quiero darle una sorpresa.

- No te preocupes, no diré nada. A ver qué te ingenias. Por cierto, ¿quieres algo de cenar?

- La verdad es que no, vengo muy cansado y sólo quería 2 cosas: veros a vosotras y volver juntos a la cama.

- Entonces vamos a acostarnos y mañana ya será día de contar todo el viaje.

El volver a nuestras sábanas y nuestra cama juntos, hizo que me preguntara una y otra vez: ¿Por qué te fuiste? Ahora ya no vale la pena mirar atrás… he vuelto y no necesito nada más.

Sobre las 10 de la mañana, me estaba preparando un zumo natural de mandarina. Eran mis favoritos. Lo acompañe con un par de tostadas con mantequilla y mermelada de frambuesa. Me lo terminé y subí a vestirme para la ocasión. Justo me puse el cinturón oí la puerta de la entrada, así que bajé y le dije a mi mujer que en un rato volvería.

- ¿Vas a ver Roxanne?

- ¡Cómo me conoces!

- ¿Sabes que está haciendo clase ahora mismo?

- Sí, pero en poco rato saldrá al recreo.

Estaba cansado del viaje, pero preferí ir andando para volver a respirar tranquilamente el ambiente de la ciudad. No es el más puro, eso está claro, pero sabía que me sentaría genial. Cuando entré al colegio, todavía quedaban unos 10 minutos suficientes para hablar con la secretaría y dirección para poder sorprender a mi hija. El plan consistía en dejar un dibujo de los que me hizo, en su pupitre, mientras estuviera en el recreo y que lo viera cuando llegara. En el dibujo estaba yo debajo de una palmera con un globo de color rosa en la mano derecha, y en la mano izquierda estaba ella. Como he dicho antes, el ingenio era uno de sus puntos fuertes, así que esta parte del plan dependía de ella. Simplemente, tenía que salir al patio de la escuela e ir a la palmera de unos 6 metros que había. Y mi pequeña no falla nunca. Ahí apareció, corriendo o saltando, o quizás ambas cosas a la vez con el dibujo en mano. Supongo que debe ser algo hereditario, pero se me lanzó exactamente igual como cuando me vio mi mujer la noche anterior de nuevo. No dijo palabra. Estaba agarrada a mi cuello con toda la fuerza del mundo en sus manos. Y como mi mujer, lloró. Yo tampoco pude contenerme mientras la abrazaba.

- Te quiero papá. Te quiero, te quiero y te quiero.

- Y yo hasta el infinito y más allá. Toma este globo, es como el del dibujo. Pero tendrás que perdonarme…

- ¿Por qué?

- He intentado representar lo mejor posible tu dibujo. Está la palmera. Está el globo de color rosa. Estas tú. Y estoy yo. Pero el Sol este de la esquina ha desaparecido hace unos minutos mientras venía de camino. Échale las culpas a la naturaleza o a tu padre por elegir un día medio nublado.

- Espera, tengo la solución.

Llevaba la bata verde del colegio, y del bolsillo se sacó un lápiz con el que empezó a dibujar encima del Sol, un par de nubes.

- ¡Tachán! Viendo esto ahora, ¡creo que has elegido el día perfecto papá!

Anoche me reencontré con mi mujer. Ahora con mi hija. Así que como periodista, me di la mejor noticia que he dado y daré jamás: Era oficial que estaba de nuevo en casa.

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