CAPÍTULO XIII
DON MAXIMIANO GARZA GARZA, UN HOMBRE CABAL,
HONESTO Y DILIGENTE
A propósito del Día del Abuelo, escribí la biografía de mi papá, Don Octavio Mascareñas Medina y cada día estuve enviando mi aportación a mis contactos por e-mail. Uno de ellos es mi compadre Max Garza Valle, a quien invité a escibir la biografía de su papá, Don Maximiano de la Garza Garza. Este es el texto que me envió y que ahora incorporo a los relatos sobre la familia Mascareñas Garza, para que quienes mis hijos y nietos se enteren de la existencia de su abuelo materno.
Por Max Oxmel Garza Valle
Para empezar, el apellido legal de mi padre es De la Garza. Nació el 21 de agosto de 1890 en Sombreretillo, Nuevo León. Creo que mi madre es del 8 de octubre de 2003. Se casaron un 5 de febrero en Sabinas Hidalgo, N. L. Los padres de mi papá fueron Don Cruz De la Garza y María de la Luz Garza. Los padres de mi mamá fueron Don Melchor Valle y Doña Josefa Guajardo de Valle, originarios de la misma ciudad.
Mi padre, debido a la guerra civil de la Revolución de 1910, sólo estudió el primer año de la escuela elemental, pero se convierte en autodidacta y se desarrolla por sí mismo en lectura, escritura y aritmética. Aprende las finanzas de aquel tiempo y cuando radicaba en Comales, Tamaulipas, ayudaba a sus compañeros empleados con el adelanto de sus pagos quincenales, comprándoles a un precio menor el salario que recibirían un tiempo después.
En Sabinas nacieron las dos primeras hijas: María de la Luz, y María de los Ángeles, que se desempeñaron en la docencia, como maestra empírica la primera, y profesionalmente la segunda, al haber egresado de la Escuela Normal Miguel F. Martínez.
Las oportunidades de empleo eran escasas en ese tiempo y mis padres emigran a los Estados Unidos, residiendo en Amarillo, Texas, a donde fueron seguidos por varios de mis tíos paternos.
Allá nacieron Raúl Mario, Velia y Guadalupe Clementina, que iniciaron sus estudios en una escuela de las Hermanas de Cristo, mismas que aconsejaron a Don Max que se regresara a México en plena recesión económica, pues se iba a incrementar el nivel de desempleo en aquel país. Ese periodo creo que fue entre 1926 y 1931.
Ya ubicados en Sabinas, y habiendo crecido, a Raúl y María de los Ángeles, los dos graduados como maestros en la Normal Miguel F. Martínez, les ofrecieron trabajo de profesores en una escuela federal en el Campamento de Comales, Tamaulipas, donde se construyó la presa Marte R. Gómez (Presa del Azúcar), cerca de Camargo y San Miguel, Tamaulipas.
Por tal razón, toda la familia se traslada a otro estado, donde mi padre es contratado por la administración de la presa. Sus actividades fueron de asistente en mil cosas de la empresa, de origen americano, que construyó un bien organizado campamento que permitía la supervivencia de la población para la terminación de la presa; recibía fondos federales, lo mismo que la escuela y la iglesia.
La administración, según recuerdo, era muy bien llevada en ese pueblo donde se dotaba a los habitantes de los servicios básicos en casas construidas sobre una base de cemento bien fundamentada; eran de madera el estilo americano, que era una marcada influencia de vida.
En la escuela se nos proporcionaba todo el material necesario para el proceso de enseñanza- aprendizaje. Se impartían clases de arte, incluyendo música, impartida por el Profesor Marrero, quien nos enseñaba canciones de Cri-Cri, entre otras. También se prestaba la atención al aprendizaje de manualidades, de carpintería y costura, bordados, pues cada fin de año se presentaba una Gran Exposición de trabajos manuales. Se preparaban también excelentes espectáculos literario-musicales, al nivel que permitían los alcances artísticos de los profesores. Ahí estudiamos varios años de la escuela elemental mis hermanas Magdalena, Graciela, Elda, Blanca Edma y yo. El menor de la familia, Víctor Hugo, iba al Jardín de Niños con su hermana María de los Ángeles, que fue su maestra en los primeros grados.
