La revolución que falta

En noviembre de este año se celebran las elecciones generales en Estados Unidos, pero eso ya no importa. Dejó de importar hace casi cuatro años, el 27 de agosto de 2012 en el congreso republicano de Tampa, Florida. Fue allí donde murió, tras varios meses de agonía, la candidatura de Ron Paul y, con ella, la última esperanza de libertad.

¿Quién es este Ron Paul? Empecemos respondiendo quién no era. No era un republicano más; no era un cowboy a sueldo de las petroleras, las tabacaleras y las empresas armamentísticas. Tampoco era un xenófobo o un fanático religioso. Para el lector que haya reconocido su nombre sobran las presentaciones. Para el que no, acaso cuando termine de leer este artículo y mire de nuevo a los candidatos republicanos y demócratas de hoy, pasará la mirada de Trump a Pablo Iglesias y de Rajoy a Clinton y le ocurrirá como con los animales de «Rebelión en la Granja»: que será incapaz de distinguirlos.

Existe un decálogo sobre Ron Paul que versa así:

  • Ron Paul nunca ha votado a favor de subir los impuestos.
  • Ron Paul nunca ha votado a favor de un presupuesto desequilibrado.
  • Ron Paul nunca ha votado por la restricción federal de la posesión de armas.
  • Ron Paul nunca ha votado por aumentar el salario de los congresistas.
  • Ron Paul nunca ha realizado viajes pagados por el gobierno.
  • Ron Paul nunca ha votado por aumentar el poder del ejecutivo.
  • Ron Paul votó contra la ley patriótica.
  • Ron Paul votó contra la regulación de Internet.
  • Ron Paul votó contra la guerra de Irak.
  • Ron Paul no participa del lucrativo programa de pensiones para congresistas.

Estamos hablando del hombre por el que se acuñó la expresión blue republican, para referirse a los votantes demócratas que se inscribieron como republicanos para votar a favor de Paul en las primarias de dicho partido.

Lo que distingue a Paul de otros candidatos — tanto republicanos como demócratas — es su adhesión sin fisuras al liberalismo. En oposición a los populistas como Trump o Sanders, Paul no ofrece una «solución milagrosa» para los necesitados, esa vieja artimaña electoral de prometer robar al rico para dar al pobre que todos los candidatos exhiben sin vergüenza alguna.

La loca idea de que para obtener lo que quieres no puedes quitárselo a otros

Dedicamos mucho esfuerzo como sociedad a enseñar a los niños los principios elementales de respeto que forjan una sociedad. Hablamos de intuiciones tan básicas como que si lo que quieres lo tiene otro, no es aceptable quitárselo; o que no podemos imponer nuestra forma de hacer las cosas a los demás. Lamentablemente cuando pasamos del patio de recreo a la sociedad adulta olvidamos esos principios y, entonces, comenzamos a hablar de política, y de quién debe pagar más impuestos y qué cosas no podemos permitir a otros hacer.

El liberalismo está ahí, precisamente, para poner en cuestión cualquier tipo de imposición de unas personas sobre otras.

El liberalismo entiende la sociedad en su dimensión temporal, algo inaprensible para otras formas de ver el mundo. Pongamos un ejemplo al azar. Digamos que el populista de turno plantea establecer un salario básico de ciudadanía. Así, para empezar, se eliminará la pobreza de un solo golpe y la gente podrá trabajar en lo que más llene su alma sin preocuparse de que llene también su bolsillo (o su nevera); eso, o seguir formándose por el mero placer de saber más. De hecho es una idea bellísima (como aquella del comunismo) y, si pudiera hacerse, sería para mirar atrás, años después de aplicarla, y darnos una torta en la frente pensando «¡pero cómo no se nos ocurrió antes!». Abrumadoramente simple.

Esa es la contradicción: si todos trabajan en lo que más les gusta, no podrán comprar lo que más deseen porque la sociedad no lo habrá producido

Y abrumadoramente ingenuo. Porque si bien todos queremos trabajos que satisfagan nuestra alma, lamentablemente hay muchas menos personas a las que limpiar las aceras satisfaga su alma de lo que necesitamos para que las aceras estén limpias. Ídem para colocar ladrillos, o producir esos libros, videojuegos, programas de televisión, comida y tráfico de datos de Internet que son precisamente las cosas que pensábamos comprar con ese salario básico de ciudadanía. Esa es la contradicción: si todos trabajan en lo que más les gusta, no podrán comprar lo que más deseen porque la sociedad — compuesta por gente que a su vez estará trabajando en lo que ella quiera y no lo que quieran los demás — no lo habrá producido.

El liberalismo se aleja del populismo. ¿Para qué nos vamos a engañar?, no vende las soluciones que muchos quieren. Pensar que la solución a la pobreza es dar dinero a los pobres es el equivalente político a dar chucherías a un niño cada vez que llora. Por principio siempre deberíamos dudar de quien vende duros a cuatro pesetas, o de quien promete acabar con nuestros problemas por el procedimiento de hacer que otro suelte dinero. Normalmente ese otro acabamos siendo nosotros pero, aunque no fuera así, ¿qué hay de bueno en obligar a otros a pagar nuestros servicios? ¿Se puede llamar a eso dignidad, como pretenden?

