CAPÍTULO XII
OCTAVIO MASCAREÑAS MEDINA: UN ABUELO COMO POCOS
1. Sus orígenes.
Don Octavio, octavo hijo de don Manuel Mascareñas y doña Guadalupe Medina, nació en Tampico, Tamaulipas, el 9 de mayo de 1903. En una ocasión en que yo escuchaba a Andrés Huesca y sus Costeños cantando la canción Veracruz, que en su letra dice: “Soy de tierra donde se ama y donde se ve la luz, soy del cantón de Ozuluama, estado de Veracruz, República Mexicana…” me dijo: “De allí venimos los Mascareñas”. Lo pude comprobar cuando fui a visitar a mi tío Juan Valadez, hermano de mamá, a Tuxpan, donde vivía con mi tía Lola, hermosa mujer cuya foto teníamos en casa, y su hijo Roberto. Pasamos por Ozuluama y decidimos entrar al pueblito, que está en una colina. Al centro del poblado se encuentra un monumento al Coronel Esteban Mascareñas y la Acción de los Catorce, con los nombres de los valientes que repelieron a los franceses cuando atacaron la población, entre los cuales se encuentran varios de nuestro apellido.
2. Sus estudios.
Se comentaba en casa que papá había estudiado en el Seminario Bautista de Campo Redondo, y que había sido compañero de Humberto Ramos Lozano, que llegó a ser Secretario del Gobierno de Nuevo León con Eduardo Livas Villarreal, e Ildefonso Villarello, prestigiado historiador saltillense. Mamá decía que los apodaban “Los Tres Grandes”, por su brillante inteligencia.
3. Su trabajo en el Seminario Teológico Bautista de Tlalpan, D. F.
Evangelina mi hermana tiene un libro donde aparece papá entre los maestros del Seminario Teológico Bautista de Tlalpan, en el Distrito Federal, ahora Ciudad de México. Tal vez ahí trabajó hasta su casamiento con doña Josefina Valadez Guerra, originaria de Linares, Nuevo León, que estudió enfermería en el Hospital Latinoamericano de Puebla, donde obtuvo su título de enfermera, carrera que ejerció toda su vida en Sabinas Hidalgo, Nuevo León.
4. Agente cultural de su familia.
Muy probablemente a todos sus hijos los enseñó a leer antes de que fueran a la escuela, pues era un maestro nato, que se entusiasmaba con la cultura y el conocimiento. Sabía de todo, y de cualquier cosa que le preguntaras tenía siempre una explicación clara y convincente. Los hábitos de lectura que todos sus hijos adquirimos son quizá la más importante herencia que nos dejó, pues nos abrió las puertas de la educación, la ciencia y la cultura en general.
5. Enamorado de su ascendencia familiar.
Todos en casa sabíamos los apellidos de sus ascendientes: recitábamos de memoria: Yo me llamo Rubén Helio Mascareñas Valadez, Medina, Quero, Sánchez, Rubio, De León, Rodríguez, Cuéllar, Campos, Guerra. Por supuesto que Valadez y Guerra eran lo apellidos de mamá. Lamentablemente no preguntamos los nombres y, por lo tanto, han quedado en el olvido.
Una de mis nietas, Larisa, hija de Sandra y Adrián ha investigado los ascendientes de mamá, que según me dijeron, llegan hasta el año 1,100 y me prometió enviármelos una vez que los organizara. Me propongo ponerlos en un anexo a estos apuntes.
6. Músico y amante de la música: su piano Steinway y La Mejor Música del Mundo.
En el Seminario aprendió a tocar el piano. Contaba que aprovechaba cualquier rato libre para practicar, mientras sus compañeros se dedicaban a juegos y diversiones. Cuando estaba recién casado, en lugar de comprarse una cama adquirió un hermoso piano Steinway vertical y también una colección de diez tomos de La Mejor Música del Mundo, donde se encontraban las obras más famosas de los grandes maestros de la música. Estaban encuadernados finamente y contenían además fotografías de los compositores. Ahí conocimos La Paloma, de Iradier, Estrellita, de Manuel M. Ponce, La Última Rosa del Verano y muchas otras.
7. La ejecución de himnos: armonio, pianos y acordeón.
La música religiosa, especialmente la de los himnos bautistas, fue siempre una actividad que emprendió con gran entusiasmo. Recuerdo que la Primera Iglesia Bautista de Sabinas Hidalgo, que llegó a dirigir en 1940, cuando nos cambiamos de Cd. Anáhuac, donde vi la luz primera, tenía un armonio, con registros de diferentes instrumentos, flautas principalmente, un teclado de ébano y marfil y un par de anchos pedales que habían de pisarse alternativamente para producir el aire necesario para generar las dulces notas musicales. Sonaba potente, como un pequeño órgano y papá lo ejecutaba con enérgica maestría.
Después de casi veinte años el armonio fue sustituido por un piano eléctrico de media cola y cuando empezó a fallar fue llevado al templo el Steinway vertical que teníamos en casa. Su gran sonoridad atraía a los transeúntes que, curiosos, se detenían a escuchar los hermosos himnos que cantábamos al unísono y algunos de ellos con la hermosa voz de contralto de la hermana Julia Flores viuda de Garza, eterna asistente a los servicios religiosos y quien en su juventud había acompañado a su padre por las rancherías, ejecutando los himnos en otro armonio, más pequeño, que conocí, escuché y toqué, sólo por curiosidad, en casa del hermano Humberto Garza Flores, hijo suyo, que lo conservaba en su casa de la calle Doctor Coss.
Cuando Abiel Homero, mi hermano, vino de Los Ángeles, Cal., en visita familiar y creo que para casarse, le trajo a papá un acordeón de 120 bajos, y este sonoroso instrumento también fue usado por don Octavio para acompañar los himnos en el templo.
Hay una anécdota que contaba Antonio Macías Peña, esposo de Lupina Garza Valle, mi cuñada, de cuando vivían en Los Ángeles. Resulta que papá había viajado a esa ciudad californiana a visitar a mi hermano César Octavio y Elizabeth Montemayor, su esposa, así como a Abiel Homero y María Elena de los Santos Viejo, quienes se habían casado en Sabinas Hidalgo. Ambos vivían en la angelópolis y en esa ocasión le tocó a Toño llevar a papá a una feria en Long Beach. Me contaba mi cuñado que era tal el entusiasmo de mi padre por la música que todo el tiempo se lo pasó entre los instrumentos musicales que había en una exposición, tocando pianos y escuchando música a más no poder.
8. Una boda a su estilo.
Papá era un hombre sencillo, no le atraían ni el dinero ni el lujo. A veces, cuando no tenía a la mano el cinturón para fajarse los pantalones, tan rollizo como era, se los ataba simplemente con un mecate que encontraba a mano, sin importarle el qué dirán.
En una ocasión llegaron al templo dos enamorados americanos que querían los casara como Dios manda. Me tocó ser único testigo del evento, pues era hora temprana para el servicio y no había llegado nadie más. Mi padre registró en el Diario de la Iglesia aquel acontecimiento y les extendió una constancia de matrimonio en una bolsa de papel que tenía a la mano, desdobló diestramente y extendió sobre la mesa que había ahí a manera de escritorio. De su puño y letra escribió en inglés el valioso documento que, seguramente, guardaron como un valioso recuerdo aquellos enamorados.