Si se permite una retro alimentación, debo aclarar que el resto de los hijos habíamos nacido en Sabinas, hasta antes de Víctor Hugo, que nace en Comales el día 1 de enero en 1946, justo pocos días después de celebrar el matrimonio de mi hermana mayor, María de la Luz, el 26 de diciembre de 1945, con el profesor Casimiro Tijerina Torres.
Poco tiempo nos acompañaron Graciela, Guadalupe Clementina y Magdalena, que se fueron o se quedaron a estudiar: Graciela, la Secundaria; y Magdalena y Lupina, como llamábamos a Guadalupe Clementina, la escuela Comercial en Monterrey, N. L., mientras que Velia radicaba en Sabinas en la casa de mi tía Josefina, hermana de Mamá, y donde estudió la carrera de secretaria comercial con el Profesor Raúl Garza, trabajando posteriormente con Don Nicolás Gutiérrez Rojas en la Papelería ABC, de su propiedad.
María de la Luz trabajaba en las escuelas Manuel M. García y Teresa R. de García, bajo la dirección del Profesor Francisco J. Montemayor, el personaje más leído del pueblo.
En esa época, mi hermana Velia conoce a Jesús Ruiz, que trabajaba de camarógrafo en el Cine Sepúlveda, y a través del primo Horacio González Valle, hijo de mi tío Pedro González Gómez y Elvira Valle Guajardo, hermana de mi mamá.
Velia se casa en 1947 y María de los Ángeles en 1948.
Raúl Mario deja de trabajar en Comales en 1947 y se traslada a Delicias, Chihuahua, puesto que el trabajo en aquel pueblo amenazaba con extinguirse una vez terminada la presa.
Es a fines de 1947 cuando la familia se traslada de regreso a Sabinas y vuelve a habitar la propiedad de Cuauhtémoc 205 cruz con la calle de Nicolás Bravo.
Don Max construyó o hizo construir una noria en el patio de su casa y le instaló una bomba para extraer el agua con la que regaba el patio, donde plantó naranjos, granados y hasta un árbol de guayaba. También usaba el agua para regar la hortaliza que cultivaba y para el aseo personal de la familia, además de los bloques que fabricaba para su venta en el pueblo.
Un video que muestra impresionantes hundimientos de la corteza terrestre me hizo pensar que nosotros nos preocupamos moderadamente por ello. No podemos evitarlo pues así tiene que ser, por nuestra mala administración del recurso tierra.
No era nada extraordinaria la creación del pozo de agua, la noria en el patio de mi casa, pues muchas familias la tienen y necesitan para obtener ese recurso a veces tan escaso que es el agua. Pero si ésta era abundante en nuestro entorno, el llevarla hasta los hogares implicaba mucho costo, que exigía un pago, que mi Padre deseaba ahorrarse. Por ello obligaba a sus hijos a sacar el agua con la ayuda de la pompa, una forma más civilizada de extraerla con menor esfuerzo. Estando yo en la primaria, en 5º. año, se iba a estrenar la película de “Alicia en el País de las Maravillas”, y mis compañeritos de la escuela armaron una alegría por la farándula, para ir a ver el estreno en el Cine Olimpia. Recuerdo que era ahí, porque el aparato de sonido de Horacio Cavazos, no dejaba de invitar al pueblo a que asistiera a admirarla de primera mano. Esa tarde antes de la función, habiendo yo pedido permiso para irme al cine con toda la chamacada, me fue negado el permiso y se me dio la orden terminante: ¡¡Tú tienes que llenar el tonel!! Me fui al patio y seguía escuchando el anuncio de la película enojado y refunfuñando por mi mala suerte. Oía y oía que ya iba a principiar la función y yo no terminaba de sacar el agua. Lloré cuando el anuncio se dejó de oír, pues ya empezaba la función.
