El Día-D y los que vinieron después

Fotograma de la película “Salvar al soldado Ryan”. Fuente.

El «Día-D», el «Desembarco de Normandía», la «Operación Overlord», «Omaha Beach». Todas estas son, a día de hoy, referencias históricas que nos redirigen al que posiblemente sea el día más recordado de la II Guerra Munidal, por encima incluso de otras fechas más significativas —el 22 de junio de 1941: invasión de la URSS— o relevantes —el 8 de mayo de 1945: rendición incondicional de Alemania— . Nada de esto importa, repetimos, pues es el 6 de junio de 1944 y un contingente angloamericano de 160.000 soldados desembarca en una línea de playa de unos 80 kilómetros de longitud, precedidos de una lluvia torrencial de 13.000 paracaidistas lanzados en las tinieblas del Día-D. «El día más largo» ha comenzado, y con él un mito en la cultura popular.

«Saving private Ryan» (1998) es la referencia cinematográfica más recurrente para hablar del Día-D, pero las tres horas de «The Longest Day» (1962) no se pueden pasar por alto, porque aunque no alcanzan la fuerza dramática de Spielberg (¡la película se rodó casi 40 años antes!) llegan mucho más allá a la hora de reconstruir la intrincada historicidad de aquel fatídico día de verano.

El clip que acabamos de reproducir es en buena parte responsable del carácter emblemático que ha adquirido esta acción militar en el recuerdo colectivo. Y es que «Salvar al soldado Ryan» tendrá un guión todo lo criticable que se quiera pero esos primeros diez o quince minutos de celuloide funcionan a las mil maravillas en cuanto a técnica y dramatismo se refiere. Muchos vimos la película de pequeños y nos quedamos varados en la playa durante todo el metraje, traumatizados y perforados por la ametralladora spielbergiana. Pero esta cinta, por sí sola, ni quiere ni puede ofrecer una perspectiva contextual suficiente para encuadrar el Día-D como lo que fue dentro del gran mosaico de inmolaciones humanas que compusieron el conflicto mundial: un grano de arena en una playa.

Una de las más célebres imágenes del Desembarco, atribuida al fotógrafo Robert Capa. Fuente.

No quiero extenderme mucho en cuestiones de manual o de dominio público, pero huelga recordar que el Desembarco anglo-americano fue, desde su concepción inicial allá por 1942, una posibilidad que los mandos aliados, y sobre todo británicos, pospusieron una y otra vez pese a las presiones del Kremlin. Presiones que, ante la angustiosa situación que vivía la URSS, conminaban a los aliados a abrir un nuevo frente de batalla en la Europa occidental. Al final, dicho frente se abrió muy lejos de las costas galas (la llamada operación Torch en el norte de África), y lo hizo precisamente en confrontación contra otra Francia muy distinta a la que nos imaginamos recibiendo a los americanos en Normandía. Era la Francia de Vichy, colaboradora del III Reich y en un primer momento beligerante en las plazas africanas contra los expedicionarios aliados.

«Era la URSS la que cargaba con el peso del combate en la profunda Europa, poniendo fuera de juego a lo largo del conflicto a unas tres cuartas partes del ejército alemán en un esfuerzo pírrico que borró generaciones enteras de la faz de la tierra»

Concluida la Guerra del Desierto durante todo el año 42 y buena parte del 43, los aliados se lanzaron sobre Italia mediante otro gran desembarco en Sicilia, isla que fue además objeto de colosales operaciones paracaidistas por parte de ambos bandos. Vemos así que antes de llegar a Normandía los aliados tomaron ciertos rodeos que les permitieron obtener experiencia, profesionalizar a sus tropas y —fundamental para Estados Unidos— centrarse en el que fuera su teatro bélico y enemigo predilecto: el Pacífico ocupado por Japón. Y mientras todo esto sucedía era la URSS la que cargaba con el peso del combate en la profunda Europa, poniendo fuera de juego a lo largo del conflicto a unas tres cuartas partes del ejército alemán en un esfuerzo pírrico que borró generaciones enteras de la faz de la tierra.

Mostrado en el artículo «Historia pervertida: los europeos creen que EE.UU. liberó al continente del nazismo». Fuente.

