Chismes que sirven para poco

Dos calles abajo el metal cambiaba de manos: viejos marcos de ventanas, radiadores de hierro fundido, tubos de cobre y cualesquiera formas de chatarra que puedas imaginar. Se habría echado en falta un semáforo que regulase el tráfico de carros del Winko Foods. Como en los cuentos de O’Henry, el desenlace era la historia. Si todo salía según lo previsto, el vendedor podría quitarse un buen peso de encima; pero si salía mal, habría de correr con las costas por perder el juicio:

“¿Para qué cojones necesito una cota de malla? Mira, no puedo darte más de un euro”, y el inexperto yonki regresaba por donde vino, ataviado de caballero andante. La vieja tienda de antigüedades también era una opción.
“OlindaGraffiti” by Bjørn Christian Tørrissen

Después de todo, al final del callejón esquina con la principal, la ambigüedad era el filón del aspirante a Broadway. Ambigüedades, antigüedades, escaparate de guiones al más puro estilo Ibsen. Casas de muñecas incomprendidas que jugaron a ser princesas de castillos en el aire. Por un pico salvaban mono y primate entrado en años. Realmente, era una estupidez apostar a caballo (perdedor), pero en unas aceras infestadas de parias cualquiera se cambiaba por un héroe o por heroína. Incluso hay quienes vieron a Jesús entrando en el templo –cuentan–. Y que, al parecer, salió de allí convertido en mercader. Son paparruchas, ocurrencias del vecindario para ahuyentar a la clientela.

Chismes que sirven para poco.

Killer Babe solía apostarse en la esquina del callejón. Con el móvil tomaba fotos de perros y gatos que ocasionalmente pasaban. Tenía controlados a trece canes y siete mininos. Salvo alguna rata despistada, no solía haber más bichos de cuatro patas. Al fin y al cabo, ella también pertenecía a aquella fauna. Incluso la noche de los disparos.

Tres. Seguidos. Silencio. Gritos, carreras, y las calles vacías en escasos minutos. Sonaron sirenas mientras curiosos Ulises se ataban a los alféizares de los pisos superiores, temerosos de sucumbir a interrogatorios. Nadie había visto nada. Killer no temía a la Policía, pero en verdad nada vio y lloraba amargamente sobre el pecho de su difunta amiga. El cuerpo parecía evaporarse a medida que se enfriaba. No dejaba de ser un fiambre más para el agente Williams, quien, libreta en mano, iba anotando detalles de algunos testimonios. Un paripé hasta que no se realizara la autopsia. Una noche hueca, una calle con aceras vidriosas de charcos, un blues de Muddy Waters en espirales que se perdían en nubes de pólvora de una vieja Smith & Wesson Special. Mucho rock & roll en las venas, princesa –suspiraba Killer–, debiste verlo venir. Del rigor de las desdichas al rigor mortis solo hay un paso, como para cualquier camino, por largo que sea. Doscientas almas comentaron la escena, pero nadie contó nada y nadie lo vio.

La actividad decayó por unos días: el plomo engulló al hierro y a otros metales, las esquinas se despoblaron, los chavales retomaron el camino al centro escolar y Killer perdió la pista de gatos y perros. Aprovechó la bruma para volatilizar toda sombra de duda, por si las moscas. Sabía que su amiga tenía problemas: su chico (por llamarlo así) llevaba meses presionándola para que probara el jaco, el muy hijo de puta. Ella no tenía a nadie más y es lo único que entendía por amor. El último mes fue una cuesta abajo, que la infeliz vivió como una montaña rusa, sometida a euforias y bajonazos que el cabrón fue administrando con falsas promesas. Killer no tenía la certeza, pero intuía que esa rata proxeneta sabía quién apretó el gatillo. La maldad también viste de luto a sus víctimas. Si alguien podía darle alguna pista, ese era Valdez, el colombiano.

Firmemente creyente, Valdez asistía acompañado de sus hombres a las exequias de un sicario. Reconoció la silueta de Killer en el umbral de la entrada como una diosa surgida del Sol. «¿Qué te trae, vieja?». «¿Cómo estás, hermano?»… Dicen que los favores no son tales cuando media la amistad, por extraños compañeros de viaje que se hayan hecho. Una mano sigue a la otra para abrazarse a una causa y el más cainita de los hombres sucumbe a la tentadora venganza. Valdez no tenía ni idea, pero sabría sacarle provecho al luctuoso incidente del callejón. Le bastó una llamada.

Cuando parecía que todo volvía a la normalidad, la sangre comenzó a inundar las alcantarillas. De las cloacas surgieron matones, disparos resonaban desde lo alto, azoteas y ventanas se transformaron en refugio de francotiradores. Dos días y decenas de cadáveres aún yacían dispersos por la calzada. En el infierno se estaba mejor. No saben quiénes ganaron, pero una cosa es clara: siempre tienen las de perder los desarmados contra los desalmados.

Mi madre solo pretendía vengar a su amiga. Mi padre solo pretendía vengarse de los turcos. Y yo vengo a contarles el contexto de mi llegada al mundo, al menos nueve meses antes. Ahora ya conocen de dónde surge este Nobel de Literatura, viejos. Déjense de chismes.