No negociamos con terroristas…

Terrorismo… Y todo lo demás. Fuente.

El cine occidental más popular (al que nos referimos por defecto como «americanada»), nos enseña dos cosas sobre nosotros mismos. A saber, que «no negociamos con terroristas», y que tenemos un «no sé qué» como cultura y como civilización que nos hace ser líderes, si no por naturaleza, sí por costumbre y por inercia. ¡Occidente! Suena tan bien que mata (además, literalmente: viene del latín occidum —matar—, en alusión a que el sol se pone —muere— por el oeste), de hecho, suena tan bien que merecería la pena morir por ello, ¿o no?

Si esto fuese un largometraje, en el minuto cincuenta nos estaríamos haciendo esta misma pregunta. A la hora y media-dos horas la dichosa pregunta habría quedado enterrada junto al villano de turno (bajo la correspondiente cortina de fuego aliado) y estaríamos de vuelta en casa «occidentaldeando» un poco antes de acostarnos. Pero la vida real como filme es anticlimática y resulta que en verdad nos estamos yendo a dormir con más problemas y villanos «activos» de los que podemos soportar.

«[…] lo cierto es que hemos empezado a estar bastante asqueados de tanta amenaza irresuelta»

Desde imágenes oraculares de torres envueltas en llamas hasta los asalta-casas «del este» que cruzan nuestro césped, sin olvidar las pandemias africanas que se descontrolan cada siete telediarios o este género peliculero que ya cansa tanto —la crisis económica convertida en un reality show de 24 horas—, lo cierto es que hemos empezado a estar bastante asqueados de tanta amenaza irresuelta. Y justo entonces llegó el Daesh y su «terrorismo islámico», un panorama donde se mezclan ficción y realidad (el elenco de malvados fanáticos del cine convertido en un «mundo al revés», donde se moldea nuestra realidad en base a la cultura popular y no a la inversa), el mismo en el que estamos a punto de perder definitivamente los pocos papeles que conservábamos como sociedad juiciosa.

El 11-S fue sin duda la fecha fundacional del siglo XXI en materia de alerta terrorista, aunque el problema viene de mucho más atrás. Fuente.

Occidente, parece innegable, se adelantó en algún momento al resto del planeta, al menos en lo que a capacidad técnica y desarrollo tecnológico se refiere, sin olvidar, pues va de la mano, potencia militar y económica. Nuestra supremacía intelectual, cultural o artística ya es más discutible, aunque es cierto que en términos hegemónicos hemos marcado tendencia —al menos esa es nuestra autopercepción—, y sin embargo, nada de lo anterior rivaliza con nuestro legado más preciado: nuestros valores eternos. ¿Cuáles son? Resulta difícil precisarlo, puesto que a menudo aludimos a ellos en abstracto, aunque analizando discursos diríamos que a la vanguardia se sitúa un genérico «libertad», seguido de una «tolerancia» no muy viajera y bastante amor propio (¿pero eso también es un valor?, sí, en la medida en la que hemos convertido nuestra tradición en patrimonio moral de lo «civilizado»).

Por supuesto, bullen en nuestro interior indigestiones de esclavismo y maltrato, así como gases de genocidio y limpieza étnica, sin olvidar un importante clasismo y machismo todavía operantes, pocos escrúpulos ecológicos, un completo especismo y mucha —muchísima— indulgencia en lo que se refiere a nuestras responsabilidades históricas recientes. Pero, qué decir que no haya dicho ya la Historia a este respecto: aquello ya fue, está superado, y lo que continúa, pues «estamos trabajando en ello» y si no te gusta te vas a vivir a alguno de esos lugares de miseria o criminalidad que tan bien nos vienen a la hora de establecer comparaciones exculpatorias.