9. Su trabajo como maestro de música en el Jardín de Niños.
Durante una temporada, tal vez luego de la muerte de la pianista que tocaba en el Jardín de Niños Oficial, creo que se llamaba Ángela Garza Jiménez, don Octavio se desempeñó como pianista en ese kínder, en la época que asistía como alumno mi hermano David Oscar. El local funcionaba en un anexo de la Logia Masónica Obreros de la Luz №32, ubicada por la calle de Juárez, en el Barrio del Buche.
Mi hija Betty, quien me sugirió que escribiera estas notas, me dice al respecto: “En cuanto al Jardín de Niños, abuelita decía que abuelito trabajó sin sueldo mientras la institución se consolidaba, pero cuando dieron los nombramientos no le dieron la plaza a él, sino a la tía Gela, tal vez por ser ministro bautista. Tal vez haya quien lo corrobore”.
Las canciones de Gabilondo Soler, Cri-Cri, impresas en cuadernos de música, eran el material que usaba, enseñando y acompañando a los niños. Por alguna equívoca razón, como acostumbran hacerlo los políticos, tan hermosas canciones fueron desautorizadas por la SEP y dejaron de enseñarse a los párvulos de nuestro país. El Ratón Vaquero, Los Palomos, La Muñeca Fea, La Negrita Cucurumbé, Che Araña y muchas otras más, llenas de alegría y creatividad, han quedado para siempre en la memoria de los niños mexicanos.
Mi mamá, como muchas otras mujeres de Sabinas Hidalgo, hacía exquisitos bordados en fundas y sábanas para la industria del vestido usando su máquina Singer, y con motivo de una fiesta que ofreció el Jardín de Niños, le bordó un multicolor dragón que le dibujé en una elegante bata negra de seda con puños amarillos que le confeccionó a David Oscar para que bailara la inolvidable canción del chinito, que decía: “Un chinito estampado en un gran jarrón, fue acusado de decir: Yan tse a mowa ti ni pon chon kin. El chinito no quería ya vivir en el jarrón, pues estaba dibujado en él un gran dragón. El chinito fue llevado ante un mandarín. Y ante él volvió a decir: Yan tse a mowa ti ni pon chon kin”.
A propósito del chino, Papá nos enseñó una canción con melodía china, a base de los nombres de ciudades japonesas. Decía así: “Chon, kina chon, chon, kina, kina Nagasaki Yokohama Hakodate Hoi”. Usted puede entonarla pulsando las teclas negras del piano. Así la aprendimos en casa.
La XEAW tenía un programa con las obras de Cri-Cri a las seis de la tarde, y recuerdo que cuando estaba escribiendo la obra Hablemos Inglés, a base de dibujos que trazó el inolvidable Guillermo Pérez, en su estudio siempre tenía ese programa sintonizado y lo escuchaba con deleite. Este libro, autorizado luego por la SEP como texto para secundaria, fue publicado y promovido nacionalmente por Editorial Trillas, dos de cuyos funcionarios, Manuel Roché y Alfonso Alfaro, a quienes acompañé en viajes promocionales de las obras de la editorial, eran fanáticos de Cri-Cri, como muchísimos más que vivían en la ciudad de México, donde se conoció ampliamente la obra de tan famoso músico mexicano. Ambos tenían numerosos casetes con tales canciones infantiles y las escuchaban siempre que iban en coche de ciudad en ciudad para promover los textos de secundaria publicados por la editorial.
10. Sus clases de inglés.
Papá era un estudioso incansable. Hablaba perfectamente el inglés y sostenía agradables conversaciones con visitantes americanos que a menudo llegaban a casa, que mamá siempre tuvo abierta para todos. Recuerdo que tenía suscripciones en la Hemphill School y la National School, de Estados Unidos, para aprender electricidad, mecánica y otras habilidades manuales.
Le impartió clases de inglés a un joven sastre de nombre Manuel y realmente no sé si tuvo otros alumnos. Bien pudo desempeñarse como maestro, ya fuera de inglés, solfeo o dirección de un coro, pero no quiso o tal vez no pudo ejercer más ampliamente su disposición a la enseñanza por lo cerrado del ambiente magisterial de la época. Consecuentemente, quienes tomamos inglés y solfeo en la secundaria no dimos para más, pues nuestros maestros no dominaban suficientemente las clases que impartían.
11. Sus sermones y sus himnos.
Asiduo lector de la Biblia, decía que no dominaba la homilética, el arte de producir sermones. Según la Wikipedia: Homilética (del gr. homiletikos, reunión, y homileos= conversar) es una rama de la teología pastoral, la cual se encarga del estudio del sermón o discurso religioso. Trata de manera principal sobre la composición, reglas de elaboración, contenidos, estilos, y correcta predicación del sermón.
Sin embargo, escribía en un cuaderno o libreta cada sermón que pronunciaba, algunos de los cuales todavía guarda mi hermana Evangelina.
Acudíamos al culto tres veces por semana: los miércoles por la noche, al Culto de Oración, donde pronunciaba un mensaje, los fieles podíamos pronunciar nuestras oraciones en voz alta y entonábamos los hermosos himnos bautistas del Himnario Popular; y los domingos a mañana y noche, la primera para tener la Escuela Dominical, donde explicaba a todos la Palabra, luego se separaban las clases: los adultos y los jóvenes o Bereanos, se quedaban en la parte alta mientras los niños éramos atendidos en el patio por jovencitas voluntarias o nuestros hermanos mayores. Al terminar la Escuela volvíamos a reunirnos y a los niños se nos pedía pronunciar de memoria algún pasaje que habíamos aprendido.
Una costumbre de la Escuela Dominical era informar los capítulos que había leído cada uno durante la semana. Benito López, mi sobrino, y yo, establecimos una competencia con las demás secciones de jóvenes, niños y adultos a ver quién leía más. El sábado, que acudíamos a barrer y sacudir el templo, abríamos una gran Biblia que ahí tenía Papá y leíamos a toda velocidad, escogiendo algunos salmos, de los más breves, para que fueran más, y al día siguiente sorprendíamos a la audiencia con cantidades enormes de capítulos leídos.
La noche del domingo teníamos el Culto de Predicación, donde Papá pronunciaba el sermón que había preparado durante la semana.
En cuanto a los himnos, hay algunos tan hermosos y con mensajes de tan alto valor, que los sigo cantando y seguramente así lo hacen mis hermanos, con los cuales fuimos educados a través de la música y la poesía; anoto, entre otros:
- Dicha grande es la del hombre cuyas sendas rectas son: lejos de los pecadores, lejos de la tentación. A los malos consejeros deja porque teme el mal. Huye de la burladora gente impía e inmoral…
- Noventa y nueve ovejas son las que en el prado están, mas una sola, sin pastor, por la montaña va. La puerta de oro traspasó y vaga en triste soledad, y vaga en triste soledad…
- ¿Quién es el que de Edom viene? Su vestido rojo es, horadadas veo sus manos y al costado herida cruel. ¿Quién este hombre de dolores es, que tan llagado está, y por qué desfigurado su faz noble y bella habrán? Es el Cristo, el Rey de gloria, por rescate se entregó. Adoradle y proclamadle vuestro Príncipe y Señor…
- ¿Respuesta no hay al ruego que en tu pecho, con ansiedad alzaste en tu dolor? ¿Tu fe vacila ya y tu esperanza, creyendo vano el ruego a tu Señor? No digas nunca que Él no oyó tu voz, respuesta te dará después tu Dios; respuesta te dará después tu Dios…
- Al huerto van a visitar la tumba en que su cuerpo está. Mujeres son, que a ungirle van, mas ¿quién la piedra quitará? Sí, ¿quién? Oh ¿Quién la quitará? Nada temáis id al huerto, ved su tumba abierta ya. El que buscáis no está muerto, resucitado ha. Nada temáis, vive y reina vuestro Maestro y Señor. ¡Vencedor! ¡Vencedor! Del sepulcro vencedor…
- Maestro, se encrespan las aguas y ruge la tempestad. Los grandes abismos del cielo se cubren de oscuridad. ¿No ves que aquí perecemos? ¿Puedes dormir así, cuando el mar agitado nos abre profundo sepulcro aquí? Los vientos las ondas oirán tu voz: ¡Sea la paz! ¡Sea la paz! Calmas las iras del negro mar, las luchas del alma las haces cesar y así la barquilla do va el Señor hundirse no puede en el mar traidor. Doquier se cumple tu voluntad: ¡Sea la paz! ¡Sea la paz! Tu voz resuena en la inmensidad: ¡Sea la paz!…
- Amigo hallé, que no tiene igual. Jamás faltó su amor. Me libertó de mi grave mal, salvarte puede, pecador. Salvo por su poder, vida con Él tener. Es la canción de mi corazón porque salvo soy.