Al día siguiente, escuchando los comentarios de los amigos, me seguía sintiendo mal por no tener alguna opinión al respecto. Sin embargo, ahora que lo pienso, ese acontecimiento daba un cabal cumplimiento al dicho de mi madre: “Primero está la obligación que la devoción”, algo que ha influido en nuestra forma de hacer las cosas, con un sentido de responsabilidad hacia la familia. Viene a mi memoria el ejemplo de mi hermana Elda, que durante sus diez años como maestra, nunca dejó de entregar religiosamente el importe total de su sueldo a mi mamá, habiéndose privado de muchas cosas y concentrándose en la convivencia con mis padres. Abona también a esta convicción el premio que me acaba de otorgar la Rectoría del ITESM por cincuenta años de servicios al Sistema del Tecnológico.
Algo también muy importante es lo que narro a continuación.
Me jacto, a mis 76, de gozar de buena memoria. Qué si les contara de mis primeros tres años en Sabinas… Recuerdo que desde esa tierna edad ya mi mente reflexionaba… Recuerdo que en alguna ocasión, recostado en la cama, veía el techo del cuarto rojo, que estaba al final de la construcción; de doble altura; muy alto si lo comparamos con las casa de la actualidad. Estaba forrado con maderas y vigas muy fuertes que sostenían la alta estructura. Las contaba y me imaginaba qué sucedería si no las hubieran puesto. La casa contaba con otras cuatro amplias piezas, tres de ellas con pisos negros muy pulidos, de cemento, que habían adquirido mucha brillantez gracias al trapeador con el que se aseaban. La cocina era amplia y de piso rojo, que con los gabinetes esmaltados de color blanco hacía un bonito juego de colores. Su techo estaba recubierto de lámina, donde se podía escuchar el ruido de la lluvia en las noches de tormenta que alegraban mucho a mi padre por sus ventajas para la tierra que con tanto cariño cultivaba. Excuso decirles que el ruido era fenomenal y todos lo compartíamos con júbilo, acompañando la alegría de mi Padre. La casa estaba construida con sillares, grandes bloques calizos que le daban frescura al interior en verano y calor en invierno. El exterior no estaba correctamente afinado con cemento, sino con algo de éste y arena, que a la intemperie se desgajaba y había que darle mantenimiento muy seguido. Con el tiempo se afinó con cemento y su vista mejoró considerablemente; pero ya había mayores recursos económicos que lo permitían.
Continuando con mi vida personal, debo agregar que cuando éramos niños nos fascinaba andar descalzos aún cuando teníamos el calzado necesario. Yo de manera automática despertaba a las 6:30 durante la semana, para llevar a moler el nixtamal al molino. Regresaba un poco después con la masa para las tortillas que preparaban para todo el consumo del día mis hermanas Blanca y Elda, que usaban la chimenea previamente encendida. Al terminar de hacerlas mi Madre nos servía el exquisito desayuno: tortillas de harina con algún guiso complementario, pan recién horneado de harina de flor, como decía mi Mamá, y de otra mezcla con harina de maíz, con la que se fabricaban las “panochas” en un molde de acero que era cubierto con brasas para permitir la completa cocción. Al terminar partíamos todos a la escuela. Desde muy chicos se nos acostumbró a tomar café con el desayuno.
Terminé la primaria a los 11 años y fue enorme mi júbilo al entrar a la secundaria, donde debía comparecer con mi calzado y mi corbata. ¿Se imaginan a un niño de 11 años cargando el primer día de clases todos los libros que se requerían, aun cuando no se usaban ese día?
