008. Señales

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“En fin, no es fácil hablar de la Maga que a esta hora anda seguramente por Belleville o Pantin, mirando aplicadamente el suelo hasta encontrar un pedazo de género rojo. Si no lo encuentra seguirá así toda la noche, revolverá en los tachos de basura, los ojos vidriosos, convencida de que algo horrible le va a ocurrir si no encuentra esa prenda de rescate, la señal del perdón o del aplazamiento. Sé lo que es eso porque también obedezco a esas señales, también hay veces en que me toca encontrar trapo rojo. Desde la infancia apenas se me cae algo al suelo tengo que levantarlo, sea lo que sea, porque si no lo hago va a ocurrir una desgracia, no a mí sino a alguien a quien amo y cuyo nombre empieza con la inicial del objeto caído.” Capítulo 1. Rayuela. Julio Cortázar

RAYUELA figura entre los libros más citados y menos leídos según la revista Chilango.com pero para citar algunas cosas se necesita haberlo leído, como este pasaje que hoy recordé. Todos tenemos nuestro trapo rojo al estilo la Maga, hay que aceptarlo. Esos indicios inmateriales o materiales que nos dicen algo que solamente nosotros podemos interpretar y que para otra persona pasarían completamente inadvertidos.

Muchas veces cuando estoy escribiendo un mensaje o un mail o llamando a alguien para contarle alguna historia difícil de contar y por alguna razón el mensaje me sale no enviado, el mail se queda en borradores o escucho “esta llamada será derivada…” del otro lado lo interpreto como que no tengo que comunicarme con esa persona para decir lo que tengo que decir. Es una señal.
 Cuando tengo un mal sueño acerca de una persona y lo recuerdo tiendo a tomar precauciones con esa persona. Es una señal.

Esto de las señales es algo de familia, mamá es la campeona de buscar trapos rojos. Sin embargo durante los últimos años recibí cientos de señales que me dediqué a ignorar, porque no se puede vivir buscando trapos rojos. Al terminar el colegio mi mamá me dijo que me tomara un año libre para pensar bien qué quería estudiar, pero me dediqué a ignorarla. Mi papá me convenció de que tenía que estudiar derecho y me pareció una buena idea.

Cuando empecé a estudiar derecho estaba llena de dudas, mi reciente amiga del probatorio Mel (una de mis mejores amigas desde entonces) al igual que yo, también dudaba. Queríamos estudiar ingeniería en informática o análisis de sistemas no recuerdo, solo era cuestión de cambiarse de orientación y claro, iba a costar más caro. No lo hicimos.

No recuerdo mis primeros años de facultad como los mejores, en el probatorio sufrimos una especie de bullying por parte de algunos compañeros que requirió intervención de algunos profesores. Varias veces quise abandonar la carrera porque no me sentía cómoda estudiando derecho. Yo que toda mi vida me había dedicado empeñadamente a obtener las mejores calificaciones, estaba hecha un desastre (según yo). Me saqué mi primer reprobado (y único en toda la vida!) en el examen de Romano I porque entré a la sala de examen y tuve un ataque de pánico, salí llorando sin rendir y en lugar de llevar ausente llevé reprobado.

Recuerdo que mi papá me dijo que era lo mejor que me había pasado, que no estoy obligada a tener siempre las mejores notas y que podía volver a tomar ese examen. Claramente estaba exagerando.

Ignoré todas las señales que parecían indicar que eso de estudiar derecho no era lo mío y acá estoy, me gusta lo que hago y me gusta hacerlo bien, gracias a esto he conocido a muchas personas valiosas y mi visión del mundo cambió por completo, yo cambié. No sé si pueda cambiar el mundo, pero me gustaría colaborar a impedir que se deshaga con lo que aprendí.

Este post fue publicado el 04 de abril de 2016 en mi cuenta de Facebook.