- Marino, dirígete a la luz: Navega en el mar de la vida un barco, bamboleado por cruel y fatal tempestad. Muy cerca a estrellarse contra las rocas, ya perdido el timón, sin refugio encontrar. Cuando entonces una luz brilla, cual estrella en su fulgor y sobre el cristal de las aguas, del fanal su luz cundió. Marino, vete al puerto, su luz alumbra el mar, dirígete al asilo, a Cristo, el gran Salvador. Marino, vete al asilo fiel, que es Cristo el gran salvador…
- Cristo, llévame a tu seno, oye mi triste oración. Quiero estar contigo siempre, en tu célica mansión. Fatigado con mi carga, a Ti acudo, Salvador. De rodillas yo te ruego, llévame hasta Ti, Señor. Cristo, llévame a tu seno, del temor esclavo soy. Mas huirá como una sombra, si con tu presencia voy… (Este himno me lo enseñó personalmente y me hacía que se lo cantara antes de los servicios, cuando ya veía cerca su partida de este mundo y que refleja su afán genuino por abandonarlo y entrar en el reino de los cielos).
- Placer verdadero es servir al Señor. No hay obra más noble ni paga mejor. Servirle yo quiero con fe y con amor. Servirle prometo desde hoy. Servir a Jesús, servirle con fe. Qué paga tan rica tendré. No importa que sufra, sufrió Él por mí. Sirviendo a Jesús soy feliz…
- Alabemos al Eterno, demos loores a Jehová, ensalcemos siempre el nombre del Señor (del Señor) desde el pueblo que primero ve del sol el orto allá, hasta el oeste do se esconde demos loor. Impetrando todo, providencia vigilante paternal (paternal). Rey del cielo, Santo, ¿quién hay como nuestro Padre Celestial?…
- Brilla en el sitio donde estés: Nunca esperes el momento de una grande acción, ni que pueda lejos ir tu luz. De la vida a los pequeños actos da atención. Brilla en el sitio donde estés. Brilla en el sitio donde estés. Brilla en el sitio donde estés. Puedes con tu luz algún perdido rescatar. Brilla en el sitio donde estés.
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12. Voz potente.
Don Octavio carecía de vicios, por lo que su garganta siempre se conservó sana y capaz de producir una fuerte voz, que sobresalía aún en reuniones de 500 personas y más. Era un deleite escucharlo cantar cualquiera de las cuatro voces de un coro: soprano, contralto, tenor y bajo, en las que se encuentran arreglados todos o casi todos los himnos.
13. Su botiquín de Homeopatía.
No sabré decir dónde los adquirió, tal vez en el Seminario o en algún curso por correspondencia, pero Papá tenía conocimientos profundos de Homeopatía y nos repetía el lema de esta ciencia: Similia similibus curantur: Lo semejante se cura con lo semejante, así como el de la medicina alopática: alter alteribus curantur: Lo diferente se cura con lo diferente.
Poseía un botiquín con extractos de belladona y otras hierbas, cuyas propiedades conocía. Usaba las conocidas pastillitas que recetan los homeópatas y se las obsequiaba en frasquitos a quien le pedía algún consejo para combatir cierta enfermedad o malestar que los médicos consultados no lograban curar.
Mi hija Betty me cuenta que posee un cuaderno escrito a mano por él, donde consigna las propiedades de las diversas sustancias de la Homeopatía, así como las dosis más recomendables para el tratamiento de diversos malestares.
También recuerda que cuando niña padecía de las anginas y él me dio, dice, “un tratamiento homeopático; iba a visitarme y en una de sus visitas me enseñó a lavarme los dientes y en otra ocasión, en que en su intento por enseñarme música, me sentó al piano frente a un librito que tenía música para niños y yo quién sabe, perdida entre teclas y signos”.
14. Permanente actualización de su preparación: lector asiduo.
Don Octavio poseía una considerable colección de libros. Era un lector consuetudinario. Devoraba cuanto texto le cayera en las manos. Le puso a su biblioteca el nombre de Biblioteca Josie, por el amor que le tenía a Mamá: Josefina.
Sigue diciendo Betty: “Tengo en casa un lirio cuyas flores son moradas, rayadas con blanco; es una planta con hojas más grandes que los lirios convencionales; me lo regaló tía Rebeca y dice que se llama Bellas Josefinas, nombradas así por abuelito, por el gran amor que le tenía a abuelita Josefina; mira, y ahora sé la razón del nombre de su colección de libros. A mí me regaló el libro El Tesoro de los Niños, un grueso libro con tapas duras y gruesas hojas; después adquirí para mis hijos la misma obra, ahora dividida en varios tomos.
La Divina Comedia, El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, ambas con ilustraciones de Doré, Las Mil Noches y una Noche, Historia de la Filosofía Occidental, La Mejor Música del Mundo, El Libro de Oro de los Niños, la Enciclopedia Salvat, el Diccionario Enciclopédico Abreviado, Las Aventuras de Tom Sawyer y Huck Finn, ambas de Samuel Longhorne Clemens, publicadas con el seudónimo de Mark Twain; la Vuelta al Mundo en Ochenta Días, Veinte mil leguas de Viaje Submarino y otras obras de Julio Verne; Los Pardaillán, de Michel Zevaco, Los Tres Mosqueteros y Veinte Años después, de Alejandro Dumas; y muchas obras clásicas de la literatura se podían leer allí, además de numerosas colecciones de la revista Sucesos Para Todos, Selecciones del Reader’s Digest, las obras completas publicadas por Selecciones, que eran las lecturas favoritas de Mamá y muchas más.
15. Conocedor de varias lenguas: español, griego, latín, inglés.
Don Octavio fue un hombre de una gran cultura. Además del español, su lengua nativa, hablaba el inglés y tenía conocimientos de griego y latín, adquiridos en su formación como ministro protestante. Al hacer referencia al pasaje del Evangelio donde Cristo le dice al apóstol Pedro, quien a la pregunta de quién creían que era Él, le había dicho Tú eres el Cristo, el hijo del Dios viviente: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia”, Papá comentaba que Jesús había utilizado dos palabras diferentes: Petrus y Petra, lo que constituía la diferencia fundamental entre el catolicismo y el protestantismo; según él, con Petrus, Jesucristo se refería al nombre de Pedro, pero con Petra hacía referencia a sí mismo, o sea la Roca eterna sobre la que edificaría su iglesia. El catolicismo le dio toda la importancia a San Pedro, mientras que para el protestantismo toda la importancia la tiene Jesús, como fundador de su iglesia.