Al terminarla, me sentía con mucha indecisión sobre si estudiaba la Prepa o no. Los recursos de la familia no eran totalmente suficientes para permitir tal lujo. Pero, como me encantaba la ciudad de Monterrey, mi Mamá me inscribió en el TEC, en una carrera técnica que no me gustaba, pero era lo posible. Estos estudios, estaban rodeados de un excelente ambiente, en el año 1954, en tres edificios: Rectoría, Aulas I, y Aulas II. Solamente aguanté dos meses y medio. Sin consultar con nadie, me salí y conseguí un empleo en la Calzada Madero, cerca de donde trabajaba mi hermana Magda en los Transportes del Norte. El trabajo era de asistente en una tienda de artículos de lujo, y yo tenía que hacer su limpieza y atender la clientela. Me pagaban como $50.00 a la semana, pero en la tarde del sábado me iba a Sabinas y hasta llegaba con efectivo, que le daba a mi mamá. Nunca dije de dónde lo sacaba y ni me cuestionaban, pues fuimos criados con mucha libertad y responsabilidad. Al llegar la última semana de diciembre, le dije al patrón que tenía que irme a mi casa.
El calor del hogar y el cariño familiar me llenaron de entusiasmo, y en esas fiestas, platicando con mi ex compañera de la secundaria, Edda Morales, me platicó que ella iba a ingresar a la Escuela Normal en enero. Yo no le presté mucha atención al comentario porque en ese momento no me interesaba. Me interesó el día 2 de enero de 1955, cuando permanecía en Sabinas y todos mis amigos se habían regresado a Monterrey a continuar sus estudios. Me salí esa mañana a la calle y me sentí muy miserable, al darme cuenta de que no tenía qué hacer. Me fui a la Nevería Cuauhtémoc, de Doña Lupita, que era el punto de reunión de los amigos. Estaba vacío, no había nadie más que la señora y dos profesores de la secundaria. Cuando Doña Lupita me preguntó –¿Qué andas haciendo? ¿No te regresaste como todos tus compañeros a continuar tus estudios? — ¡¡Fue cuando caí en la cuenta de que andaba mal!! Al escuchar la pregunta, mis profesores Abiel, y Chita me dijeron: ¿Entonces vas a perder el año escolar? ¿Por qué de perdido no entras a la Normal para que aproveches el tiempo? ¡Wow! ¡¡¡Ésa era una solución!!! Corrí a mi casa apresurado, y al entrar, mi Mamá, que se encontraba absorta en sus labores, me dice: ¿Qué traes, loco? Yo le contesté: ¡¡Voy a estudiar la Normal!! Sorprendida, me contesta ¿Que no se te hace que ya son muchos profesores en la familia? Seis de mis hermanos eran ya profesores, y le dije: -¡¡¡Sí!!! ¡¡Pero yo voy a ser el mejor!!
Al enterarse mi Madre de tal decisión me recomendó que hablara con el Profesor Eugenio A. Solís, director de la escuela y no con el secretario, Casimiro Tijerina Torres, que era mi cuñado, como dándome a entender: ¡No utilices tus influencias! Y así lo hice. Después de sugerirme que me pusiera presentable, pues como andaba en ese momento no me iban a aceptar, partí rumbo a la Normal. En ese entonces estaba ubicada en un lugar muy céntrico, a dos cuadras hacia el sur de la plaza principal y el monumento a Benito Juárez; al final de la calle estaba la fábrica de vestidos “Casa Adelita”. Era una vieja casona en contra esquina de una tienda de abarrotes muy famosa, de don Roberto Garza. Tenía amplias habitaciones convertidas en salones de clase para los tres grupos de la escuela, y con un amplio patio para deportes y otros usos. Me recibió el Maestro Eugenio con la seriedad que lo acompañaba, y en otro escritorio estaba mi cuñado, al cual sólo saludé. Me dijo el profesor: -Así que quieres estudiar la Normal. Pero, ¿por qué no ingresaste en el mes de septiembre, como lo hicieron tus compañeros? ¿Sabes que ellos ya presentaron un examen trimestral en noviembre y ahora en febrero presentan el segundo y tú también tienes que hacerlo? –Sí, le respondí.
