La trasplantada

Mucha gente se enojó cuando me vio en redes sociales, decían que cómo se me ocurría salir a manifestarme, si era trasplantada. Otros me defendían y les reclamaban que si ellos estaban sanos, porque no salían a protestar por mí. Más lo que hablaron, cuando yo siempre he protestado.
Soy empleada pública hace 28 años y trabajo en la municipalidad de Pedro Aguirre Cerda. Vivo con mi mamá y mi hijo. Nunca había usado en mi vida el sistema de isapres, hasta diciembre del año 2016. Me acuerdo que estaba en una manifestación, un paro, cuando empecé a sentir síntomas raros. Pensaban que era vesícula. Al final era un coagulo de sangre que se me fue al riñón. Caí de emergencia a un hospital. Me hicieron exámenes y se dieron cuenta que, además, tenía insuficiencia cardiaca. Estuve en lista espera como prioridad nacional dos meses y medio. Al final me operaron el 29 de septiembre de 2017.
Si bien el costo del trasplante, la isapre me lo cubrió bien -pagué tres millones y medio-, el tratamiento de por vida me sale muy elevado: alrededor de 600 mil pesos mensuales. Si yo no tomo dos medicamentos me muero. Muchas veces he caído hospitalizada porque no he podido pagar los remedios. Y a eso hay que sumarle que después de la operación, las arterias de las piernas se me taparon, no podía caminar y tuvieron que amputarme la pierna derecha.
Lamentablemente tampoco puedo optar a una prótesis porque sale tres millones de pesos. Estoy obligada a estar en silla de ruedas. Lo único que ruego es no perder la otra pierna. Disculpa que me explaye, pero estoy molesta. Todos los chilenos deberíamos tener derecho a una prótesis para volver a caminar. Y eso me produce mucha pena. Me cuesta llegar al trabajo. En inverno tengo que faltar. Y llevo tres años sin vacaciones, porque prefiero guardar la plata para los días malos. Tengo un hijo en la enseñanza media; estoy luchando para que termine y tenga su profesión. Igual la máquina me está pillando con el tema de los remedios. Estoy en una bicicleta constante. Debo como 37 millones de pesos después de las operaciones. Y no tengo cómo pagarlos. ¿Con qué?
Por eso salí a protestar, el 20 de octubre, tipo tres o cuatro de la tarde. Ese día fui con mi mamá y de ahí nos separamos. Yo me quedé en la esquina de Ismael Valdés con Parque, donde había gente adulta, tercera edad y discapacitados. Todos tocábamos cacerolas. Los pacos o carabineros, como quiera llamarlos, dieron veinte minutos para saquear el Santa Isabel. Lo que sacaban, los cabros lo repartían entre la gente que estaba ahí.
Después siguieron protestando y empezaron a lanzar lacrimógenas. La gente decía que pararan porque había una chiquilla con un tubo de oxígeno. De repente un lolo grita “van a disparar”. Yo pensaba que no me iba a llegar, como estaba a tres cuadras. Más encima estaba sentada y se supone que tienen que disparar hacia arriba. La cosa es que de repente siento que el perdigón me rebota aquí en la frente. Lo único que vi fue como me saltó la sangre. Y otro perdigón acá en el estómago.
Me empecé a sugestionar. Me vino como una crisis de pánico. Tenía arritmia y taquicardia. Ahí fue cuando me llevaron en una camioneta a un consultorio. No me dieron nada. Descanso, licencia y para la casa. Eso lo vivo a diario con mi mamá en el consultorio. Tiene problemas a la tiroide, dipirona. Le duele el cuello, dipirona. Puras dipironas.
Yo no me voy a quedar en la casa con mi discapacidad. No. Tengo que luchar aunque los pacos disparen. No me importa, no me voy a quedar en la casa. Prefiero morir luchando, que morir postrada en una cama.