¿Por qué menciono esto? Pues porque el Día-D, y en general toda la producción cultural norteamericana sobre la guerra, que ha sido más rica y afortunada en difusión que su contrapartida soviético-rusa, nos ha hecho creer a día de hoy que fueron los angloamericanos y no las tropas comunistas las que «liberaron» Europa y derrotaron al fascismo. Dicho esto, tampoco creo que «liberar» sea, ni para unos ni para otros, el término más riguroso a utilizar. Por descontado que no es el más respetuoso con las víctimas colaterales que produjo lo que en esencia no fue más que un inacabable combate urbano salpicado de constantes escaramuzas en bosques, carreteras y tierras de cultivo.

A modo de ejemplo: la aviación inglesa (la Royal Air Force o RAF) fue mucho más letal que su homóloga alemana (Luftwaffe) con respecto a la población civil gala por la sencilla razón de que mientras que Francia sí se rindió tempranamente ante el invasor, no hicieron lo mismo las tropas ocupantes alemanas que, especialmente en la región de Calais, se servían de las infraestructuras y de la población francesa para apoyar su ofensiva aérea sobre Inglaterra. En consecuencia, los Lancaster británicos y luego los B-17 norteamericanos bombardearon repetidamente territorio francés, neutralizando en algunos casos objetivos militares prioritarios (aeródromos, fábricas, infraestructuras), y en otros blancos que cuesta disociar de la línea roja del crimen de guerra, como áreas rurales densamente pobladas, puertos y núcleos urbanos.

A los soldados norteamericanos que desembarcaban en Normandía se les habían enseñado algunas frases básicas para tratar con los franceses, civiles y militares (fundamentalmente resistentes), que pudieran encontrar durante los primeros días de la invasión. Todo giraba básicamente en torno al «Ne tirez pas!» («¡No dispare!») y a demandar precisiones sobre la ubicación de las tropas alemanas, sin olvidar algunos piropos y fórmulas de cortesía para dirigirse a la población femenina. La tropa americana estaba formada en su mayoría por chavales de veintipocos años venidos de la América profunda y escasamente entrenados, incorporados con precipitación en una maquinaria de guerra que a pesar de contar con una de las mayores reservas en recursos humanos y materiales del momento, se veía sobrepasada por las exigencias de un conflicto desparramado en cinco continentes.

«Los suboficiales yankees instruían a sus hombres sobre el racionamiento que sufría el país y los invitaban a abstenerse de realizar críticas sobre el mal sabor de los cigarrillos ingleses, pero eso era todo»

Para muchos el primer contacto con el continente europeo había sido el periodo pasado en las islas británicas junto a una población culturalmente afín que exhibía las cicatrices de la guerra con elegancia y discreción. Los suboficiales yankees instruían a sus hombres sobre el racionamiento que sufría el país y los invitaban a abstenerse de realizar críticas sobre el mal sabor de los cigarrillos ingleses, pero eso era todo. Hacía mucho tiempo que la guerra aérea entre Alemania e Inglaterra se había decantado a favor de esta última y en consecuencia no se veían ya muchos krauts (boches = alemanes) por las islas que no fueran prisioneros de guerra. Urgía por lo tanto preparar a la tropa para lo que aguardaba más allá del Canal de la Mancha: un complicado escenario bélico plagado de ciudades bombardeadas donde se confundían civiles agazapados junto a tiradores emboscados, aliados y enemigos mezclados por igual.

Soldados norteamericanos poco después del desembarco, en la cabeza de playa que representaba Carentan. Fuente.

El mando angloamericano no podía perder mucho tiempo en suelo francés, máxime cuando el invierno estaba a la vuelta de la esquina y los soviéticos habían lanzado su propia ofensiva (con trece veces más efectivos que el Desembarco aliado) para penetrar Polonia y asomarse al Vístula. La carrera hacia Berlín se perfilaba ya como un imperativo geoestratégico para la posguerra que estaba por llegar, pero eso no significaba que se pudiera forzar la marcha de cualquier manera.

Entrar en Francia no era como entrar en territorio alemán. Había que mostrar consideración hacia el gran aliado de la anterior guerra mundial y había que asegurarse de que una fuerza de color político afín se consolidara en París dentro del esperpento de agrupaciones militares y partidos que pululaban por el bocage francés, con bastantes oportunistas y no pocos ajustes de cuentas que perfilaban ya el escarnio que supuso la Libération para sectores conceptualizados como colaboracionistas o traidores (entre ellos, 20.000 mujeres que fueron rapadas mientras los principales gerifaltes nazis y sus cómplices franceses se escabullían por las fronteras pirenaicas hacia la España de Franco).