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Otro de esos asuntos en los que la solución trivial es errónea consiste en el problema de la educación, que se agiganta cuando se mezcla con la realidad racial de un país obsesionado por no obsesionarse con la raza. En Estados Unidos era un hecho que los alumnos negros tenían un mayor índice de fracaso en colegios e institutos que los de otras razas, de modo que a alguien se le ocurrió la brillante idea de bajarles el baremo a ellos y sólo a ellos (y seguramente lo llamó igualdad, no lo dudemos). El resultado es que el mayor fracaso escolar de los negros ha pasado a un estrepitoso fracaso en la Universidad.

El daño está hecho, y lo más cruel es que los más perjudicados por todas estas políticas biempensantes son precisamente aquellos a los que pretenden ayudar. Como pasa también con el salario mínimo. Al fin y al cabo subir el salario mínimo — como dice Sanders, a $15 la hora — es como subir la nota mínima exigida para aprobar el colegio. Es odiar a los pobres y, como los odias, no quieres que trabajen para que así tengan que morirse de hambre. Es todavía más maquiavélico, porque al no poder trabajar pasarán a vivir de la caridad pública y a engrosar la lista de clientes políticos del salvapatrias de turno. La vida en sociedad es demasiado compleja como para esperar que los problemas tengan soluciones triviales.

Soluciones fantásticas contra la tozuda realidad

Pero este sistema no se limita a la economía. La libertad se entiende de forma plena o no se entiende. Los liberales, por ejemplo, tienen posiciones muy favorables a la legalización de las drogas. La prohibición del tráfico de drogas es otro ejemplo de cómo ante el problema social de la drogadicción, la solución más simple — prohibirla y perseguir a los traficantes — peca de ingenua y, peor aún, de dañina. Se asemeja a la violencia asociada al alcohol durante la mojigata ley seca, y no deja de sorprender que dicha ley fuera apoyada por senadores corruptos y afines las mafias, verdaderas beneficiarias de una situación en la que la fuerza, y no la calidad del producto, otorgaba la supremacía en el mercado.

Al contrario que Bush y Obama, dos amantes de la violencia que llevaron a su país de guerra en guerra (de nuevo, atajando el problema del terrorismo del modo directo, fácil y erróneo), Ron Paul sigue la famosa cita de Thomas Jefferson: «los Estados Unidos deberían comerciar en paz con otras naciones y no aliarse con ninguna», porque una alianza obliga a la defensa del aliado en conflictos donde acaso se haya metido solito. Paul fue el candidato republicano más votado por los militares americanos. Sin embargo, mucha gente no entendió o no quiso entender este alegato de cordura y sentido común de Jefferson, y tildaron a Paul con el poco amable calificativo de «aislacionista», incluso en la propia prensa española, que, digo yo, es como llamar retraído a un niño porque en el colegio no pega a sus compañeros.

Ron Paul nunca hubiera ganado en España o, ya puestos, en ningún país de nuestra socialburócrata Unión Europea. Hay demasiadas diferencias con Estados Unidos. Allí el edificio más importante de cada pueblo son los juzgados, como representación del poder judicial y del derecho; aquí, el ayuntamiento, el poder omnipresente del Estado. Ese país fue fundado por grandes liberales como Jefferson y hasta principios de siglo XX se mantuvo alejado de la tentación de agigantar el poder central. En Europa llevamos miles de años adorando tronos y emperadores; estamos hechos a ello y hasta nos gusta (lo que no significa que sea bueno para nosotros). Por esas diferencias, cabía la esperanza de que Paul se hiciera con la victoria.

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En 2012 el partido republicano tuvo la oportunidad de elegir a un defensor de la libertad y de la honradez para abanderar su causa contra un Obama que no estaba en su mejor forma. Entre las encuestas que se producen por millones en tiempo electoral, las había que daba empate técnico para unas hipotéticas elecciones entre Obama y Paul lo que, sumado al aumento del conocimiento público que habría obtenido Paul de ganar la batalla contra Romney, hacen pensar que el mundo estuvo a punto de cambiar en 2012.

Pero las ideas honestas y realistas que reconocen que hace falta esforzarse para lograr lo que queremos no son populares, y Paul, tras una brillante campaña vergonzosamente velada por los medios americanos, no pudo ser elegido. Fue el fin de una era. Nadie más se aferra ni se aferrará a la libertad y a los buenos principios como el viejo doctor que, a sus 80 años, no le queda más que retirarse del campo de batalla y dejar que las Hilary y los Trump prometan lo que no puede ser por un lado mientras espían los correos por el otro. O, como quiere Sanders, impongan un salario mínimo de $15 la hora. Esto último, solución maravillosa y meridiana a la pobreza, se puede reformular como que exigirá producir al menos $15 la hora para poder tener un trabajo.

De nuevo: las soluciones maravillosas no existen. Lo único honrado es producir antes de consumir, y producir para otros si quieres consumir lo que otros producen. Sin atajos ni trucos de magia.

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Carlos Vázquez finalizó recientemente su doctorado en Informática y actualmente busca continuar su carrera académica. Escribe en el Libro de a Bordo desde hace más de diez años.

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