-Además entre febrero y junio que son los exámenes finales, tienes que presentar los exámenes que no presentaste del primer trimestre. Sí, volví a responder. Bien, pues llena esta solicitud de ingreso y te informo que vas a recibir $100 de ayuda para tus estudios.
¡¡Wow!!, me dije, ¡¡y además me van a pagar!! También se me informó que al día siguiente debería asistir a mi primera clase de “Observación Escolar” en la escuela donde estudié mi primaria. Al día siguiente me fu a la Teresa R. de García y tomé asiento en una de sus aulas, en una butaca que había alrededor de los pupitres de los niños. Llegó el profesor que iba a impartir su clase, introdujo al grupo de niños, con mucha disciplina, e inició una clase: “Las reglas del uso de la letra B”. Todos los compañeros del primero de Normal tomábamos apuntes y registrábamos los pormenores de la clase con todo detalle: método de enseñanza, contenido de la clase, y toda una información del desempeño del maestro, el cual culminaba con un examen para comprobar que el maestro había logrado enseñar a los niños y éstos comprendido el tema. ¡¡¡Me fascinó!!! Era mi primera clase y me dije: ¡¡Esto me gusta un chorro!!. Si Edda Morales Chávez, mi compañera, estaba o no estaba ahí, no le di la menor importancia.
Fue algo muy interesante llevar mis clases de Psicología, Didáctica, Pedagogía, Español, Historia, entre otras del primer año. Dos de las clases que tenía que llevar eran del segundo y tercer año: Educación Rural, que llevaba con Blanca y la de Higiene Escolar con Elda, que ya iba en tercero. No las recuerdo de compañeras pues estaba absorto en el aprendizaje de esas materias que me encantaron por su contenido tan importante. Recuerdo que el salón en que tomábamos clase tenía dos puertas hacia la calle. El Profesor Tijerina ( mi cuñado) no recomendaba no usarlas como tales, pues en la imaginación eran ventanas y no debíamos salir o entrar por ellas. Un día que los profesores se encontraban en junta y no acudían a darnos clase, alguien tuvo la fabulosa idea de que nos fuéramos de pinta. Salimos por una de las ventanas-puertas y nos largamos todos al Ojo de Agua, donde había un balneario muy popular y ahí, sin ninguna preocupación de lo que iba a suceder, nos divertimos como benditos.
Excuso decir que al día siguiente nos metieron una santa regañada, por nuestro atrevimiento y falta de respeto a las mentadas ventanas. Nos reímos en nuestro interior, porque no nos afectaba y, por lo divertido del día anterior, nadie lo cuestionaba ni se arrepentía.
Mis obligados exámenes del primer trimestre los programamos para presentarlos los sábados, previo acuerdo con el profesor que debía aplicarlos. Yo le explicaba a Edda y eso me permitía aprender mejor mis materiales. Todo transcurrió de manera fácil e interesante.
Una vez que terminamos el primer año, y de acuerdo con los promedios obtenidos, se inició el reparto de plazas para ir a practicar a un salón de clase el año siguiente. Las plazas se repartían de acuerdo a los promedios y los mejores las recibían primero, y así sucesivamente se iban asignando, hasta que ya no alcanzaron para todos. Me quedé sin plaza. Durante el verano me desplacé a Monterrey, a convivir con mi hermano Raúl, y esperar la primera oportunidad para colocarme en mis prácticas profesionales. A principios del año escolar, se abre una nueva escuelita llamada Benito Juárez, en el local en que había estudiado la secundaria. El Director era Tomás Chapa y los profesores de 1º., 3º. y 4º. años eran Irma Villarreal, Lucila Treviño, y Leopoldo Garza, pues el de segundo año era yo.
