009. Basura nostálgica de los 20's

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Brisita, la Resi y el mundo que se acababa a las 10 de la noche, este podría ser el resumen de mi vida durante los 6 años que fui universitaria.

“(…) porque la soledad le había seleccionado los recuerdos, y había incinerado los entorpecedores montones de basura nostálgica que la vida había acumulado en su corazón, y había purificado, magnificado y eternizado los otros, los más amargos.” Capítulo XI. Cien años de soledad Gabriel García Márquez.

Escribir sobre la vida en la Residencia Universitaria para chicas María Reina merece un libro o cuanto menos una novela de realismo mágico para hacerle justicia a ese lugar y a todo lo que allí sucedió.

El calor. El calentamiento global ya estaba en una parte bastante interesante de su apogeo por esos años, vivíamos en el sector del cuarto piso que estaba ubicado exactamente debajo de la terraza, sector que recibía sol todo el día y funcionaba perfectamente como un módulo ecológico del infierno: un horno solar para jovencitas estudiantes universitarias.

No ventilador de techo, no aire acondicionado, no recuerdo exactamente la explicación pero no estaba permitido, cada chica tenía su ventilador de pie y yo tenía a Brisita. Cuando la gente me dice que se va a morir de calor sin aire, pienso en Brisita y en los seis veranos con Brisita y en la capacidad de vivir sin aire acondicionado de todos los seres humanos.

Las Reglas. La Resi era una casa llena de reglas, una de las reglas principales era que todas debíamos estar en la casa a las 10 de la noche. Esa regla tuvo un impacto psicológico muy fuerte en todas las chicas que pasaron por la Resi.

Vivíamos en función a todo lo que se puede hacer antes de las 10 de la noche, si había una obra de teatro espectacular o un súper concierto al que quería ir pero empezaba a las 9 probablemente no tendría chances de ir sin un plan B que implique buscar un lugar donde quedarme a dormir. Lo cual me llevaba a otra regla no menos importante de la casa: no podía dormir fuera de la Resi sin autorización de mis padres.

Compartir. Éramos como 20 o 25 chicas, habían 2 habitaciones individuales creo y el resto tenía que compartir habitación con otra chica, también compartíamos los baños y el lavadero. Dos salas de estudio, una pequeña y otra más grande, cuando tenía exámenes finales trataba de despertarme temprano o directamente me quedaba despierta toda la noche para aprovechar el salón de estudios porque ahí hacía menos calor. Un patio interno que funcionaba como sala de estar y donde estaba la única televisión de la casa para las chicas, que por supuesto no se encendía sino a partir de algo así como las 17hs y se apagaba a las 22hs.

La comida. Teníamos muchas reglas sobre la comida, por supuesto. Los inolvidables coquitos con mermelada de guayaba del desayuno, el guiso de lentejas, la polenta que si llegabas tarde se petrificaba, las galletitas polvorita o alfajor tres pisos con yogur de los sábados. Las innumerables quejas de todas por la manifiesta abyección hacia algunos platos. Las revueltas organizadas para que cambien a la monja encargada de la cocina. La heladera comunitaria donde no podías guardar nada rico porque desaparecía mágicamente.

El teléfono. Todavía nos comunicábamos largas horas por línea baja, hablaba con mi mamá, mi abuela, mi novio, mis compañeras. Me llamaban de Alianza o Unidad para que vaya a votar a las elecciones de representantes para el Centro de Estudiantes. Todavía no había whatsapp y lo más moderno era enviar SMS.

Las compañeras de cuarto. Norma, mi primera compañera de cuarto y gran contención emocional en los primeros años en la Resi. Evelin, mi segunda compañera de cuarto, su obsesión por el orden no combinaba con mi caos, se quedó unos meses y somos amigas hace años. Flavia, gracias a Dios nunca tuvo que ir a reconocer mi cuerpo en una cuneta como me decía siempre que yo tenía un date con algún equis de internet (dios mio, pensar que ni siquiera existía Tinder). A la última no la recuerdo bien, para esa época estaba cansada, solo quería terminar la carrera y dejar de vivir en la Resi.

Las vecinas y las otras chicas. La primera noche que nos conocimos con Ruth le conté toda mi vida (lo que supuestamente era toda mi vida en ese momento) y veíamos desesperanzadamente el video de ‪#‎9dream pensando que si Yoko Ono tuvo alguien que la quería así, por qué diablos alguien no habría de querernos, después de todo nuestro cabello tenía menos frizz. Luz, amor a primera vista, cuando conoces a una persona tan radiante no queda otra salida, tiene que ser tu amiga. Diana, Fumi, Juanita, Chivi, Cloti, Raquel, Lili, Laura, Mati… tantas chicas.

Romper todas las reglas. Llorar. Viví en la Resi desde los 17 a los 23, creo que llegué a romper un alto porcentaje de las reglas de la casa. A veces me vi compelida a mentir, cuestiones de supervivencia. Lloré amargamente muchas veces en ese lugar. Lloré la muerte de la Hna Josefa, lloré la muerte de mi abuela. Lloré los finales de algunos noviazgos.

La vida después de la Resi. De alguna manera como Amaranta en Cien años de soledad, purifiqué, magnifiqué y eternicé los recuerdos menos agradables de vivir en la Resi. A muchas chicas no las veo desde esa época, Luz murió hace unos años dejando un hueco gigante en mi corazón, otras volvieron a sus países, a sus ciudades de origen. Con otras sigo muy conectada, siempre que nos juntamos recordamos los años en la Resi como una extraña experiencia que marcó nuestros 20s y nuestra vida para siempre.

Este post fue publicado el 05 de abril de 2016 en mi cuenta de Facebook.