El referéndum de ‘Maggie’

Los ‘tories’ se debaten entre el pragmatismo que Thatcher exhibió como gobernante y su maximalismo al dejar el poder

Guiñol de Margaret Thatcher en el legendario programa ‘Spitting image’.

Apenas le quedaban unos días para ser elegida. Pero eso no evitó que Margaret Thatcher fuera implacable con el premier laborista Jim Callaghan, a quien acusó de haber tratado mal a sus aliados europeos en marzo de 1979 unas horas después de volver de la cumbre de París.

Los conservadores estaban a punto de volver al poder en medio de un país sitiado por la inflación y por los conflictos laborales y Thatcher quería asestar el tiro de gracia a su adversario antes de la campaña que la llevaría al poder.

“Sería bueno para el Reino Unido si usted y sus colegas abandonaran su actitud crítica y agresiva hacia nuestros amigos del Mercado Común y se comportaran como socios genuinos para resolver los problemas”, dijo la líder conservadora en la Cámara de los Comunes despertando el estupor de sus rivales. Un jovencísimo Neil Kinnock respondió a sus palabras con ironía: “Escucharle a usted hablar de agresividad es como oír al conde Dracula decir que le da asco la sangre”.

A Kinnock le llamó la atención la llamada a la dulzura de una líder con fama de agresiva entre sus rivales. Hoy sorprende todavía más el consejo de tratar a los líderes europeos como socios en los labios de una mujer que construyó su reputación en torno a las palabras desabridas y a la dureza en la mesa de negociación.

Thatcher no congenió con ninguno de sus socios europeos y se llevó especialmente mal con Helmut Kohl. Pero sobre todo fue definiendo su carrera por oposición a la construcción europea, a la que se acercó con desconfianza y con pocas ganas de cooperar. Ese viraje tuvo una influencia muy fuerte entre los conservadores británicos. La Dama de Hierro eligió a los líderes que la sucedieron y fue moldeando su política europea en las últimas dos décadas pese a estar fuera de Downing Street.

Se podría decir que la consulta de este jueves es el referéndum de Maggie: aunque el Reino Unido permanezca en la UE, han ganado sus recelos hacia la Europa federal.

Thatcher en la residencia de Chequers. / BBC Radio 4

Una joven europeísta

Thatcher escribió en sus memorias que al inicio de su carrera política veía a la Comunidad Económica Europea (CEE) como un mercado común: “Ni compartía ni me tomaba muy en serio la retórica idealista con que se la presentaba en algunos ambientes”.

Esa frase es un intento retrospectivo de construir un discurso coherente con su evolución política posterior pero la realidad es muy distinta. Al igual que la inmensa mayoría de sus colegas conservadores en los años 60, Thatcher tenía una buena opinión del proyecto de construcción europea y estaba a favor de la entrada del Reino Unido en la CEE.

Al contrario de lo que dicen sus memorias, Thatcher no restringía ese europeísmo a asuntos comerciales. En agosto de 1961, dos años después de ser elegida diputada, pronunció un discurso sobre Europa en su circunscripción y defendió que el Reino Unido debía entrar en la CEE para ayudar a solucionar los problemas europeos y dar forma a la política agraria común.

“Soberanía e independencia no son un fin en sí mismo”, dijo entonces Thatcher. “No es bueno ser independiente en medio del aislamiento si eso supone destruir nuestra economía y ver a otras naciones superarnos en influencia y en comercio. Estaríamos fallando a las generaciones futuras si abocáramos este país al aislamiento de Europa durante muchos años por negarnos a negociar. Francia y Alemania han enterrado sus diferencias y trabajan juntos por una Europa unida. Si Francia puede, nosotros también”.

El célebre suéter europeo que Thatcher exhibió en la campaña del referéndum de 1975.

Su primer referéndum

Catorce años después de aquellas palabras, Thatcher fue elegida líder conservadora contra pronostico el 11 de febrero de 1975. El premier Edward Heath acababa de perder dos elecciones en apenas un año y el partido se volvió por primera vez hacia una mujer.

Su primera prueba como líder conservadora fue un referéndum sobre la pertenencia del Reino Unido a la CEE. La adhesión al proyecto europeo había partido en dos a los laboristas y el primer ministro Harold Wilson decidió convocar una consulta para noquear a partidarios del ‘no’ como Barbara Castle o Tony Benn.