En el Evangelio hay otras referencias a Jesús como una Roca de Salvación. Cito de memoria: “la roca fundamental sobre la que se edifica el templo y que sería escándalo de los edificadores, la casa del hombre prudente, edificada sobre la roca firme”, etcétera.
16. Lector permanente de la Biblia.
Como siervo de Dios, don Octavio vivía constantemente leyendo la Palabra Divina, que citaba de memoria en sus sermones y nos incitaba a leer y recordar sus pasajes más memorables, entre ellos el Salmo 23: “Jehová es mi pastor, nada me faltará. En lugares de delicados pastos me hará yacer y junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma. Guiaráme por sendas de justicia por amor a su nombre y no temeré mal alguno. Su vara y su cayado me infundirán aliento. Mi copa está rebosante. Aderezarás mesa delante de mí en presencia de mis angustiadores. Ciertamente el bien y la misericordia me guiarán todos los días de mi vida y en la casa de Jehová moraré por largos días”; “Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos ni en silla de escarnecedores se ha sentado”; “La sabiduría está en el temor de Dios”; “Cuídate de los ojos de la extraña”; “Dios es amor” capítulo 4, versículo 8, 1ª. de Juan; “Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida”, Apocalipsis 2:10; y el retrato de la esposa fiel: “Mujer virtuosa, quién la hallará, porque su estima sobrepuja la de las piedras preciosas…”
17. Sus sermones.
Tenía una letra Palmer en su escritura y todos sus sermones los escribía a mano, aunque poseía una máquina Smith Corona y podía escribir con todos los dedos, algo que aprendió con el Método Treviño de Mecanografía, del que me apropié luego de muchos años, cuando surgieron las computadoras y sentía la necesidad de escribir conociendo el teclado y usando todos los dedos, no solamente dos, como hacía antes, y como vi escribir a tantos, como aquellos dos poseedores de una velocidad increíble para escribir a máquina, que así lo hacen: Jorge mi hermano y el señor Hertz, administrador del Latin American School, escuela fundada por mi hermano Abiel en Monterrey, donde trabajé veinte años.
Usaba cuadernos para escribir sus sermones y algunos de ellos aún los conserva Evangelina mi hermana. Cuando se le acababa alguno, lo volteaba al revés y escribía en los renglones invertidos. También escribía al estilo chino, de arriba hacia abajo, como lo hizo en una ocasión en que fue a Los Ángeles y que sentía que no lo querían pues no contestaban sus cartas. Usaba mucho aquellas tarjetas que tenían goma en la orilla y que podían doblarse y cerrarse como un sobre. El receptor cortaba la orilla, que estaba previamente punteada y podía leer el contenido.
Compraba papel manila y hacía sus propios cuadernos, que cosía cuidadosamente, como lo hacía también con las colecciones de revistas que le gustaba leer.
18. Sus amigos: hermanos en la fe.
A Papá le conocí pocos amigos, pues su tiempo lo empleaba principalmente en leer y escribir. Cuenta mi hija Betty lo siguiente en un correo que me envió hace poco:
“Qué valiosos recuerdos, qué precioso modelo de vida, cuánta sabiduría y amor compartió con su familia y con quienes convivía. Mi tía Juanita me comentaba que a mi tío Nicolás Gutiérrez Rojas le encantaba platicar con él y quienes le recuerdan lo describen como un hombre lleno de paz, paciencia y amor”.
Otro amigo con el que conversaba largo y tendido era el hermano Abel Silva Silva, maestro rural que seguido nos visitaba con su esposa, la hermana Rafaelita, tanto cuando trabajaba en La Escondida, como cuando se cambió a Sabinas y laboraba en la escuela primaria Venustiano Carranza, del barrio de La Carretera. También él practicaba la Homeopatía y había estudiado en el Seminario de Campo Redondo, ubicado en Saltillo, del que egresó mi Papá.
Don Octavio también mantenía largas conversaciones con el maestro Concepción Sanmiguel, que había fundado y dirigido la popular orquesta La Moda, y era muy amigo de mi hermano Jorge. Chon, como le llamábamos de cariño, también era un asiduo visitante de la casa de mis padres; donde acudía a planchar, pues también era sastre, cuando se necesitaba algún planchado especial para un traje, saco o pantalón de casimir. Mi Papá reía a mandíbula batiente con sus ocurrencias y su estilo característico de narrar.
Irwin, mi nieto que vive en Cd. Anáhuac, donde yo nací, me contó que una vez le platicaron que un señor de apellido Mascareñas, como él, había vivido allí con su familia, y era muy conocido en el barrio porque cuando iba llegando a su casa, los gansos que teníamos salían a recibirlo, haciendo gran alharaca y graznando a todo pulmón. El mismo detalle ocurría en Sabinas, donde también tuvimos un par de gansos que eran el terror de los demás, salvo de Papá, que les hablaba como si conversara con ellos.
Ahora, me permito transcribir una carta que me envió Irwin, mi nieto, y que le escribió el Sr. Josué Palomares López, residente de Cd. Anáhuac, donde él trabaja como dietista, titulada “Recuerdos: abril de 2012”. Dice así:
“Serían los años de 1935, mi abuelo, Eduardo Palomares Arévalo, tenía su parcela en el sector Escuela Regantes №1, al noreste de Cd. Anáhuac, a unos tres kilómetros de distancia. Aquí donde hoy está este Centro de Salud Bicentenario, y todo lo que es la Colonia Obrera sólo existía monte, cruzado por algunos caminos que conducían a la brecha.
“Cada semana, a mediados, iban a casa de mi abuelo el señor Octavio Mascareñas y el Sr. Ernesto Barocio para celebrar cultos evangélicos. Iban a pie.
“26 años después, en 1966, yo contraje matrimonio, el 19 de diciembre, y aquí estaba el señor Octavio Mascareñas por motivo de una campaña evangélica. Yo aproveché la estancia de él, ya que me conocía desde que yo era niño. Y él nos dio el consejo bíblico relacionado con el matrimonio. El lugar aún existe.
“Desde entonces no supe más de aquella familia, hasta ahora que lo conocí a usted (a Irwin) y que anda por los senderos por donde anduvo su familiar, don Octavio Mascareñas.
“Estos son recuerdos a grandes rasgos. Josué Palomares López”.
Los hermanos Cavada, originarios de Cuba y residentes en Miami también eran amigos de la familia a quien visitaban con frecuencia. Yo creo que Papá ya había fallecido para esa época y más bien eran amigos de Evangelina mi hermana, a quien también solían visitar.
Las hermanas Páez, de Nuevo Laredo, donde nuestra familia había vivido y donde nacieron, creo yo, mis hermanos César Octavio, Jorge, Abiel Homero e Idida, también eran muy mentadas en casa, pues habían convivido en la iglesia que dirigía mi padre y eran activas promotoras de la obra del Señor.
La familia Aldaba y la familia del profesor Fortoso, que residieron en Sabinas Hidalgo una temporada, también formaron parte de las amistades de mi Padre.
19. Su esposa: perenne trabajadora.
En 1925 Don Octavio se casó en Brownsville con Doña Josefina Valadez Guerra, incansable enfermera, que realizó una fructífera labor de partera en Sabinas Hidalgo por más de 50 años, trayendo al mundo a miles de niños. Cuando Papá dejó de percibir el sueldo de ministro por no trasladarse a San Luis Potosí a donde lo enviaba la Convención Nacional Bautista, Mamá se hizo cargo de los gastos del hogar y la manutención de sus hijos, a cinco de los cuales envió a estudiar fuera del pueblo, tres de ellos en la Universidad de Nuevo León, otro en el Seminario de Tlalpan, D. F., y a uno en la Escuela Normal Miguel F. Martínez, en Monterrey.
