Pánico electoral

Inmóvil frente a la mesa verde de escuela. Superado continuamente por manos inquietas que aparecían y desaparecían rápidamente recogiendo papeletas. Recibió incluso algún pequeño empujón malintencionado, escuchaba cuchicheos: “¡Pero qué hace este aquí parado!”. Un sudor helado le invadía, se había quedado bloqueado. “¿Y si me equivoco?” Repasaba con la mirada cada montón de papeletas. En muchas de ellas había sopas de palabras que no reconocía. Continuaba petrificado. Era un día importante, no quería fallar.
Había salido de casa decidido. Era muy distinto a otras veces. Esta vez había que ir a votar. Quería ayudar al cambio, a la regeneración que llevan proponiendo desde hace meses. Iba ilusionado, bien erguido, se había despeinado con estilo su pelo corto negro, era un domingo para la ropa de los domingos y las Ray-Ban vintage. Entró seguro en el colegio electoral. Tenía claro en qué mesa le tocaba votar, llevaba ya en la mano su DNI y su tarjeta del censo. Estaba hasta algo emocionado. Solo le faltaba la papeleta. Parecía lo más sencillo, pero al ver aquel improvisado mostrador lleno de nombres y de logotipos que no conocía… no sabía qué hacer. ¿Cuál tenía que coger?
Siguió pensando, había prisa, hasta el veterano policía nacional de la entrada se estaba ya fijando en él. Lo notaba en la manera que movía un poblado bigote degradado en ocre. “Tengo que encontrar mi papeleta”, pensaba. Era un joven de izquierdas, (descartó la del PP y la de Vox) de la nueva izquierda (eliminó al PSOE) o quizá ya no debería llamarlo así porque eso era nombrar a la casta. Le gustaba Podemos (no acaba de encajar con Ciudadanos), creía que podían cambiar las cosas, pero ¿dónde esta su papeleta? No había para las municipales. Entonces se acordó de que el partido de Pablo Iglesias no iba con su marca a los ayuntamientos. ¿Y entonces? ¿En esta ciudad debía coger la papeleta de ‘Ganemos’, la de ‘Sí se puede’, “Somos”? Vio que había otras con nombres todavía más desconocidos. No encontró tampoco a Izquierda Unida, a la que también había valorado votar porque le caía bien el nuevo, Alberto Garzón. ¿Con quién iba IU entonces? Tampoco sabía. Seguía intentando recordar cuando recibió otro fuerte empujón. Un señor canoso y enjuto con un humilde bastón gastado se abría hueco a codazos mientras le decía, “No te lo pienses tanto. Tu vota al PP que los otros nos llevarán a la ruina”. No le contestó.
Sintió otra gota de sudor frío recorriéndole el rostro pálido. “Joder, no quiero equivocarme”. Pensó en cambiar de estrategia. Si sus partidos no aparecían, buscaría por los nombres de los candidatos. Leyó cada reluciente papeleta (todavía olían a tinta) y siguió perdido. Evidementemente ni Pablo Iglesias ni Alberto Garzón figuraban en ninguna de ellas. Los nombres que allí había, las listas a la alcaldía, no los había escuchado en su vida. Ahora sí que no sabía que hacer y era bastante vergonzoso preguntar a otra persona. Creerían que era uno de esos jóvenes apáticos, un “nini” sin interés por la política o un hipster experto en postureo caro de consigna fácil pero vacío de convicciones. Ni hablar. Él estaba comprometido por el cambio, lo había meditado mucho. Simplemente no sabía qué papeleta coger. Se recriminó no haberse informado más, y pensó “¿siempre habrá sido tan difícil ser de izquierdas?”
Entró en pánico. Prefería no votar a dar un voto al rival en una batalla tan reñida con esta. Se dio la vuelta y salió lo más dignamente que pudo del colegio. Estaba disgustado y necesitaba tomar el aire. Le adelantó una cuarentona morena con permanente, estilizada, perfumada, con abrigo de piel, orgullosa y altanera. No dijo nada, pero al recibir el impacto de su mirada fría y desafiante entendió el mensaje: “Aquí vengo de votar a los míos, y van a ganar”. Qué suerte tenía aquella señora conservadora, masculló el joven. Se había rendido, se documentaría mejor la próxima vez. Incluso pensó en llevar una pequeña chuleta en papel arrugado por si le entraban las dudas. “Por un voto no pasa nada” balbuceó resignado.
Se quedó mirando a una chica joven y desgarbada enfundada en un abrigo de Zara que también cerraba la puerta con cara de descomposición. Observó a su alrededor y comprobó que otro chaval de pelirroja barba cuidada y vaqueros grises desgastados estaba apoyado en la valla del colegio intentando tomar el aire con gesto desencajado… Parece que no era el único. “Para nosotros votar no es tan sencillo” pensó. Suspiró profundamente, se encendió un cigarrillo y se fue a casa aliviado.
Originally published at comuniteca.wordpress.com on March 16, 2015.