Muchos sospechaban que Thatcher no era tan europeísta como su predecesor Heath y que no tenía mucha idea de política internacional. Quizá por eso dejó que Heath asumiera el peso de la campaña y se limitó a pronunciar algún discurso genérico y a posar con un jersey de punto con las banderas de los nueve países europeos delante de la estatua de Churchill en Parliament Square.

Thatcher mantuvo una posición inequívoca a favor del ‘sí’ durante la campaña. Pero antes se permitió arrojar un dardo a su adversario Wilson recordándole que los referendos eran “un arma espléndida para demagogos y dictadores que no tiene lugar en una democracia parlamentaria”. Una frase que había pronunciado el laborista Clement Atlee unos años antes y que muchos le recordarían a Thatcher dos décadas después. 
 Los partidarios del ‘sí’ lograron una victoria holgada en 1975 y el asunto quedó enterrado enseguida por la crisis económica y por el triunfo de los conservadores, cuyas elites eran europeístas por definición.

Thatcher lejos de los asuntos europeos con Colin Chapman. / FLICKR

No sin mi cheque

Ningún analista percibió en 1979 que el mandato de Thatcher estaría marcado por el proceso de construcción europea. Sus posiciones no eran muy distintas de las de su predecesor laborista Jim Callaghan por más que se esforzara en exagerarlas antes de llegar al poder.

“Si siempre vamos allí como pedigüeños en busca de subsidios o préstamos, eso nos impide asumir el papel creativo que se esperaba de nosotros cuando nos unimos a la Comunidad”, reprochó Thatcher al premier laborista en diciembre de 1976.

Unos meses después, visitó en Bruselas al laborista británico Roy Jenkins, que entonces ejercía como presidente de la Comisión Europea. Thatcher le prometió que su Gobierno sería más europeísta que el de Callaghan pero Jenkins no se lo creyó del todo según atestigua su diario personal.

Según explica su biógrafo John Campbell, Thatcher se aproximó a Europa con el mismo espíritu del general De Gaulle. Ambos percibieron el proyecto europeo como una herramienta para frenar el declive de países que durante siglos habían gobernado un imperio y que habían ido menguando por el auge de las grandes potencias y por la destrucción de la II Guerra Mundial. 
 Al contrario que líderes como Harold McMillan, Edward Heath o Harold Wilson, Thatcher no había servido en el Ejército durante la cruzada contra la Alemania nazi. Alguno de sus biógrafos asegura que esa carencia es uno de los motivos por los que nunca llegó a empatizar con líderes europeos como Kohl o Mitterrand.

“Tenía una creencia tremenda que quizá venía de su padre de que Inglaterra era mejor que otros países”, le dijo el líder conservador Michael Howard al periodista John Sergeant. “Había una frase que usaba a menudo sobre otros países europeos: ‘O les vencemos o les rescatamos’. Inglaterra nunca había sido vencida ni rescatada”.
 Thatcher había criticado a Callaghan por su dureza en las reuniones con sus colegas europeos: “Uno no va a ninguna parte si se apunta a un club y pasa todo el tiempo criticándolo”. Pero eso fue justo lo que hizo en su primera cita después de ser elegida: reclamar mil millones de libras en la cumbre de Dublín.

Thatcher llegó a la capital irlandesa con un propósito: recobrar la cifra que los británicos ponían de más en el presupuesto europeo. Aseguró que el Reino Unido no estaba dispuesto a aceptar esas condiciones y sugirió que los alemanes sólo las aceptaban por la mala conciencia de los campos de concentración. “Sólo estoy hablando de nuestro dinero”, dijo en la sala de prensa después de sacar de quicio al canciller alemán Helmut Schmidt.

La intransigencia de Maggie sorprendió en algunas cancillerías pero pasó inadvertida en el Reino Unido, donde los laboristas habían elegido como líder a Michael Foot, cuyas propuestas radicales incluían la salida de la Comunidad Económica Europea y el desarme nuclear.

El objetivo de Thatcher era lograr el llamado cheque británico: un descuento en la contribución del Reino Unido al presupuesto europeo. No logró su propósito hasta 1984 en la cumbre de Fontainebleau. Por el camino, se ganó la enemistad de alguno de sus socios y empezó a odiar la política europea a medida que se acercaba a Ronald Reagan y forjaba una interesante relación con el líder soviético Mijaíl Gorbachov.

Un acuerdo sin referéndum

El proyecto de construcción europea no dejó de avanzar durante los años de Thatcher y en 1986 los estados miembros firmaron el Acta Única Europea, que adelantaba algunos de los avances que se irían aplicando después.