Doña Josefina atendió también pacientes a quienes inyectaba la famosa penicilina, en dosis aplicables cada tres horas en todos los rincones del pueblo, para lo que utilizaba un choche de caballos de los que daban servicio al público en la Plaza Principal, y cuyos conductores fueron principalmente don Jesús Villarreal y don Manuel Durán, quienes estuvieron presentes cuando se celebró el Aniversario de Oro de mi Mamá como enfermera titulada, efectuado en la Primera Iglesia Bautista, con la presencia del pueblo congregado.
Previamente habíamos acudido a Puebla de los Ángeles, donde ocurrió una ceremonia en la Universidad, de la que dependía el Hospital Latinoamericano, donde había realizado Mamá sus estudios y había recibido su título de enfermera cincuenta años antes. Mamá recibió entonces una medalla de oro, conmemorativa de tan importante suceso.
Durante toda su vida, Doña Josefina realizó una titánica labor de atención a los enfermos y también una valiosa labor social, las que le merecieron imponer su nombre a tres instituciones: el Asilo de Ancianos y una escuela secundaria de Sabinas Hidalgo y otra del municipio de García, Nuevo León.
Ella había nacido en Linares, Nuevo León, y según está investigando una de mis nietas, sus ascendientes registrados se remontan al año 1,100. Espero que me llegue esta información pronto para poder compartirla en estas notas.
20. Sus hermanos: historias que contaba.
Sólo conocí a tres de los hermanos de mi Papá: mi tía Eva Wilson, que vivía en Phoenix, Arizona, mi tía Emma, que vivía en Tlalpan, D. F., y a quien visité en varias ocasiones. Estaba casada con mi tío, Ing. Samuel Barocio y tenía varios hijos. Los mayores: Jorge, Héctor y Ada Olga nos visitaron en Sabinas Hidalgo, mientras que al más chico, Samuel, lo conocí en México. Era un muchacho fornido. Fue agente de la policía federal y murió en un enfrentamiento con delincuentes. El otro hermano de Papá que conocí en una visita que nos hizo se llamaba Ignacio, y creo que vivía en Chihuahua, donde hay otras familias de apellido Mascareñas, uno de cuyos miembros fue alcalde de Cd. Juárez.
Otro hermano de Papá, al que no conocí, se llamaba Manuel. Papá contaba que era bastante flojo: cuando le pedían que jugaran a la roña, decía: “Sí, pero acostados”.
En el capítulo relativo a los amigos me faltó mencionar a los hermanos Peña: Manuel, (creo que) Pedro y Expectación, comerciantes que vivían en Nuevo Laredo y tenían una compañía llamada “Manuel Peña Hermanos”. Contaba papá que en una ocasión viajaron a la ciudad de México y al llegar vieron en el encabezado de uno de los periódicos algo como: “Expectación en México por la llegada de…” (algún famoso personaje). Inmediatamente el menor de los hermanos dijo: “Mira, ¿cómo sabían que había llegado yo?
21. Sus hijos.
Papá y Mamá tuvieron nueve hijos: César Octavio, Jorge, Idida, Abiel Homero, Evangelina, Rubén Helio, Sara, Rebeca y David Óscar. Además criaron a dos sobrinos: Benito y Ethelvina, hijos de Teresa, sobrina de Mamá, y a Enrique Roberto, mejor conocido como Henry, que nació en casa, de una familia con lamentables taras hereditarias y cuya madre falleció luego del parto. Mamá lo adoptó legalmente como hijo y, aunque nunca aprendió a hablar normalmente, fue muy popular en el pueblo; los policías le daban uniforme y cachucha y alguien le regaló una pistola de plástico, con la que asustó grandemente a un diputado que se encontraba de visita en el Club de Perros, que se reunía en Las Peñas, rancho de los hermanos Dante y Alejandro Chapa Villarreal, lugar de reunión de sus amigos y familiares durante la Semana Santa. A Henry le fascinaba llevar la sirena encendida y en esa ocasión lo llevaron en una patrulla que causó tremendo susto al diputado, para regocijo de los presentes.
Otros sobrinos que estuvieron por temporadas en casa fueron Lucio, hermano de Benito, Hermelinda, Carolina, Ramiro, Carlos y Adela, todos hijos de Teresa y que vivían en San José del Río, un rancho del municipio de Galeana, Nuevo León, donde se celebraba una boda y a donde me tocó ir a lomo de burro cuando pasé mis vacaciones de verano al salir de quinto año en la casa de mi tía Estela, hermana de mamá.
Tres sobrinas que se criaron con Mamá fueron Florinda y Ethelvina, hijas de mi tío Ascención Valadez y María Valladares; y Teresa, hija de mi tío Benito, el mayor de la familia Valadez Guerra.
22. Su influencia en cada uno de sus hijos.
Papá fue un ejemplo para sus hijos. El mayor, César Octavio, siguió el mismo camino, convirtiéndose en ministro bautista luego de haber estudiado en el Seminario de Tlalpan. Se casó en la ciudad de México con Elizabeth Montemayor, también egresada del Seminario e hija de don Cosme G. Montemayor, creo que director del Seminario y ambos radicaron primero en Joliet, Illinois, y finalmente en Los Ángeles, donde César Octavio hizo la carrera de Enfermero, imitando el ejemplo de Mamá, y la ejerció en algunos hospitales de la ciudad angelina. Allí mismo ejerció como ministro en varias iglesias. No tuvieron hijos propios, pero adoptaron a Octavio e Idida (Dee Dee) y los criaron y educaron como propios. Octavio se convirtió en fotógrafo e Idida es una psicóloga profesional. Mi hermano César Octavio, desde muy pequeño, desarrolló sus habilidades intelectuales: publicaba un periódico familiar y hasta escribió una obra de teatro que escenificaba con sus hermanos en casa. Ya adulto, con el seudónimo de O. Káiser, publicaba una columna en el periódico de Jorge, mi hermano, el “Semana”, que luego se llamó “Semana Regional”. Siempre acomodaba sus párrafos de modo que leyendo la primera letra de cada uno se formaba una palabra significativa con el contenido del texto. También compuso numerosas poesías y elaboró tarjetas de felicitación para días especiales.
Chave mi cuñada falleció hace un par de años y César partió a las mansiones celestiales a mediados de este 2016. Su hijo Octavio había finado en plena juventud. Descansen en paz. Les sobrevive Dee Dee, que hace mucho conoció a su madre biológica, de ascendencia armenia.
Jorge, como todo hijo segundo, ha sido toda su vida un inquieto. Deportista hasta la madurez, dirigió equipos de basquetbol y béisbol en Sabinas Hidalgo y fue dirigente de la selección de maestros del rey de los deportes, a quienes llevó en gira por diversas ciudades. Con grandes dotes docentes, como Papá, ejerció el magisterio en General Bravo, Sabinas Hidalgo y Monterrey, llegando a ser director de dos escuelas secundarias, la №1 de San Nicolás y la №28 de Monterrey; Inspector de Normales y Director de la Escuela Normal Superior; de cuyos Cursos Intensivos de Verano se encargó durante varios años, aplicando el sistema aprendido en la Normal Superior de México, a donde acudió a especializarse en Ciencias Biológicas, carrera que abandonó para unirse en matrimonio con Nely Ruiz Cavazos en 1953. Ese mismo año fundó el periódico “Semana”, hoy “Semana Regional”, presencia de la gran familia sabinense que lleva sus noticias a muchas ciudades de Estados Unidos y ha llegado hasta Europa y Japón siguiendo a los sabinenses que lo solicitan.
