“A darlo todo” y otras frases hechas

‘Being Blind’, Grey Organisation
Te levantas una mañana con ojeras que guardan tus peores sueños; has tratado de mezclar agua con aceite toda una noche y con los ojos cerrados. Algo te perturba. Intentas aclarar tus ideas volcando el agua del lavabo con las manos en tu cara. Y, como cada día, una idea sepulta a las demás: “Hoy voy a darlo todo”.

No eras el mejor delantero centro en el barrio, pero hiciste lo posible para jugar en un equipo grande. La lesión. No eras el jefecillo del grupo de amigos, pero tenías tu encanto. La novia. No eras el más gamberro, pero hiciste de las tuyas. La fama (la de otros). No eras un estudiante brillante, pero estudiaste una carrera. La nota. No tenías el mejor trabajo, pero ibas pagando la hipoteca y tu coche. Siempre has sido un tipo con buena estrella, pero acaba faltándote algo.

La insatisfacción ronda por tus entrañas como un riff guitarrero, casi carcomiendo tus decisiones.

No encuentras explicación ni en las respuestas hechas. Esas de tipo latiguillo: “Llorar es de cobardes”, “lucha por tus sueños”, “disfruta de la vida” e incluso “sé feliz”. Ya ves a lo que te lleva: a la frustración que tú mismo te justificas. Por lo que sea, has caído en la moda del pseudocultismo y no dejas de lacerarte y de dar por saco a los demás con tus falsos propósitos. Nos harías un favor a todos si leyeras de vez en cuando (no me refiero a los periódicos futbolísticos) y filtraras en tu cabeza esas frases manidas. O, al menos, que no las reprodujeras a viva voz. Porque, verás, es muy posible que cualquiera de nosotros también nos hagamos esa clase de propósitos más de una vez, pero ¿te imaginas una conversación así?:

– Fumo demasiado, pero lo voy a dejar.
– Haces muy bien, solo se vive una vez.
– Sí, tío, me he dado cuenta de que mi salud es lo primero.
– Es una sabia decisión.
– Es calidad de vida.
– Solo es proponérselo.
– Sí, pero cuesta, no creas. Es una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.
– Tienes todo mi apoyo. Conozco un libro… Ahora no me acuerdo del título.
– Gracias, tío. Te quiero un montón.

Si ahondas un poco en cada una de esas frases, podrás extraer ese tufillo a autoayuda fuera de contexto. Porque, amigo, somos sacos de palabras. Rebusca un poco más y trasciende ese rollo del “qué daño puede hacer”. Es probable que halles mayor satisfacción en lo que haces, en la compañía de personas que aprecias… Sin más, sin recurrir a las fórmulas que utilizan los entrenadores para jalear a sus deportistas. Solo faltaba que te dieras una palmadita en el culo, ¿no?

¿Vas a darlo todo? Pero –¡coño!– si vas a salir de fiesta. Lo normal es que te lo pases bien. ¿O no?

Hace años conocí a un tipo que parecía un auténtico coach. Gustavo se llamaba. Bien, pues Gustavo no solo era de frases, sino de gestos. Cualquier tenista era un mimo a su lado. Gustavo pedía unas cañas y media barra se giraba; hablaba de política (de chismes, más bien) y parecía que él solito fuera a acabar con la corrupción; contaba el derby como si él hubiera marcado todos los goles, todos: los de su equipo y los del otro. En fin, lo daba todo. Hasta que un día, hablando de todo un poco, el pollo estalló en lágrimas. Sin ninguna razón aparente, mientras dejaba el móvil en la mesa. Nos quedamos de piedra. Al rato se fue y seguimos sin saber qué había pasado. Al día siguiente hablé con él por teléfono y esto fue lo que me contó: «No se lo digas a nadie, tronco. Mi novio se ha ido con otro». No sabía que tuviera pareja. Tampoco que era gay. Tampoco sabía que era tan diferente de como aparentaba ser. A decir verdad, desde entonces comprendí el grito de guerra de tanta gente como él. Esa pobre gente que frecuenta “bares llenos de personas vacías”.