La premier británica presentó el tratado como un acuerdo irrelevante y vendió como un triunfo diplomático concesiones menores como la posibilidad de mantener el control sobre la política migratoria de fuera de la Comunidad.

Thatcher llegó a decir que lo más importante del acuerdo era el avance hacia el mercado común europeo pero el Acta Única abrió la puerta al control europeo de muchos ámbitos de la vida cotidiana y creó un malestar que florecería unos años después.

Thatcher había derrotado a los mineros, había ganado en las Malvinas y empezaba a recoger los frutos de su estrategia contra el terrorismo republicano irlandés. Poco a poco empezó a definirse por oposición a Europa y esa oposición le granjeó enemigos conservadores como Kenneth Clarke, Chris Patten o Michael Heseltine.

Los tres eran europeístas y albergaban la ambición de suceder a Thatcher pero ninguno lo logró. Entre otras cosas porque la evolución de la Dama de Hierro fue empujando al partido hacia una eurofobia creciente y alejándolo del lugar donde estaba la mayoría de los británicos: el centro que fue ocupando el laborista Tony Blair.

Los recelos hacia Europa llevaron a Thatcher a prescindir de dos escuderos muy brillantes: los cancilleres Geoffrey Howe y Nigel Lawson, que le advirtieron que al Reino Unido le convenía unirse al sistema monetario europeo (SME), el germen de la moneda única que coordinaba la cotización de las divisas europeas en torno al marco alemán.

Thatcher se resistió durante años a entrar en el SME y sólo aceptó al darse cuenta de que si no lo hacía perdería a su tercer canciller, John Major, que empezaba a sonar como posible sucesor. La premier hizo un anuncio preliminar en junio de 1989 y tomó la decisión al año siguiente con el argumento de que ayudaría a bajar los tipos de interés.

Para entonces Thatcher se había convertido en una líder antipática para sus colegas europeos. Se había opuesto en solitario a la reunificación alemana, había pronunciado un discurso incendiario en el Colegio de Europa de Brujas y había dejado de hablarse con Kohl, con el que se comunicaba a través de su ministro de Exteriores, Hans-Dietrich Genscher.

Los triunfos conservadores habían ayudado a ascender a diputados jóvenes cada vez más euroescépticos. Pero entre las elites del partido dominaba un europeísmo moderado que desconfió siempre de la actitud de la primera ministra y se las arregló para desalojarla del poder.

John Major ya fuera del poder.

Contra Major se vive mejor

A Thatcher le quedó el consuelo de designar un heredero, John Major, que asumió el cargo en noviembre de 1990 después de unos meses como canciller. Y sin embargo la mujer que había guiado al Reino Unido durante 11 años enseguida desconfió de su sucesor.

El motivo fueron los prolegómenos del Tratado de Maastricht, cuyas condiciones se negociaron durante 1991 y que se firmó en febrero de 1992. “Me alegra mucho que el Reino Unido vuelva a estar en el centro de este proceso, trabajando por una Europa unida desde dentro en lugar de insultar a nuestros socios desde lejos”, dijo en esos días Edward Heath, siempre dispuesto a disparar contra su sucesora al frente del Partido Conservador.

Major firmó el tratado después de preservar algunas líneas rojas y al volver sufrió la cólera de su predecesora, que fue menos indulgente con sus cesiones que con las que ella hizo al firmar el Acta Única en 1986. “Nosotros deberíamos retener la supremacía del Parlamento”, dijo todavía como diputada antes de abstenerse en la votación. “No deberíamos hacer una transferencia masiva de poderes a una Comunidad que no rinde cuentas a nuestro electorado y por eso no deberíamos unirnos a la moneda única”.

El enfado de los conservadores sobre Maastricht estalló cuando los daneses votaron contra el tratado en junio de 1992. ““Los daneses han hecho un gran servicio a la democracia”, dijo enseguida Thatcher, que usó el ‘no’ de Dinamarca para seguir disparando contra su sucesor.

“Maastricht es un tratado que va demasiado lejos”, dijo en su primer discurso en la Cámara de los Lores. “Espero que no se ratifique. Arrebata demasiados poderes a este Parlamento, que es el más antiguo y que ha sido ejemplo para otros”.