Los nietos de don Octavio, hijos de Jorge, fueron cinco: Dr. Jorge, Ing. César, Biól. Ricardo y las maestras Nely y Sara Olinda, que a su vez le han dado a Jorge cerca de veinte nietos, bisnietos y tataranietos, todos gozando de cabal salud.
Idida fue la tercera hija de Papá, hermosa niña que lamentablemente falleció en la adolescencia. Para recordarla, cantábamos en el templo el himno que dice: “Al bello hogar, allí a morar, de todo mal exentos. A descansar, sin un pesar, vamos con pasos lentos. Por la mansión, feliz que nos invita, el corazón cristiano fiel palpita. Encontrarán los que allí van las calles de oro puro. Gloria y solaz, eterna paz, el don de Dios seguro.” Le llamábamos el himno de Idida y así lo pedíamos cuando deseábamos recordarla.
Abiel Homero, cuarto hijo de don Octavio, fue un maestro, músico, poeta y arquitecto, autor de varios himnos conmemorativos: a Juárez, a la Escuela Normal Miguel F. Martínez, “Benemérita y Centenaria”, a la Escuela de Arquitectura de la UANL, donde alcanzó el título de arquitecto después de los sesenta años. En su juventud había estudiado medicina en la Universidad, pero abandonó los estudios y se inscribió en la Escuela Normal Pablo Livas, de Sabinas Hidalgo, que terminó rápidamente. Era maestro de la secundaria Antonio Solís cuando decidió emigrar a los Estados Unidos. Residió en Los Ángeles, de donde vino para casarse con la profesora María Elena de los Santos Viejo. En Los Ángeles nacieron sus primeros hijos, María Elena, Abiel y Miguel Ángel. De allí volvieron a Sabinas, donde nacieron Octavio, Marco Antonio y Adriana Josefina. Todos ellos se convirtieron en profesionistas de prestigio y han dado a don Octavio varios bisnietos.
Abiel Homero fue primero director de la escuela primaria Manuel M. García, de Sabinas Hidalgo y en Monterrey fue maestro y director de Escuelas Nocturnas. Durante el día trabajó en el Colegio Panamericano, de donde se retiró para fundar Latin American School en 1973, que tras su fallecimiento vinieron a dirigir su esposa y sus hijos.
Aprendió a tocar el piano desde niño, aunque nunca estudió música. Continuó la labor de Papá al frente de la Primera Iglesia Bautista de Sabinas Hidalgo donde dirigió la Escuela Dominical por muchos años. Renovó el mobiliario del templo y le construyó un amplio anexo donde se imparten ahora las clases para niños y jóvenes. Sus dotes musicales y poéticas le permitieron componer dos cantatas, una de Navidad y otra de la Pasión de Cristo, la primera representada en el Colegio y en el templo de Sabinas Hidalgo, donde también se presentó la segunda. Ambas fueron grabadas en el estudio de Mascareñas y Asociados, propiedad de Rubén Helio, con arreglos de Óscar Octavio, dos de mis hijos.
Abiel Homero también compuso la letra del Himno a Nuevo León, ganando un concurso convocado por el gobernador, Lic. Jorge A. Treviño Martínez. También le compuso una música, cosa que hicimos también yo y mis hijos Rubén Helio y Óscar, que registramos sendas versiones musicales para dicha obra.
Evangelina, quinta descendiente de don Octavio, es doctora por la Universidad de Nuevo León, ahora Autónoma, y ha ejercido en PROFAM y en el departamento de Servicios Médicos de la Universidad, de donde se jubiló y vive en retiro en su domicilio.
Rubén Helio, como llamó Papá a su sexto hijo, fue registrado como Rubén Elio pero siempre usó la “H” en el nombre porque Papá decía que el escribiente del registro civil se había equivocado. Después de cincuenta años tuve que suprimirle la “H” debido al necesario registro en el IMSS y el SAT.
Al hablar de mi madre no mencioné que por poco tiempo ejerció la docencia en su natal Linares. Que además era una lectora voraz de las obras completas de Selecciones y que ejerció el periodismo dirigiendo Semana y Semana Regional durante más de veinte años, donde escribía regularmente hermosos textos con abundantes citas bíblicas. Con una suave y dulce voz arrulló a todos sus hijos con melodías y letras religiosas como aquella que dice: “Escucha mi niño, te voy a contar, la historia más noble que hubiera jamás. Apréndela hijito y aprende a adorar al Rey de los cielos que nace en Judá. Un rústico techo abrigo le da, por cuna un pesebre, por casa un portal. Sin ricos presentes podemos llegar, que el Niño prefiere la fe y la bondad. Hermoso lucero le vino a anunciar y magos de Oriente buscándole van; delante se postran del Rey de Judá, de incienso, oro y mirra tributo le dan…
Por lo tanto, de Papá y Mamá, todos sus hijos adquirimos el gusto por la docencia, la música, la lectura y la escritura, que en mi caso me llevó a trabajar por más de cincuenta años como maestro, tanto de primaria como secundaria, de estudiantinas y rondallas, de Normal Básica, Normal Superior, Escuela de Graduados y hasta de la Universidad Pedagógica Nacional, y a escribir algunos libros. Después de jubilarme como maestro federal con treinta años de servicio, serví al colegio Latin American School por veinte años enseñando Lectura y Redacción en Español. Participé en algunos coros como el Coro Monterrey, el de la Iglesia Presbiteriana, dirigido por el Ing. Federico Rodríguez, y la Perotinus Schola Cantorum, creada por Óscar mi hijo la cual permaneció más de diez años interpretando en muy diversos lugares el Canto Gregoriano. Hasta tuve el valor de dar un par de conciertos en el colegio, uno de guitarra clásica y otro de piano, éste en homenaje a los 330 años del gran Johann Sebastian Bach.
Le di a Don Octavio cinco nietos: la QFB y Profra. María Antonia Elizabeth, que me sugirió las escritura de estas notas, de un primer matrimonio; de mi amada esposa, la Profra. María Elda Garza Valle nacieron Rubén Helio, publicista; Elda Idida, secretaria bilingüe; Sandra Liz, también secretaria bilingüe y maestra distinguida en el distrito escolar de Dallas, Texas; y Óscar Octavio, ingeniero físico por el ITESM, violinista de la Escuela Superior de Música y Danza y actualmente catedrático en el Departamento de Música y Danza de la Universidad de Limerick, Irlanda.
Son bisnietos de Papá, por Betty, casada con el profesor Juan González: la Dra. Ingrid, el nutriólogo Irwin, el Ing. Iván, y el oficial del ejército americano Ingel; también son sus bisnietos Estefanía y Patricio, hijos de Rubén, que casó con Juany Lozano; son igualmente sus bisnietos Pamela, Marcelo y Katia, hijos de Elda Idida, esposa del Ing. Jorge Escudero de la Garza; y finalmente Mariana y Larisa, hijas de Sandra Liz, casada con el Ing. Adrián Gómez Junco, ahora también maestro en el distrito de Dallas. Margot, hija de Ingrid, fue la primera tataranieta y Ayleen, hija de Irwin, la segunda, por parte mía para don Octavio.
