¿Pero es que nadie va a pensar en los niños?
Así empieza el libro del historiador francés Michel Pastoureau: «Una historia simbólica de la Edad Media occidental», y de un modo similar, aunque mucho más deshonesto, se desarrolló este esperpento de los titiriteros de Carmena y la pancarta de «Gora Alka-ETA». Lo repasamos antes que nada para que nosotros — los cerdos dentro del ejemplo dado— recordemos bien la secuencia de despropósitos que llenan ahora nuestra actualidad mediática, siempre tan implicada en cuestiones de altura.

El pasado viernes 5 de febrero — viernes de Carnaval — el Ayuntamiento de Madrid tiene contratada a una compañía teatral, la compañía Títeres desde Abajo, con el encargo de ejecutar en la plaza del Canal de Isabel II una representación dramática titulada «La Bruja y Don Cristóbal», función, por cierto, que se había anunciado en la web del ayuntamiento como «recomendada para niños» (véase la captura más abajo). El problema era que la función no trataba sobre los típicos guiñoles de siempre, digamos Juanito y Juanita, que hacen que los niños se queden afónicos de tanto gritar «¡la bruja está ahí, la bruja está ahí!», para que los citados Juanito y Juanita la cubran de una somanta de palos — porque los guiñoles otra cosa no, pero violentos, lo han sido siempre un rato.

Muy al contrario, la protagonista de la representación es una «bruja punki» que, entre otras lindezas, acuchilla a una monja y ahorca a un juez. Pero esto, que provocó las críticas airadas de algunos padres y habría tenido ciertas repercusiones posteriores en la forma de una denuncia al consistorio o por lo menos una reclamación, se fue de madre cuando apareció un trozo de papel en el que se leía: «GORA ALKA-ETA». Pasamos de una denuncia/reclamación a una acusación de enaltecimiento del terrorismo y prisión provisional para los titiriteros. Repito para que se note que no hablamos del tiempo: ENALTECIMIENTO del TERRORISMO y PRISIÓN PROVISIONAL. Ahí es nada.

Pero bueno, si uno aparece con «una pancarta con alabanzas a la organización terrorista» — como escribía un País al que ya cuesta reconocerle el oficio — es normal que haya consecuencias penales, ¿no? Pues no, la verdad, no es normal. Y si a alguien se lo parece tiene un serio atragantamiento de cultura democrática en este país. Por tres razones:
1.- Primera: porque el papelajo no era una pancartita de alabanzas a nada: representaba una falsa prueba que un policía-guiñol colocaba junto a la bruja protagonista — convenientemente inconsciente en este momento — para poder luego incriminarla con el consabido combo del «todo es ETA» que tanto gusta a cierto PP y sucedáneos. Vamos, nada nuevo bajo el sol. Como mucho podía haberse enfadado la Policía y haber interpuesto acciones legales — por aquello del honor y de la infamia — contra el ayuntamiento y la compañía. Eso asumiendo, claro está, que lo que hacía el policía-monigote en la obra fuera una brutal exageración y no tuviera referentes reales (*tose* atentados de Atocha *tose otra vez* ETA *tose más* Podemos).

2.- Segunda: porque, a diferencia de la cerda que en 1386 mató a una pobre niña que andaba por ahí sin estar fajada — y por lo tanto al alcance del ser porcino — los titiriteros no hirieron de gravedad a ninguno de los niños. La obra, vamos a ver, no era lo que se dice la crème de la crème en materia de pedagogía infantil. Demasiado directa e innecesariamente gráfica. Muy política, también, e inadecuada por ende no tanto para las orejas infantiles que la escuchaban sino para los atentos ojos parentales que lo observaban todo. Por supuesto, no tardará en salir alguna voz que defienda que la obra era didácticamente útil para los niños y que cosas más graves se les dice o se les hace — ¿alguien recuerda una historia de un torero y un niñito? clic aquí — pero siendo un poco más plurales deberemos admitir que la obra sí que era bastante definida ideológicamente, y eso, tanto si implica historias libertarias de abuelas contra el mundo o de patriotas salvando España, a cierto público no le ha de agradar. A cierto público con niños, se entiende, porque si no hubiera habido infantes este desaguisado hubiera sido difícil de cocinar. ¿Se imaginan una acusación de enaltecimiento del terrorismo lanzada así como así, sin los niños para usarlos de pantalla? Pues igual estoy yo equivocado y hubiera pasado igual. Pero a lo que vamos: que la obra mal para los niños, pero el terrorismo y la cárcel peor aún. Con la excusa de la inocencia de un niño se han quemado muchos herejes…
3.- Tercero: apuntando a la polémica un servidor no piensa que nadie deba ir a prisión ni por hacer apología del terrorismo ni por alzar el brazo al aire en cualquiera de sus formatos, ni por mostrar banderitas, cánticos y demás gaitas. Ya está bien de ofenderse a un nivel de linchamiento público. Si algo no te gusta y no puedes tragar con ello ahí está la ley y ahí están los tribunales. Se pagan a menudo reparaciones económicas por cuestión de injurias y la cosa no va a más — que se lo digan a Losantos. Dicho esto, animaría al personal a evitar la vía picapleitos. Vivimos en una sociedad que se ofende con demasiada facilidad. Que se ofende a muerte, quiero decir, por pancartas o palabras, o pitadas a himnos o provocaciones semejantes, pero no se ofende tanto — o se cansa de mantener el ceño fruncido — cuando continuamente nos roban (¿Valencia, alguien?), cuando las matan a ellas, cuando condenan a tantos niños a la pobreza infantil, cuando llenan de pelotas el nado de unos inmigrantes anónimos o cuando levantan concertinas para impedir a los hijos del hambre y del fusil que hagan lo que todos haríamos en su lugar. Ya está bien, de verdad, de vivir por y para la ofensa por las pequeñas cosas. Por las chorradas.

Pero vamos, y concluyendo ya, que como decía los aldeanos franceses de Falaise eran mucho más honestos que nosotros. Nos hemos reído de ellos por el circo que le montaron a aquella cerda infanticida, pero el verdadero circo lo tenemos montado aquí, no se engañen. Los habitantes del Medioevo concibieron por momentos que un noble animal como el cerdo tuviera un cierto amago de alma y en consecuencia no repararon en gastos para preparar un cadalso y un castigo ejemplar que devolviera al buen camino al resto de la piara. Nosotros no tenemos tanta suerte: ni el PP, concretamente, se preocupa un pimiento por la libertad de expresión o por la salud emocional o formativa de los más peques, ni el ayuntamiento de Ahora Madrid ha terminado de entender que ante oídos sordos sobran las explicaciones. Cuando lleven al próximo cerdo a la picota pienso que deberíamos irnos a nuestras casas y dejar al verdugo y a los jueces solos, que los únicos terroristas aquí son los que ya no llevan txapela.

PD: el carnaval medieval, antes de ser domesticado en la modernidad, era una oda al mundo invertido y la crítica política. ¡Quién nos ha visto y quién nos ve!

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Pablo Aguirre Herráinz es escritor nocturno y doctorando diurno. Actualmente centra su trabajo universitario en el estudio del difícil retorno desde el exilio republicano a España (años 1945–1985), a lo que se suman afanes muy profanos sobre temas de literatura histórica y actualidad obsoleta (guerras mundiales, etc.).
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