Una imagen no vale más que mil palabras

¿Morritos? ¿Meter barriga? “Mejor desde abajo que parezco más alta…” “¡Esta no, hazme otra!” “Píllame riendo así como que me están contando un chiste”, o “¿Mejor salgo serio e interesante?”.

De nuevo las redes sociales cambiando directa e indirectamente nuestro estilo de vida. Seguro que piensas más de una vez qué ponerte cuando te reúnes con amigos y sabes que van a caer algunas fotos. Además, seguro que también pasas unos minutos más retocando tu peinado o maquillaje al acordarte de aquella vez en la que ese amigo te grabó de imprevisto y lo subió a Instagram. Es un hecho que actuamos de forma diferente si hay una cámara delante. Proporcionar nuestro mejor perfil se ha vuelto algo realmente importante para la supervivencia. Sólo hay que teclear en Google “cómo salir mejor en las fotos” “aplicaciones para retocar fotos” o “efectos y filtros para fotos” para darnos cuenta de que nuestra apariencia en las redes sociales verdaderamente nos preocupa. Pero, ¿hasta qué punto?

Es preocupante la continua necesidad de grabarlo todo, dejarlo todo bien registrado en el perfil, dar siempre la talla, subir el mejor atardecer, los mejores crêpes con chocolate, la mejor reflexión del día, una canción inspiradora antes de dormir… Sin olvidar ese deseo irrefrenable por acercar nuestras vidas todo lo posible a la de esa persona que no sale ni un poquito mal en ninguna foto, con los mejores fondos, todo siempre perfecto, ¿cómo lo hará?

Esto ya fue visto de alguna forma hace algunos años. Según Appadurai (1991) el cambio social respecto a la idea de un mundo tradicional hecho de un conjunto relativamente finito de vidas posibles, y la actual desterritorialización de las personas y las imágenes, ha producido que cada vez más personas en todo el mundo vean sus propias vidas a través del prisma de las vidas posibles ofrecidas por los medios de comunicación en todas sus formas.

En el libro “La intimidad como espectáculo” de Paula Sibilia (2008) ya se hace una crítica a como las redes sociales nos destierran en mayor o menor medida de ese derecho tan personal y privado como es la intimidad. Así lo cuenta ella: “(…) no sorprende que los sujetos contemporáneos adapten los principales eventos de sus vidas a las exigencias de la cámara, sea de vídeo o de fotografía, aun si el aparato concreto no está presente. Incluso porque nunca se sabe si “usted está siendo filmado”. Así la espectacularización de la intimidad cotidiana se ha vuelto habitual, con todo un arsenal de técnicas de estilización de las experiencias vitales y la propia personalidad para “salir bien en la foto” .

Por último, me gustaría hacerte reflexionar sobre el lado no tan positivo de salir impecable en las fotos de tus RRSS. ¿Qué piensas de la frustración que pueden llegar a sentir las personas que consideran que “no salen siempre tan bien en las fotos”, o de comentarios como “si no grabo este viaje parece que no he viajado”?