Sara es la séptima descendiente de don Octavio y de doña Josefina. De carácter firme, impuso siempre un sello particular a sus relaciones con sus hermanos. Estaba acostumbrada a decir siempre la última palabra, aunque fuera un rezongo. Estudió la carrera de QFB en la Universidad de Nuevo León y la de Arquitectura en la Universidad de Coahuila, mientras estuvo trabajando en Saltillo para el IMSS. Siempre inquieta, continuó estudios en la Normal Superior del Estado y tomó las actualizaciones que ofrecía la SEP en Nuevo León, donde cubrió interinatos hasta obtener su plaza definitiva. Se independizó de la familia e hizo su vida muy aparte. Celeste María fue su única descendiente, que prácticamente se crió con Mamá y creo que se convirtió en maestra, de lo cual no estoy muy seguro; está casada con un maestro de danza y lamentablemente he perdido contacto con ella pues tal vez cambió de dirección electrónica. En los últimos años, Sara ha padecido de un enfermedad que le hizo crecer el rostro exagerando las hermosas facciones que tuvo alguna vez.
Rebeca fue la octava hija de la familia Mascareñas Valadez. Es enfermera por la Facultad de Enfermería de la UANL y trabajó en el IMSS hasta jubilarse. Becky, la mayor de sus hijas, se crió junto a Bellita y Celeste, luego se fue a estudiar al Seminario de la Ciudad de México para posteriormente unirse en matrimonio con un joven de apellido Laguna, y creo que reside con su familia en Pasadena, California. Erabel, conocida entre nosotros como Bellita, nació del matrimonio de Rebeca con Erasmo Treviño y fue también criada por Mamá. Octavio fue otro hijo que dio a luz Rebeca, el cual falleció en su juventud, sin haber podido desarrollar sus facultades. A la muerte de mamá, Rebeca se hizo cargo de “Semana Regional” y hasta la fecha le sigue dando la mano a Jorge en su tarea de comunicación con la gran familia sabinense, que ya pasa de los sesenta años.
El último descendiente fue David Óscar, que se crió al lado de Papá, quien le trasmitió su afán de saber y su inquietud intelectual. Lo acompañaba a todas partes y conversaba con él como si fuera un adulto, lo que desarrolló en David un enorme vocabulario. Prueba de ello, cuando estaba en primer año sorprendió a su maestro, que negaba ante sus compañeros haberle enseñado a David Oscar a hacer “estalactitas y estalagmitas”, que él no sabía ni lo que era eso, como llamaba el pequeño niño a los palitos o rayitas que les puso como primer ejercicio de escritura.
David nos hacía leerle en voz alta una y otra vez las revistas de monitos que llegaban a sus manos, y aún antes de ir a la escuela se acostaba en el suelo a “leerlas”, repitiendo en voz alta los diálogos que había aprendido de memoria.
Estudió parte de la carrera de Ingeniería Civil en la UANL, carrera que abandonó para cursar estudios de magisterio en la Normal Pablo Livas, de Sabinas Hidalgo. Se fue a trabajar como maestro a Múzquiz, Coahuila, de donde vino a Monterrey para obtener horas federales y una plaza estatal, lo que le permitió con el tiempo obtener una jugosa doble jubilación. Cursó la especialidad de Química en la Normal Superior y se casó con la profesora Narcedalia, con quien procreó dos hijos: Manuel y David. Tras un accidentado divorcio volvió a casarse, ahora con la profesora Socorro Díaz, quien le dio una hija: Socorrito.
David Oscar siempre fue muy delgado, pero tantos problemas le trajeron malestares estomacales que lo llevaron a una operación quirúrgica para extirparle parte de su tracto digestivo. Por años ha bebido hielo, prácticamente, pues carga consigo un termo con hielitos para estar bebiendo y calmar así el dolor. Últimamente ha sufrido “dispersión caprina serrana”, como dice Jorge, y requiere de letreros para orientarse aún dentro de su propia casa. No se le olvidó leer. Como luego dicen: “Lo que bien se aprende no se olvida”.
La mentada “dispersión caprina serrana” de que habla Jorge parece haberme atacado en estos días, pues se me quedaron en el tintero datos importantes. Haberme hecho el propósito de redactar estas notas cada día, entre las seis y las siete de la mañana, para enviarlas rápidamente a mis pocos queridos lectores ha causado el olvido de fragmentos que deseo agregar ahora, pidiendo la correspondiente disculpa por el lamentable borrón memorístico y la consiguiente digresión.
Entre los miembros de la familia me faltó mencionar datos de Benito López Valadez, hijo de Teresa, que vino a casa desde muy niño y se crió junto a mí, asistiendo a la escuela desde el primer año de primaria hasta cursar la normal y convertirse en maestro. Fue un gran atleta, dirigido junto con muchos otros jóvenes, por el profesor Víctor Alejandro Méndez, gran organizador de juegos de atletismo en Sabinas Hidalgo. Benito compitió en diversas disciplinas, llegando a ser subcampeón nacional de pentatlón. Jugó y formó equipos de voleibol, basquetbol, béisbol y softbol con actuaciones destacadas en todos ellos. Como maestro de Educación Física del IMSS formó equipos infantiles y juveniles que compitieron en torneos locales, estatales y nacionales. Falleció víctima de una pulmonía fulminante que sufrió cuando entrenaba para una competencia con sus antiguos colegas atletas en celebración de sus 70 años. Le sobreviven su esposa Socorro Santos y sus hijos Melisa, José Benito y Socorro.
Una hermana más, Ethelvina Peñaflor Valadez, hija también de mi prima Teresa, vino a vivir a casa cuando padecía de una deformación en una pierna. Mamá la adoptó y registró como hija para que fuera atendida en el IMSS, con tan buenos resultados que su pierna se compuso y ella logró cursar la escuela normal convirtiéndose en maestra federal, ahora jubilada por el ISSSTE.
23. Su gusto por el cine: lectura en voz alta de los diálogos.
Don Octavio tenía una gran afición por el cine, y lograba cuanta oportunidad se le presentaba para disfrutar del séptimo arte. Cuando David Óscar era niño, lo llevaba consigo y le leía los subtítulos de las películas para que entendiera la trama, cosa que lograban algunos cómodos cinéfilos, quienes se sentaban alrededor o cerca de ellos para no tener que leer lo que aparecía en la pantalla
24. Lo que me enseñó en cuanto al cuidado del templo: barrer, sacudir, regar.
Como seguramente todos sus hijos lo hicimos, acompañé a Papá los sábados a asear el templo. El piso era de cemento y tenía cuadros que dejaban entre sí una ranura donde se acumulaba el polvo, por lo que me enseñó a barrer usando la escoba no sólo en la forma común, sino llevando la punta sobre el espacio entre los cuadros para sacar la tierra que hubiera acumulada y reclinando segunda banca sobre la primera y así sucesivamente todas las demás hasta terminar. Recogíamos la basura en una bolsa o en papel periódico y procedíamos luego a sacudir el polvo de cada una de las bancas, que eran bastantes. Luego salíamos al patio, a regar el frente y una hermosa palma que iba creciendo en el costado oriente del templo, a la que le hacíamos un cajete para que se acumulara el agua. Hacíamos una pequeña acequia para regar los naranjos que había sembrados en la parte posterior y al terminar recogíamos la manguera para llevarla en hombros hasta la casa.
En cierta ocasión llevé a mis amigos del barrio para que me ayudaran con la limpieza, y cuando traíamos la enorme manguera que utilizábamos, a uno de ellos se le ocurrió que la extendiéramos para que pesara menos. Inútil idea, ya que cargarla así era imposible, pues se arrastraba por la calle, por lo que tuve que enrollarla para poderla cargar.