—¿Cómo? ¿Que tenemos nuestra parte de culpa, por acción u omisión, en que algunos de esos países sean tan cochambrosos? Te equivocas, porque si nosotros pudimos llegar a ser lo que somos, no veo por qué ellos no podrían…
— Esto… nosotros no tuvimos que desenvolvernos bajo el mandato de un poder superior.
— Excusas. Si nosostros pudimos, ellos pueden…
— ¿Eres consciente de que nosotros pudimos en buena parte a su costa, no?
— Ya estamos con el victimismo.

Nuestro mundo prevalece y prevalece con lo mejor de sí mismo, porque como tenemos autoridad en todos los ámbitos, elegimos a la carta el pasado que más nos interesa y lo envolvemos en ese impreciso «valores occidentales». Importa poco si nuestra política de todos los días refuerza o no esa elección, y esto es quizá lo más relevante, pues ciertamente sí que tenemos en nuestro haber bastantes méritos y valores (derechos civiles, libertades democráticas, avances sociales), pero no son precisamente los que están guiando nuestros pasos en el tablero global.

[…] como tenemos autoridad en todos los ámbitos, elegimos a la carta lo mejor de nuestro pasado y lo envolvemos en ese impreciso “valores”

Por supuesto, las demás civilizaciones también han desarrollado culturas notables. Los occidentales somos magnánimos y reconocemos que hay otras filosofías y corrientes de pensamiento valiosas, y por eso nos leemos de vez en cuando algún libro exótico sobre los viejos legados culturales de algún lejano paraje, hoy convertido en destino turístico donde sacar fotos y decir aquello de: «yo aquí no viviría ni loco, aunque hay que reconocer que es precioso». Porque si hay algo que los occidentales valoramos por encima de todo es la seguridad. O bueno, la seguridad y nuestros valores superiores, que forman un todo a veces indisoluble del que se aprovecha el terrorismo para golpearnos una vez y dejar que la psicosis produzca, reverberados, mil impactos más. Pero volvamos al tema de los valores, porque tiene mucha miga y explica por qué somos en buena medida incapaces de defendernos de la amenaza terrorista, y por qué, quizá sin saberlo, negociamos con ella.

En el extranjero nuestros valores suenan más a explosiones de fósforo que a bellos discursos. Fuente.

En el plano emotivo y simbólico no creo que haya otra dimensión propia que Occidente estime más que sus cacareados (y valga la redundancia) «valores occidentales». Haciendo un poco la transposición, por otro lado nada descabellada, entre el discurso heteropatriarcal y el supremacismo moral al que venimos de hacer referencia, es como si atribuyésemos a nuestros valores una suerte de aura virginal que debe preservarse hasta un eventual matrimonio. Matrimonio que en este contexto aludiría a una especie de verdadero compromiso, en igualdad, entre nosotros y los demás.

Poco importa que esa virginidad no sea tal (hemos perdido la cuenta de cuántas veces se ha derrumbado nuestra pretendida «altura moral»), o que ese matrimonio se retrase sine die. Nuestros valores, grandes continentes sin contenido, nos mantienen lejos del alcance de cualquiera y forman un patrimonio simbólico al que mimamos muchísimo. ¿Por qué? Porque somos conscientes de que conformará nuestra principal fortuna conforme se vaya evaporando nuestra preponderancia mundial en otros ámbitos.

El terrorismo se aprovecha de todo esto, y muchos de nuestros representantes electos (y por ende partidos políticos), también. Como bien explica Ignacio Ramonet, los primeros nos atacan de manera indiscriminada porque cuentan con que nuestra reacción será, pese a lo que rezan nuestros valores, brutal e instintiva. De ese modo se crearán unas condiciones idóneas para que el fanatismo capte nuevos adeptos dentro de nuestras propias fronteras:

Esta nueva forma de terror total se manifiesta como una suerte de castigo o de represalia contra un «comportamiento general», sin mayor precisión, de los países occidentales.

