La historia de Rifián

Una breve pero entretenida anécdota de infortunio pero aprendizaje profundo

Las Manos de la Protesta, Oswaldo Guayasamín (1968)

Hay que decirlo con total franqueza: nos cuesta mucho trabajo aceptar nuestros errores. Nos cuesta aceptar nuestra responsabilidad y es mucho más fácil echarle la culpa a las circunstancias, a los demás, a nuestros padres, a la vida y a Dios si fuera necesario. Muchas veces crearemos historias convincentes y magníficamente desarrolladas en donde nosotros somos las víctimas inocentes de un mundo amargo y cruel.

Hace unos meses tuve la oportunidad de vivir con una persona que estaba convencida de que todas sus desgracias eran producto de afuera y nunca de adentro. Con él aprendí muchas cosas y por eso quiero contarles esta historia.

Cuando todos tienen la culpa de todas tus desgracias excepto tú

Me encontraba de viaje por el Sur y en una de mis paradas conocí a Rifián. Desde el principio entablamos buena amistad y tuvimos esa mutua simpatía de viajeros que se encuentran al azar. En los pocos días que estuve de paso por el pueblo hablamos mucho, bebimos café como desesperados y nos enfrascamos en discusiones acerca de cientos de ideas y proyectos que teníamos en mente. Decidimos no perder contacto y cuando volví a mi ciudad mantuvimos algunas conversaciones esporádicas por Internet.

Pasaron un par de años y me escribió diciéndome que estaba pasando por muchas dificultades y que prácticamente se estaba muriendo de hambre. Mi corazón tomó una decisión sin consultar a mi cabeza y le dije: «No te preocupes, vente para acá y vemos qué hacer». Le pagué su boleto de avión y le abrí las puertas de mi casa, con la idea que se viniera a trabajar conmigo e hiciéramos algo de plata con alguno de los muchos proyectos que habíamos conversado.

Al mes de estar viviendo juntos ya sabía que había sido una pésima idea; todos los esfuerzos que hicimos para trabajar juntos fueron infructuosos. Éramos muy diferentes y no teníamos ni los mismos valores ni la misma manera de ver el mundo ni los negocios. Poco a poco nos fuimos distanciando y frustrando mutuamente.

De esta experiencia aprendí varias cosas. Si nos vamos al origen, todo esto comenzó con una idea supuestamente noble: ayudar a alguien. Esa idea parecía buena y no tenía nada de malo, hasta que vinieron los problemas. Sin embargo, aprendí una lección valiosa. Hay un proverbio chino que dice: «Ayudar es necesario pero tienes que saber hacia donde va la ayuda y para qué propósito está siendo utilizada». Imagina, por ejemplo, que das dinero a alguien porque te compadeces y esta persona ocupa el dinero para comprar armas para matar. ¿De quién es la culpa? Tuya.

Entonces, el ayudar a los demás no es un tema de dar dinero y sentirte bueno, sino que se trata de una responsabilidad y requiere de un compromiso consciente. En este caso quise ayudar a alguien pero se me pasó completamente por alto conocer a la persona que quería ayudar y ser consciente y responsable de esa ayuda que estaba por dar. Tampoco me detuve a pensar si esa era realmente la mejor solución. Entonces le abrí las puertas de mi casa a un hombre deprimido, frustrado y encabronado con el mundo, con el que no podía trabajar y que además tenía la extraordinaria cualidad de siempre encontrar la manera de quitarme la paz.

Me habló de sus últimas experiencias y todo parecía telenovela: «Me fui a vivir a X lugar con una familia que me explotaba y me obligaban a trabajar, era muy infeliz, luego me fui a vivir a X sitio y la señora que me rentaba era un ogro que me hacía puras cosas malas…» El hombre sólo tenía quejas de su pasado, quejas de su familia, quejas de todos los lugares donde había vivido, quejas de las personas con las que había trabajado y por si no fuera suficiente una avalancha de quejas acerca de la situación actual del mundo (dicho sea de más, no tenía intención de contribuir con ninguna solución). Y dentro de toda esa montaña de quejas había implícita una idea que nunca acabé de entender (y que me inspiró a escribir este texto): «Todos tienen la culpa de todas mis desgracias, menos yo».

Este quizá sea un caso extremo, pero él de verdad creía que todos los problemas, dificultades y fracasos de su vida estaban afuera; y que él era simplemente una víctima de todas estas malas personas. Ahora yo también estoy incluido en su lista de malas personas.

De las malas experiencias se aprende, y si uno tiene la actitud correcta, esa mala experiencia puede resultar en algo maravilloso. Para mí, conocerlo me ayudó a ser más consciente de que nuestra felicidad, mediocridad, tristeza o plenitud depende de nosotros y es muy importante tener esta conciencia como primer paso para resolver nuestros rollos. Que a pesar de que intentó sembrar odio en mi corazón, lo único que logró fue que me acercara más a mi familia y a mis amigos. Y en este proceso comprendí que hay que amar las dificultades, aceptar nuestros errores; que no siempre la culpa la tienen los demás, sino que uno también es responsable de muchas de las situaciones en las que nos ponemos. Y si nos equivocamos, más allá de quejarnos, es nuestro deber levantarnos llenos de coraje y determinación para seguir en el camino y en la búsqueda que hay para cada uno de nosotros en esta vida que nos tocó vivir.

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Mas’ud Arroyo es productor audiovisual, narrador, viajero y presidente de la Asociación SUBUD en México.

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