25. La hora de la comida y sus repercusiones.
Siempre se acostumbró en casa que al estar reunidos para comer se bendijeran los alimentos. Generalmente lo hacía Papá, pero en ocasiones Mamá era la protagonista y mucho después se le concedía el honor a alguno de los hijos. Esta costumbre la siguieron muchos en la familia y en mi caso la perdí cuando al hacerlo, una de mis pequeñas hijas hizo un remedo algo cómico del murmullo que iba apenas empezando y me obligó a suspender el acto sin hacer ningún aspaviento, pero suspendiendo la saludable costumbre en mi casa.
Algo digno de mencionar es que durante las conversaciones a la mesa se nos corrigiera la pronunciación o la sintaxis de algunas palabras, lo que sin duda influyó en nuestra generalizada corrección al hablar, amén del uso correcto de los vocablos y de la conjugación. Nunca se escucharon en casa usos comunes en el pueblo tales como “íbanos” y “veníanos”, “fuistes” y “vinistes” o “vinites”, además de otras que se me escapan.
Además, la lectura constante de la Biblia en su versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera, un texto sin errores ortográficos y con las correctas conjugaciones de la segunda persona del plural (vosotros) nos facilitó el gusto por la corrección en el uso del español de España, que ahora ha sido sustituido por el español de México y en los textos se suprime dicha persona para emplear más el ustedes. Recordemos la regla de oro tal como viene en dicha versión del texto sagrado: “Así como quisiereis que los hombres hiciesen con vosotros, así haced también vosotros con ellos.”
Tal costumbre nos ayudó en la escuela: conjugábamos muy bien los verbos y no caímos en el error de aquel profesor que pensaba que la sintaxis era una huelga de automóviles de alquiler, o como decía el venerado profesor Esteban Leal: “Se pelea con la sintaxis… ¡y le gana!”.
26. Otras anécdotas contadas por Betty.
No soy muy buena para redactar, pero voy a enlistar los detalles como los recuerdo, tal vez exista una diferencia con la realidad:
Tal vez sea la última vez que lo vi. Una tarde, saliendo de la escuela primaria “Club de Leones #1”, me formé en la fila de la derecha, es decir, de los niños que vivían para ese lado de la escuela, obvio que no era mi fila, pero mi argumento era que iba a visitar a mi abuelito Octavio, así que me dirigí para allá, acompañada por una cuadra con una amiguita del salón. Estaba yo en primer grado. Entré por la puerta de la calle Mina y estaba él acostado sobre una cama en el primer cuarto, lo vi muy cansado y no me prestó mucha atención; sé que al poco tiempo murió; tal vez su enfermedad minaba también su ánimo. Me sentí triste, luego no sé si fueron a buscarme porque me tardé en llegar, pero esa escena la tengo muy presente. Al poco tiempo nos visitó mi tío César, cosa que hacía cada vez que venían de Los Ángeles, y fue cuando me informaron que güelito había muerto.
Cuando crecí y podía ir con libertad a visitar a güelita Josefina, siempre me contaba algunas anécdotas de la familia, como la vez que le ofrecieron ser vendedor de libros, o cuando debía ir a otra ciudad para predicar y ella le contestó con su manera especial de decir las cosas: “¡No’mbre, si aquí vine a comer con manteca!”. Me contaba que ella se confeccionó un vestido azul de chifón, parece ser que la falda era cicular; como no tenía espejo, no podía apreciar cómo le sentaba completamente el vestido, pero a ella le encantaba; cierta vez fueron a Laredo, Texas. Llevaba ella ese vestido y se vio en los ventanales de las tiendas y le dijo: “-Así me quedaba siempre este vestido”, (coludo, pues esta tela tiende a colgarse) a lo que le contestó: “-Sí.” -“¿Y por qué no me lo dijiste?”, le reclamó. –“Porque te gustaba mucho”.
Platicaba también de otras experiencias que se encuentran en los libros que escribiste sobre ellos con anterioridad.
Tía Vita platicaba de que usaba un overol arriba de su traje cuando salía en su carro, por si tenía que arreglarlo en el camino, pues debía predicar en otra ciudad o pueblo. También decía que tenía muy consentido a David Oscar, quien le pedía que le masticara la carne para comerla, que le guardaba los chicles colocándolos en el ala del sombrero para cuando los volviera a pedir.
Hubo algunos tiempos en que cuidaba un rebaño de cabras. Cuando es tiempo de Semana Santa y se acostumbra analizar las Siete Palabras de Cristo en la cruz, Rebeca dice que son ocho expresiones, no palabras, “como decía papá”. También recalca que la aguja que cita el Señor Jesús, cuando dice que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja que un rico entre en el reino de los cielos, era una especie de remo, “como decía papá”. Ella también cita la vez que lo vio llorando en el templo y le preguntó si le dolía algo, a lo que él le contestó: “Me duele el alma porque la gente no quiere arrepentirse”. Hace mucha referencia a los últimos momentos del día en que veía y escuchaba coros de ángeles e invitaba a los que le acompañaban a que los vieran: “Ven, Josefina, ven, mira qué hermoso cantan”.
Por cierto, referente a las cosas de abuelito que guarda tía Vita, sería bueno saber dónde están, porque la última vez que la visité, Alma tenía ya todo ordenado y preguntaba cuándo se iban a llevar esas cosas (libros y cajas), no sea que se pierdan para siempre.
Acabo de recordar una anécdota de David Oscar, del tiempo en que construyeron la carretera nacional. Según platicaba, los ingenieros tenían dificultades en el trazo de ella y abuelito les dijo que era porque habían perdido la hora de la zona y le pidieron que les ayudara, cosa que hizo y lograron diseñarla mucho mejor.
David, siempre tan especial, me enseñó a manejar por petición de abuelita, y me instruía en la forma en que debía estacionarme de reversa: primero te empatas con el carro de adelante, luego quiebras y das reversa hasta la mitad del carro, posteriormente giras el volante al otro lado y finalmente hacia adelante para acomodar las llantas y así, en cuatro pasos, quedas a la misma distancia de la banqueta como el carro de adelante. También decía que al iluminar con tus faros el tapón de la gasolina, que antes iba atrás, del auto de adelante, estabas perfectamente estacionado y otros detalles más con los que me sorprendía.
Muchas gracias por tu empeño al redactar estos recuerdos, sin duda los Mascareñas Valadez han sido una familia excepcional, razón por la que cierto maestro, al saber que pertenecía a la familia me dijo: “Siempre quise conocer a uno”.
Indudablemente que ante tal ejemplo tenemos un gran compromiso. Que Dios te bendiga. También te admiro y te quiero mucho y cuando hacía algo pensaba en hacer las cosas con dignidad. Bien decía abuelita: “Si quieres ser paletero, sé el mejor”.
27. El poder de su oración a Dios.
Termino estas notas contando que Papá tenía un gran poder cuando oraba. Cuenta Evangelina que había ocasiones en que escaseaba el dinero por falta de clientes y Mamá le rogaba a mi padre que se hincara a pedirle al Altísimo su ayuda. Éste imploraba de rodillas y más temprano que tarde una parturienta o algún vecino se aproximaba para pedir ayuda para atender a algún familiar enfermo.
Los restos mortales de Papá y Mamá descansan en el Panteón Municipal de Sabinas Hidalgo, Nuevo León y sus almas nos esperan en el cielo, donde todos alabaremos al Rey de reyes, Dios de dioses y Señor de señores.
Gracias por leer estas pobres notas, escritas y corregidas entre el 28 de agosto y el 11 de septiembre de 2016.
Rubén Helio Mascareñas Valadez
ANEXO