Ante este castigo global, inmisericorde e impredecible, los occidentales reaccionamos tal vez peor que nadie. En primer lugar porque no estamos acostumbrados a sentirnos impotentes ante nada , y aquí huelga aclarar que por ser impotentes no entendemos permanecer inactivos, porque parece que ambas cosas se confunden (en ello tiene que ver el discurso neoliberal, que para no crear impotentes que se rebelan definió a los pobres como inactivos que tienen lo que se merecen).

Cuando se ha recordado que otros lugares (muchos de ellos musulmanes) sufren día sí día también atentados terroristas, hay quien no puede soportarlo y masculla: «¡pero ahora toca llorar estos muertos!» (¡Ja!, como si alguna vez hubiera lágrimas para los otros). Incluso he llegado a leer por ahí ante estos recordatorios que «no tenemos por qué sufrir atentados terroristas». Claro que no. Nadie tiene por qué sufrirlos, pero tampoco el hambre, la enfermedad o la guerra, y ahí siguen y seguirán. Por otra parte, lamentarnos de la desgracia solo cuando golpea nuestro techo habla muy bien de nuestra falta de empatía hacia los demás, así como de nuestro narcisismo hedonista al considerarnos una vez más el centro de todo, ya sea bueno o malo.

«[…] nuestros valores se han vuelto obligaciones vacías para nosotros — en este sentido son como medallitas que ganaron nuestros antepasados y que nosotros sencillamente paseamos por ahí»

De nuevo, son nuestros supuestos valores los que nos hacen reaccionar de manera ineficiente. No sabemos prevenir un problema que se conoce bien (la radicalización terrorista en nuestras calles, la colaboración internacional con el Daesh) porque nuestros valores se han vuelto obligaciones vacías para nosotros —en este sentido son como medallitas que ganaron nuestros antepasados y que nosotros sencillamente paseamos por ahí—, y además no entendemos que la injusticia nos golpee en un mundo plagado de infortunios.

No entendemos que por una vez nos toque el lado amargo de un pastel al que hemos envenenado con muchas de nuestras políticas globales y prácticas económicas. Es entonces cuando nos refugiamos en nuestra «política peliculera», digna de Hollywood (y cada vez más de la Asamblea Nacional francesa): bombardeos, intervenciones armadas, y un largo etcétera de excesos legales contra ciudadanos europeos o extraeuropeos. Somos directores muy cabreados de una película que pretendemos solucionar con un guión mínimo y muchas tortas. Como escribe en El Diario Leila Nachawati:

«Golpearemos más fuerte», repiten representantes políticos de distintos países tras cada atentado, ya sea obra de combatientes de Daesh o de eso que se ha dado en llamar «lobos solitarios». ¿Pero golpear dónde? ¿A quién?

La verdad, me parece a mí, es que somos débiles. Sombras de nuestros propios valores. Personas que no tienen en el fondo nada por lo que morir (una perspectiva que, sin agradarme, no deja de ser cierta), pero que son capaces de llevar a la muerte o al destierro a los demás, en una suerte de terrorismo blanco que se alimenta además de cualquier crítica que se le dirija.

Las matizaciones que pudieran invitarnos a ser más críticos se usan como munición de un mal interpretado «realismo» (sobre los falsos realistas ya hablamos en un viejo artículo), o directamente son utilizadas por la extrema derecha europea como arma arrojadiza: quienes ofrecen matices son seres no resolutivos incapaces de enfocar el problema verdadero, que es (¡sorpresa!), la multiculturalidad que ataca a nuestros valores y el buenrollismo progre: es decir, una especie de canto de sirena al dominio imperial pretérito, donde nadie nos tocaba un pelo porque lo hacíamos añicos y a otra cosa.

Nuestros valiosos aliados en la lucha antiterrorista son aún más eficaces en la lucha proterrorista. Fuente.

