Cuando se nos muere un libro

Hay libros que también matan lentamente lo que fuimos según los leemos. Tal es el caso de Bastián en La Historia Interminable. Fuente.

A Gudú, que al final lloró

Tarde o temprano los libros se nos mueren en las manos. Se nos mueren en un tren, en un banco en el parque, en nuestra cama pasada la medianoche, y no nos damos cuenta hasta que ya no hay vuelta de hoja.

Cuando un libro expira en nuestras manos nos quedamos aferrándolo cuan largo es. Por lo general no volvemos a abrirlo durante mucho tiempo, respetando el féretro que hemos sellado con nuestras temblorosas manos. Nos quedamos pensativos, bruscamente emocionados al comprender que el viaje ha terminado y que el próximo capítulo que leamos pertenecerá a un mundo muy distante, en otra época, con nuevas caras, tal vez.

«Las estanterías no paran de darnos un pésame que sabe a olvido precipitado, a rutina»

A veces esto nos provoca un vértigo difuso. Una suerte de silencio de domingos por venir, una pulsión de abandono que nos vuelve escurridizos en nuestro propio hogar. Las estanterías no paran de darnos un pésame que sabe a olvido precipitado, a rutina. Y aquellos libros que estaban por nacer, de los que alguien nos habló, que adquirimos o que alguien condujo hasta nosotros, tratan de hacernos pasar página. Son testarudos: nos van cercando. Se dejan ver en la mesilla de noche o se hacen los encontradizos en un bolso. Los más dramáticos son suicidas ocasionales que se precipitan al vacío y desparraman sus tripas de papel. A veces, por debilidad o por hábito lector, accedemos a una cita apresurada que terminan en la página diez. A veces lo contrario.

Para que no te arrastre la vida a veces es bueno parapetarse tras un muro de libros. Fuente.

Hay libros que cuando son jóvenes se engalanan con fragancias de abedul desconocido. Otros son olvidadizos y rara vez reanudan una historia donde se dejó. Los hay que te acompañan a ese viaje con escala en aeropuerto, celosos; y los que se cansan de ti y escapan por un agujero de la cazadora, indómitos. Algunos, incluso, nos suplican amor eterno. Son los mismos que al principio nos cortaban los dedos. Pero hay algo en lo que todos coinciden: si se les da vida, terminan muriendo.

«Todos sabemos que después de la dedicatoria, en algún momento, espera un epílogo»

La primera muerte de un libro no es necesariamente la más sentida. Cuando se forja ese vínculo donde se funden lector y lectura, todo puede pasar. En ocasiones un libro da la impresión de haber madurado en nuestra ausencia. También hay libros tímidos que se guardan cosas para el futuro. Una vez reemprendida la vida de nuevo, eso sí, ya no hay lugar para la ingenuidad: todos sabemos que después de la dedicatoria, en algún momento, espera un epílogo. Aunque ya no hay ese pesar que nos acongojaba al principio. En todo caso lo que aparece es un vacío provisional que, como la base de un reloj de arena, se sublima con el tiempo. A veces es un año, a veces son diez.

Muchas personas que resucitan sus libros lo hacen con una ritualidad aprendida desde el primer adiós. Hay gente que convierte sus bibliotecas en auténticas bodegas donde fermentan nuevos apetitos y rumorea un embriagante crujido de madera. Hay quienes construyen túmulos de tinta y les prenden fuego. En verdad, sobre libros y duelos no hay nada escrito.

Los libros forman pozos por los que conviene arrojarse de vez en cuando. Fuente.

No es extraño que los libros se vuelvan plomizos o se desgajen. Eso significa que se sienten en casa. Cuando un libro se vuelve mármol de almendra ya no es libro sino canción, se desliza por nuestra conciencia y se acurruca en la base del cerebro. Se ha convertido en vida y nosotros en receptáculo. Por eso las personas que leen son como panales repletos de historias, y por eso vivir a su lado alimenta.

«Cuando un libro se vuelve mármol de almendra ya no es libro sino canción […]»

Cuando ya no estamos, nuestros libros acuden a enterrarnos. No lloran, no ríen, no hablan de nosotros. Tampoco se dan el pésame entre sí, y no es cierto que por necesidad se sientan atados a nuestros descendientes, pues los libros usados se vuelven refunfuñones.

Cuando ya no estamos ellos, sencillamente, sienten cosquillas. Es así como nos recuerdan y en cierto modo como nos despiden. Porque así empezó todo, con una cosquilla, un suave roce en su lomo o su cubierta. Un fogonazo premonitorio de un bello cuento que estaba por ser narrado. Pero en este caso solo en una dirección, porque nosotros, a diferencia de los libros, solo sabemos morir una vez.

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Pablo Aguirre Herráinz es escritor nocturno y doctorando diurno. Actualmente centra su trabajo universitario en el estudio del difícil retorno desde el exilio republicano a España (años 1945–1985), a lo que se suman afanes muy profanos sobre temas de literatura histórica y actualidad obsoleta (guerras mundiales, etc.).

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