Privacidad y vida íntima, necesidades en peligro en la era de las tecnologías

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Alexandrine Pirlot y Carolina Botero*

Privacy Internacional y la Fundación Karisma son organizaciones que trabajan sobre temas de protección de la privacidad, derechos humanos y tecnología, en tiempos en los que el desarrollo tecnológico pareciera incontrolable. Sus representantes, Alexandrine Pirlot y Carolina Botero, explican por qué se necesita un balance.

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La idea de la privacidad no es nueva. No obstante, su percepción e interpretación cambian con los desarrollos sociales, culturales y económicos y, sobre todo, con los cambios políticos. Y nunca ha sido más importante defenderla que ahora.

Los avances tecnológicos suponen cambios que jamás hubiéramos imaginado. La tecnología trae nuevas oportunidades, contribuye a resolver — o al menos mitigar — problemas en diversos sectores de nuestra sociedad. Los vemos en el sector financiero, pero también conocemos revoluciones agrícolas y en salud. Con la tecnología se crean nuevas oportunidades laborales, educativas y sociales e incluso vemos opciones de seguridad individual y colectiva. Es un hecho que la tecnología digital y la internet cambiaron el curso de la historia y están en todos los aspectos de nuestra vida, en muchos casos para bien. Sin embargo, es necesario cuestionar por qué con tanta frecuencia la tecnología es presentada como “la solución”, cuando en realidad no es más que un elemento de la ecuación.

En materia de seguridad, vemos exactamente este problema y no se cuestiona. Se viene desarrollando un ecosistema donde la vigilancia se hace por omisión y la explotación de los datos es sistemática. No se problematiza este contexto, pues lo aceptamos como algo natural a la presencia de la tecnología. La adopción de los avances tecnológicos para vigilarnos sucede frecuentemente sin justificaciones racionales o legítimas. Se hace tan sólo porque la tecnología lo permite.

Con demasiada frecuencia integramos la tecnología en los procesos sin reflexionar sobre su contexto. Es decir, en el camino de tomar decisiones no se presenta ninguna — o hay poca — reflexión sobre la necesidad, la legalidad, la proporcionalidad o las alternativas que existen. En general, no se hacen preguntas sobre qué tipo de sociedad queremos. En nombre de la seguridad nacional, el interés público y la promesa de seguridad, entregamos a las autoridades estatales, de manera abierta y a escondidas, acceso directo a nuestras vidas.

Por otra parte, lo que sucede es que la tecnología para la vigilancia se está desarrollando para enriquecer al sector privado y, paralelamente, socavar el poder del individuo sobre su propia vida. En el mundo ya hemos visto casos donde los dispositivos y los servicios que utilizamos, o los que usan quienes forman parte de nuestros círculos sociales y profesionales — voluntariamente o no — , nos traicionan cuando crean perfiles artificiales, discriminan y nos ponen en posiciones más vulnerables, particularmente en comunidades que ya están marginalizadas. Por ejemplo, se ha documentado cómo los perfiles de Facebook son usados para determinar qué tan seguro manejan un carro los usuarios, y así definir cuánto cuesta el seguro de accidentes del automóvil de alguien.

Las denuncias por este tipo de invasiones se repiten en contextos donde faltan regulaciones, legales u otras, sin transparencia ni rendición de cuentas. Colombia es infortunadamente un ejemplo. A pesar de que el escándalo de las “chuzadas” del DAS dio lugar a una importante reforma legal a la inteligencia del país, ésta aún no ofrece garantías de privacidad para los ciudadanos bajo estándares de derechos humanos internacionales. Adicionalmente, el sistema no tiene controles y los pocos que están establecidos no funcionan (como el comité parlamentario de seguimiento a esta ley, que tiene capacidades muy limitadas y aún así no actúa). Al contrario, los mecanismos de vigilancia se multiplican de forma preocupante, como lo vemos en el nuevo Código de Policía, donde se desarrolla un complejo esquema de cámaras de vigilancia para todo el sistema de transporte público que responde exactamente al modelo descrito, sin reflexiones, justificaciones o alternativas.

La importancia de las normas que protegen la privacidad de los ciudadanos es que nos capacitan para hacer valer nuestros derechos frente a grandes desequilibrios de poder. Pero lo que vemos es que el marco legal y las políticas, tanto del Estado como del sector privado, son inadecuados o no se aplican de manera efectiva, o sencillamente no existen. La falta de normas, o sus ambigüedades sobre el uso de las tecnologías a las que tenemos acceso, da a quienes están en el poder un ámbito de interpretación tan amplio, que no establece límites necesarios para proteger y garantizar los derechos humanos.

El control de nuestra privacidad nos permite establecer barreras y gestionar límites para protegernos de injerencias injustificadas en nuestra vida. Gracias a ellos podemos negociar quiénes somos y cómo queremos interactuar con el mundo que nos rodea. La privacidad nos ayuda a establecer límites para determinar quién tiene acceso a nuestro cuerpo, a nuestros ámbitos privados y a nuestras cosas, así como a nuestras comunicaciones y a nuestra información.

Para concluir, si queremos avanzar en una sociedad que garantice que la tecnología sirve para mejorar su funcionalidad y buena gobernanza, debemos instar a que el desarrollo y la aplicación de cualquier iniciativa basada en tecnología y orientada al uso de datos debe enfocarse en respetar, proteger y garantizar los derechos y los mecanismos de control de su propia autonomía y dignidad. Tenemos muchas oportunidades, individual y colectivamente, de rectificar el curso de los acontecimientos para bien y debemos aprovecharlas juntos.

*Pirlot es delegada de la ONG internacional Privacy International y Carolina Botero, de la Fundación Karisma.