El inesperado triunfo de Major en las urnas silenció durante un tiempo al sector antieuropeo de los conservadores. Pero en septiembre de 1993 sus miembros explotaron de nuevo después del llamado Miércoles Negro: el día en que el Gobierno británico se vio obligado a devaluar la libra y sacarla del sistema monetario europeo para protegerla de la especulación.

El impacto de aquel terremoto no se ha apagado del todo en el seno de los conservadores británicos. Si Major sobrevivió aquel día fue porque los hombres llamados a sucederle eran Douglas Hurd, Kenneth Clarke y Michael Heseltine: tres políticos con un perfil demasiado europeísta y sin el respaldo de la Dama de Hierro, que seguía gozando de una influencia enorme en el Partido Conservador.

Analistas como Paul Johnson especulaban con un posible retorno de Thatcher y ella daba pábulo a los rumores apoyando a quienes pedían una consulta sobre Maastricht y visitando Dinamarca antes de la segunda consulta para respaldar a los partidarios del ‘no’.

El célebre póster de William Hague con la peluca de Thatcher en las elecciones de 2001.

Tres líderes contra Europa

La influencia de Thatcher sobre la política europea de los conservadores fue en aumento después de la derrota de Major en mayo de 1997. Destrozó la carrera del europeísta Kenneth Clarke, que aspiró varias veces al liderazgo del partido, potenció la influencia de diputados que habían medrado en su entorno en los años 80 y ayudó a elegir a como líderes a William Hague (1997–2001) e Ian Duncan Smith (2001–2003): dos políticos inexpertos y poco atractivos que compartían su visión sobre Europa y recibieron su respaldo antes de su elección.

El entorno de Blair aprovechó la influencia de Thatcher para destrozar a sus protegidos. Hague fue retratado con la permanente de su predecesora en unos carteles dirigidos a presentarlo como el epígono de una primera ministra cada vez más impopular. Duncan Smith ni siquiera llegó a medirse con Blair en las urnas: sus correligionarios le derrocaron y lo sustituyeron por Michael Howard, otro líder sin carisma cuyo único mérito era su desconfianza hacia la Unión Europea, capaz de unir a los sectores más antieuropeos del partido en torno al enemigo común.

Para entonces Thatcher se había retirado de la vida pública empujada por una serie de ictus que desembocaron en una demencia progresiva. Pero su influencia se mantiene viva todavía hoy entre los conservadores británicos, cuyas divisiones sobre Europa reflejan las contradicciones entre el pragmatismo que Maggie mostró como gobernante y el maximalismo que adoptó al dejar el poder.

El ascenso de un líder joven y dinámico como David Cameron propició una tregua en esa pugna. Los conservadores llevaban demasiado tiempo lejos del Gobierno y aparcaron sus diferencias para volver al poder.

El triunfo pírrico de 2010 abocó a Cameron a una coalición con los liberal-demócratas y despertó el descontento del sector más ‘thatcherista’ de los conservadores, que hace tres años le arrancó la promesa de convocar un referéndum sobre Europa en esta legislatura y dejó en el aire el futuro del Reino Unido dentro de la Unión.

Amigos como Norman Tebbit aseguran que Maggie habría votado este jueves a favor de sacar a los británicos de la UE. Pero su legado político es más europeísta de lo que ella misma reconoció después.

Al dejar el poder, Thatcher se rodeó de personas del ala derecha del partido y dejó de hablar con los equilibrados funcionarios que la arropaban en Downing Street. Ese extremo fomentó una cámara de eco que la llevó a adoptar posturas sobre Europa cada vez más radicales y más alejadas del sentir de la población.

“El asunto más importante de la campaña es si el Reino Unido sigue siendo una nación independiente o si queda subsumido en una Europa federal”, dijo durante un acto de campaña en las generales de 1997. “No caben propuestas a medias ni terceras vías ni segundas oportunidades. Demasiados poderes han pasado ya de nuestro Parlamento a la burocracia de Bruselas. Debemos recuperarlos y sobre todo debemos conservar la libra”.

¿Son suficientes los poderes que ha recuperado David Cameron antes del referéndum? Muchos admiradores de Thatcher se harán este jueves esa pregunta antes de votar. Otros se preguntarán cómo es posible que Europa haya transformado a los conservadores en un partido dividido por sus demonios como los laboristas antes de Blair.

Unos y otros son conscientes de que éste es el referéndum de Maggie, la mujer cuya influencia cambió para siempre a los conservadores británicos, al Reino Unido y al continente que sus soldados ayudaron a liberar de la opresión.

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