Todo iba a pedir de boca en el aprendizaje de enseñar y aprender al mismo tiempo hasta que un buen día llega el inspector a revisar el avance de la enseñanza en los diferentes grupos. Mi hermana Elda, que trabajaba en una escuela más grande y tradicional, fue de las primeras en ser visitadas por este importante personaje encargado de supervisar la enseñanza, y me mandó a una de sus alumnas para prevenirme de que pronto estaría con nosotros. Yo me puse muy nervioso pues ni idea tenía de esa revisión. Al preguntar a mis chiquillos alumnos si se acordaban de esa figura de visitante, el Rolandín, que era de los más listos me informa que sí, que era quien revisaba esporádicamente los grados de aprendizaje. De inmediato les aviso al resto de mis compañeros y empezó una frenética actividad de aseo y preparación para recibirlo.
Cuando el inspector llega a mi salón me pide que empiece con la lectura. Y yo, sin tener la experiencia necesaria, les indico a los alumnos que lean la lectura del día que apenas iniciábamos y no se había practicado. Fue mi primer error, pues la primer niña en leer era Aurora, una de las menos buenas y leyó mal el título de la lección. Ella dijo: Un buey colerico, en vez de colérico. Y el señor me recomendó leer la lección anterior. Y otra vez el error: la misma niña lee mal cuando una parte de la lección decía: “cuando llegó la epoca de las manzanas… y dijo epoca, en vez de época. Me fue algo mal en la evaluación aunque los niños siguientes lo hicieron mejor. Al llegar al resto de la evaluación me fue mucho mejor.
La revisión del inspector a las diferentes escuelas era el tema de conversación por la tarde en la escuela con nuestros compañeros. La pregunta de rigor era — ¿y cómo te fue? Y empezábamos a compartir nuestras experiencias, entre risas y exclamaciones de júbilo por lo común de todas ellas y nos repetíamos consejos de retro alimentación para la próxima.
Mi estancia en la escuela normal es memorable pues los alumnos éramos muy diversos e interesantes, aun cuando yo intimidaba con muy pocos. En la fila del centro del salón se sentaba en el primer lugar Maria Elena, le seguí yo y detrás de mí, Rubén. Competíamos mucho y rivalizábamos por cumplir con las reglas de ortografía y al menor error disfrutábamos la corrección y mejorábamos nuestra escritura.
No estuvimos exentos de la revisión del inspector, quien llegó a visitarnos para revisar nuestros progresos como futuros profesores. Le tocó a la maestra Elva Solís recibirlo en la clase de Español. Se puso muy activa para impresionarlo con su actuación magisterial y les narro lo sucedido: queriendo impresionar en vivo con sus capacidades educativas, nos pregunta: ¿me pueden decir, muchachos, cuál es el origen de la palabra herrero?. Levantando las manos para responder empezamos a REGARLA!!! Herradura, decía uno, herrumbre decía el otro, herrería, agregaba un tercero, PERO nadie la atinaba a la palabra HIERRO. Oh, que decepción. Cuando nos la dijo la profesora, nos odiamos todos por tontos y no pensar nuestras respuestas. El inspector o Director de Educación Pública, no recuerdo exactamente quién de los dos era, no prestó G. a D., nuestro error y nos recomendó poner más atención a nuestra formación docente.
Si estas situaciones las comparo ahora con lo que se está viviendo en el sistema educativo actual , no dejo de regocijarme por la manera en que nosotros vivimos aprendimos y disfrutamos nuestra SUPERIOR educación al respecto.
Algo también muy divertido era nuestra participación artística. Mi ahora cuñado y compadre Rubén, me invitó a formar un trío para cantar “Un rayito de sol”. A mí, que en la secundaria el Profe Abiel, cuando nos escuchaba cantar la canción Cielito lindo, mientras nos clasificaba para participar en un orfeón, al llegar a escucharme a mí me dijo tajantemente: ¡Tú no cantas!! Qué desencanto cuando te dicen una verdad tan cruel. No obstante, Rubén insistió en que participara. No sé cómo le hicimos pero cantamos esa canción en trío en la asamblea.
