Anaquel

Fuente

Cayó preso en la misma fantasía onírica de Quijano, que sabía que la vida es sueño. Él era papel y tinta. Era un nítido recuerdo de Funes. Cada pulsión de su corazón le decía que era Raskólnikov, alejó la vista del hacha y recordaba un viaje en el Nautilus. Conocía otras profundidades, pero las había sorteado para encontrarse con su eterna Beatriz en el paraíso. Pronto sentiría el frío de una Dinamarca de la que sería un epigramático príncipe, verdugo y víctima. También la monárquica tentación de ser el ruido y la furia. Todo era deducción y lógica, pensó como un espigado cocainómano ingles y una señora que desde su escritorio asesinó y resolvió más de mil enigmas. Se imaginó pequeño, gris e insignificante, siempre perdido en un orden jerárquico e infinito. Apiló libros sagrados, eran tres, compartían el inicio y un mismo objetivo, el amor. Un punto imperfecto en el cielo lo devolvió al corazón de las tinieblas. Sintió el llamado de Mefistófeles cuando ingresaba en un caballo de madera recostado en un playa. Un pájaro negro comenzó a observarlo desde la lejanía de la ventana, era un cuervo. No tenía que despertarse. Su vida sería el viejo anaquel.