Tal vez es el momento de hacer asunciones sólidas e incómodas. Tal vez es el momento de deconstruir nuestros brillantes valores y ver qué hay en verdad bajo la carcasa (si es que hay algo). Porque, para empezar, ¿cómo podemos decir que Europa, o un país dado —España, por ejemplo — , defiende tal o cual principio, sincera y esencialmente? Somos millones de europeos (y españoles), y no todos pensamos igual ni gastaríamos el dinero en lo mismo. De modo que los únicos planteamientos éticos a los que podemos hacer referencia son a los que quedan reflejados en tratados internacionales tangibles, y en este sentido Europa ha cavado su tumba moral al haber renegado de sus propios valores con respecto a la llamada «crisis de los refugiados» (a los que, cual Judas con traje y corbata, vendimos a una Turquía que ya vemos cómo se las gasta en materia de derechos humanos).

«[…] un discursos de falso centro político que conceptualiza como «extremos que se tocan» posiciones que defienden derechos democráticos frente a posiciones que los suprimen»

Recordemos también que la xenofobia y el militarismo han formado parte de nuestros valores pasados. Europa ha tenido muchos y no precisamente armónicos entre sí. Que hemos atravesado más de una guerra civil por cuestión de valores enfrentados y que tras varios millones de muertos, acordamos un marco común de convivencia bajo la bandera del antifascismo, bandera hoy tildada de «extremista» desde un discursos de falso centro político que conceptualiza como «extremos que se tocan» posiciones que defienden derechos democráticos frente a posiciones que los suprimen. En este sentido la extrema derecha está jugando con el miedo que produce cualquier amenaza para renegociar una Europa más cerrada sobre sí misma y más autoritaria, en la que confluyen tanto xenofobia estructural como un sordo lamento popular antiglobalizador. Lamento que la derecha está capitalizando mejor que la izquierda mediante el ofrecimiento de una falsa sensación de seguridad basada en la vieja táctica del chivo expiatorio.

Porque esa es otra, la seguridad. Aquí toca mirar al terrorismo a los ojos y tragar saliva. Reconocer que el terrorismo, en realidad, y si nos ponemos a ello, no nos hace tanto daño. No si lo combatimos efectivamente, si tomamos las medidas policiales y legales que observan nuestros marcos jurídicos (que como hemos dicho son marcos consensuados tras luchas políticas y no regalos del cielo), si atajamos el problema cuando aún es raíz y no espino (¿a quién vendemos armas?, ¿a qué gobernantes sostenemos?); y si aceptamos, en última instancia, que nuestra libertad y nuestros valores nos exigen el sacrificio de soportar cierta impotencia a cambio de ser, ahora sí, consecuentes con nuestros principios. Así comenzaríamos a tener algo asemejable a «valores tangibles», esto es, en efectiva aplicación.

Pero repito que hay exigencias. Por un lado, la de tender la mano al refugiado lo mismo que al musulmán que aún no ha violado ninguna ley (que estadísticamente jamás violará, además); y también, y esto resulta duro pero necesario, comprender que si un camión puntual nos atropella en Niza no había mucho que pudiésemos hacer para remediarlo. No realmente, a menos que queramos que nuestras fuerzas del orden disparen a discreción contra camioneros «sospechosos» y así canjear 84 personas que murieron mientras disfrutaban de la vida en libertad por cientos de conductores tiroteados en un país atacado por el miedo y la histeria donde la gente no sale de casa.

No negociar con terroristas (ni con quienes se benefician del producto de su terror) es aceptar vivir con templanza y coraje los retos del mundo actual. Eso sí serían valores de verdad, y no la disparatada indolencia de quienes pretenden que seamos superiores sin mover un solo dedo para merecerlo.

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Pablo Aguirre Herráinz es escritor nocturno y doctorando diurno. Actualmente centra su trabajo universitario en el estudio del difícil retorno desde el exilio republicano a España (años 1945–1985), a lo que se suman afanes muy profanos sobre temas de literatura histórica y actualidad obsoleta (guerras mundiales, etc.).

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