Comparativamente las mujeres fueron el objetivo prioritario de la depuración que siguió a la entrada de los aliados en Francia. Las mujeres rapadas eran acusadas de «colaboración horizontal» con el invasor (la connotación sexual es clara), puesto que su cuerpo, antes que sus acciones —como en el caso de los hombres— , era propiedad de la Nación. De este modo una Francia virilmente humillada (por haber perdido de un modo tan bochornoso ante Alemania) demostró a la mujer quién llevaba los pantalones puestos en los días por venir. Terminada esta labor, se concedió el voto a la población femenina. Fuente fotográfica.

La colaboración con la población francesa implicada en la resistencia antigermana había sido un puntal de apoyo para los aviadores aliados derribados en suelo enemigo, y durante los primeros instantes del Desembarco se convirtió en un elemento de apoyo logístico y actualizada inteligencia militar. Algunos patriotas franceses alojaron a los paracaidistas norteamericanos que cayeron lejos de sus objetivos o que terminaron alejados de sus unidades con muy poco que llevarse a la boca y con pocas posibilidades de orientarse en territorio hostil.

«Comenzaban a entrever que la Segunda Guerra Mundial era también una Guerra Civil europea de proporciones inimaginables»

También es cierto que junto a las tropas alemanas seguían luchando pequeños destacamentos paramilitares de fascistas franceses (la temible Milice de Darnand), pronto barridos por los muchos más numerosos contingentes de «franceses libres». Muchos de estos resistentes procedían del exterior, donde habían luchado a lo largo y ancho del continente europeo antes de desembarcar de nuevo en su propio país, trayectoria compartida con miles de guerrilleros españoles, antiguos combatientes de la guerra del 36 y refugiados en Francia en el 39, que de igual modo participaron en la «liberación» de buena parte del mediodía francés (para confusión de esos soldados norteamericanos más arriba aludidos que comenzaban a entrever que la Segunda Guerra Mundial era también una Guerra Civil europea de proporciones inimaginables).

Foto de un supuesto maquis español junto a un mando aliado. Fuente.

En conclusión, el Día-D no ha de perder vistosidad por análisis como este, pues al fin y al cabo tanto el recuerdo del pasado como su dramatización posterior responden a intrincados factores no necesariamente históricos. Conviene, eso sí, hablar de vez en cuando sobre la complejidad que subyace a todo proceso de ficcionalización cultural, porque sino corremos el riesgo de acabar sustituyendo lo que creemos saber sobre los acontecimientos pasados con aquello que hemos «consumido» sobre ellos en un clima que no es —ni debe ser— academicista. Dicho esto, el desembarco de Normandía recrudeció una etapa ya de por sí turbulenta en la historia de Francia, que luego se rodeó de eufemismos y relatos legitimadores del nuevo poder establecido. Un poder (la V República francesa de de Gaulle) victorioso sobre sus competidores y detractores, y levantado sobre un poso previo de daños colaterales, purgas y controvertidas acciones militares que son, nos guste o no, el material genético que compone cualquier guerra moderna.

Terminado este repaso contextual sobre la situación que rodeó al Desembarco de Normandía recomiendo, para aquellos más interesados en conocer los entresijos de la operación o algunas de sus anécdotas más absurdas o dramáticas (como la historia del 507º regimiento de paracaidistas que por haber aterrizado en territorio pantanoso sufrió numerosos ahogamientos) la lectura de artículos que llevan ya tiempo pululando por la red, pero que no han perdido pese a ello actualidad o interés, como este «Preparativos para el Día D», un texto del ABC sobre las anécdotas del desembarco de Normandía, un artículo sobre cómo iban equipados los paracaidistas que participaron en la operación y el conocido «6 mitos sobre el desembarco de Normandía».

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Pablo Aguirre Herráinz es escritor nocturno y doctorando diurno. Actualmente centra su trabajo universitario en el estudio del difícil retorno desde el exilio republicano a España (años 1945–1985), a lo que se suman afanes muy profanos sobre temas de literatura histórica y actualidad obsoleta (guerras mundiales, etc.).

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