Días más tarde llegó al salón la Profesora Elva y nos pide a varios compañeros que vayamos con ella al pasillo. Había un tocadiscos y después de poner un disco nos pide que empecemos a ensayar un bailable.
Le dijimos que no, pues ya estábamos grandes para esos trotes y nos devolvimos al salón. Llegó al rato el Director Eugenio y nos puso una buena reprimenda exhortándonos a obedecer, pues teníamos que recibir a unas personalidades en la escuela y había que preparar una presentación musical. Pues ni remedio, tuvimos que obedecer y al rato andábamos muy felices bailando lo que nos pedían. Ese número musical además de presentarlo en el festival de la Normal, fue muy solicitado por otras escuelas para fortalecer sus números musicales en sus propios eventos.
Déjenme que regrese a la intención original de escribir sobre mis padres.
El par de hermosos pasaba todo el día trabajando en múltiple menesteres para obtener ingresos suficientes para el sustento familiar. Mi madre había enviado a mi hermana Magda a estudiar bordado, que se había iniciado como actividad productiva en el pueblo. Aprendió muy rápido esa actividad y posteriormente enseñó ese arte a mi Mamá. Bordaban ambas varios pares de fundas al día, y se escuchaba el ruido frecuente de las máquinas Singer en el proceso. Mi Madre llegó a fabricar -y bordar hasta tres pares de fundas al día-, mientras que Magda acompañaba su trabajo entonando bellas canciones. Alternaban el trabajo con las actividades hogareñas con tanto cariño, que lo considerábamos normal y necesario en ese feliz tiempo.
Mi Padre mientras tanto se pasaba todo el día en el patio. Cultivaba hortalizas, árboles frutales, además de la avicultura que mi cuñado Chito le había enseñado a explotar como actividad muy remunerativa. A mí era al que después se me enviaba al pueblo para vender una serie de productos de nuestra propiedad. Me daba cierta vergüenza que mis amigos me vieran vendiendo, pero no me importaba mucho, pues era necesario y no deshonroso. Ya tenía mis clientes para cada producto. Sabía quiénes deseaban comprar huevos, granadas, lechugas, etc. Pero mi cliente más fuerte era el Restaurante Plaza, a la orilla de la carretera, donde paraban los Transportes del Norte.
Me desilusionaba cuando el mercado por abundancia de huevos forzaba el precio a la baja, No les vendía nada y regresaba con mis tinas llenas de huevo al hogar. ¿Qué pasó? me preguntaba mi padre. Nada, pues que ya no aceptan pagar los cuarenta centavos por huevo. ¡Pues ni modo, se tienen que vender, pues qué le vamos a hacer? Y ahí voy de regreso a venderlos al precio más bajo.
Mi padre además, fabricaba bloques. Había adquirido una prensa de cemento con la cual se fabricaban y llegó a producir como unos 120 al día. Los colocaba en un cuadrado del patio y YO tenía la tarea de regarlos cada hora durante el día hasta que fraguaba la mezcla. Después llegaban los compradores a quienes se les vendían a 0.55 centavos. Y ahí, me tienes a mí, nuevamente contando cada block que se llevaban.
Aquí termina lo escrito por Max Garza Valle.
Algunos temas que se pueden incluir y desarrollar en esta biografía de don Max son los siguientes, elaborados por Rubén Elio Mascareñas Valadez:
1. Trabajó en la construcción del ferrocarril, el “traque”, como él lo llamaba, consistente en clavar a base de mazazos que requerían considerable fuerza los enormes clavos para asegurar los durmientes de la vía, y decía que la compañía era la Far West and Denver o así le escuchaba yo decir cuando platicábamos: “Foro West and Denver”, decía…
2. Adquirió un automóvil que manejaba su esposa.
3. Su patrón lo estimaba mucho y le tenía total confianza porque era muy responsable y trabajador, al grado de dejarlo encargado de la granja cuando tenía necesidad de salir.
4. En Sabinas atendía una “labor” o sembradío junto con su cuñado Melchor Valle, a donde iba en un coche tirado por un caballo. Elotes, maíz y rastrojo para alimentar al caballo eran la cosecha que producía esta labor de temporal, es decir, sin agua de riego, que estaba en las afueras del pueblo.
5. En una ocasión, la “ligerina”, un cochecito de dos ruedas, la tenía tumbada en el patio y estando Lupina con sus hermanas jugando encima de ella, por el peso de las niñas la “lancía” que estaba hacia abajo se levantó y las derribó en el suelo, con el consiguiente susto para todas.
6. Tenía uno o varios panales de abejas y las cultivaba para obtener una miel purísima, que vendía en botes de cristal de un litro. Usaba un sombrero con un trapo transparente para protegerse de las abejas, “capaba” los panales y los escurría para obtener la miel. También les aplicaba humo para sacarlas de los panales y poder trabajar en ellos.
8. Criaba cerdos y gallinas, a los que alimentaba con las sobras que conseguía en el restaurante del Hotel Reforma, propiedad del papá del profesor Víctor Alejandro Méndez.
9. También vendía al restaurante del Hotel Reforma los huevos que le daban sus gallinas y tal vez hasta la carne de sus cerdos.
10. Tuvo varios perros a los que hacía más bravos asustándolos con una sábana.
11. Uno de esos perros, el “Tiger”, fue sacrificado cuando Tony Macías lo dejó en la cajuela del carro varias horas y se debilitó mucho; Según supe, fue Raúl el que le disparó para que dejara de sufrir.
12. Fabricaba bloques de concreto de muy buena calidad con una bloquera que adquirió. Los remojaba constantemente para que no perdieran su consistencia y los vendía a quienes se los pedían para construir sus casas.
13. Fabricaba un pan delicioso, principalmente hojarascas rellenas de cajeta de calabaza y otras piezas.
14. Fabricaba dulces de calabaza, camote, chilacayote, biznaga y los deliciosos gusanitos de leche quemada que vendía por su gran demanda.
15. Cultivaba hortalizas como cilantro, acelgas y zanahorias, además de flores, como claveles, que vendía para el Día de las Madres, cuando eran muy solicitados.
15. Cuando vivían en la calle de Vesubio, ya en Monterrey, sembró en el patio de su casa un árbol de naranja y otro de mandarina, que por años produjeron dulces frutos, que Max Oxmel repartió siempre entre sus hermanos hasta que la casa fue vendida años después de su fallecimiento. También cuidaba del jardín, pasatiempo que le era muy estimado.
16. Era de gustos sencillos: le encantaban los frijoles con chile, tomate y cebolla, acompañados con tortillas tostadas a la lumbre.
17. En sus últimos años fue intervenido quirúrgicamente de la próstata y se recuperó con la atención de su hija Elda donde convivió son sus nietos.
18. Cuando se vino de Estados Unidos su hija Graciela por segunda vez a Monterrey, don Max se quedó con ella en la casa de Vesubio y lo descuidó mucho, pues ya no se levantaba a caminar, que tanto le gustaba y terminó sus días casi en el abandono, completamente debilitado.
19. Dejó en sus hijos un ejemplo de trabajo y honestidad, muy importantes para la vida.
20. Sin haber estudiado formalmente, junto con su esposa educó a todos sus once hijos y les dio una profesión que les permitió trascender la vida del pueblo y disfrutar de las comodidades citadinas en Monterrey, Nuevo Laredo y Laredo, Texas, San Antonio, Texas, Palestina, Texas y la Ciudad de México.
21. Cuenta Elda que Mélida Treviño, esposa de Raúl Marcos, le decía cuando platicaban de don Max: “Lo que sea de cada quien, mi suegro era un tipazo”.
22. Durante la presidencia municipal de don Carlos Solís, en Sabinas Hidalgo, don Max fungió como tesorero, seleccionado entre sus conciudadanos por su honradez y honestidad a carta cabal.

