Ayuda, por favor, ayuda

Hoy al levantarme muy temprano de la cama, me di cuenta con susto estrepitoso que mi ojo derecho se había salido de su cavidad orbitaria. Colgaba indoloro y ciego de su nervio llegando hasta la altura de mi barbilla. Di vueltas como un maníaco por la habitación, me miraba al espejo, trataba de acomodarlo a su posición original, pero siempre se salía. Era como si la cavidad a la que pertenecía se hubiera dilatado de tal manera que ya el ojo no encajaba y por esta razón los mismos párpados no ejercían fuerza alguna.

Fui corriendo al hospital general de mi ciudad, llevando el ojo contraído a su cavidad con un pañuelo y así no contaminarlo con el esmog y la chismería. En la recepción del hospital la enfermera encargada jugaba con su celular y sin dejarme decir una palabra me extendió un formulario en blanco.

–Señorita –dije con la voz quebrada–, se me cayó el ojo.

–Y a mí la juventud –respondió sin dirigirme la mirada.

Agarré la hoja y me senté en una de las copiosas sillas que había en la sala de espera. Allí todos tenían un aire de desvelo, que viene recíproco cuando uno está enfermo. Un señor que estaba a la par me miró con curiosidad, le respondí su mirada con una mueca que podría parecer una sonrisa o un insulto.

–¿Y a usted qué le pasa, amigo? –me preguntó el señor.

–Ahorita en la mañana se me cayó el ojo.

–¡Ah! No le creo, ¿le duele?

–La verdad, no, solo es que se me cayó el ojo –aparté la mano que empujaba el ojo y con cuidado lo dejé colgar de su nervio.

–Paisa, no se ve tan mal. Eso, con cinco compresas de agua caliente al día se arregla.

–Claro –no niego que buscaba un poco de lástima, un signo humano, al menos un susurro, aunque fuera de este señor de semblante caído.

–Al menos no es tan malo como una uña encarnada –el señor se acomodó en la silla, se quitó la sandalia y extendió su pie izquierdo al aire, revelando una amalgama espesa de piel, uña y suciedad concentrada en el dedo pulgar– y sabe lo peor de todo esto, que uno queda como pendejo, porque la gente cree que es tan inútil que no se puede cortar ni las uñas de los pies, entonces allí llegan los amigos a joder, la mujer a pegarle cuernos, sus hijos ya no lo respetan…

Me levanté de inmediato y me acerqué a la enfermera que atendía en la recepción. Mientras tanto, el señor seguía vociferando, quejándose con el aire espeso de la sala.

–Enfermera, esto es una emergencia –dije con lágrimas en la garganta.

–¿Le duele?

–¡No!

–Entonces no es emergencia.

–¡Míreme! –le grité y ella apartando su vista del celular me miró extrañada. Acercó su cuerpo hacia mí y me revisó el ojo que colgaba y el nervio que lo sostenía.

–¿Usa mucho la computadora?

–De vez en cuando.

–¡Ah! Entonces debe de ser eso –se volvió a acomodar en su silla, agarró una de las hojas de formulario que tenía en su escritorio y me la extendió. Esta vez no la agarré.

Me di la vuelta, miré una vez más la sala de espera. El señor de la uña encarnada seguía vociferando, a su lado una señora temblaba, detrás una niña lloraba y de un elevador salían cuatro médicos jóvenes. Corrí como un demente a su encuentro con el ojo tambaleándose de arriba abajo, de derecha a izquierda.

–¡Doctores! –grité.

Los cuatro eran jóvenes, con ojeras grandes y cabellos desarreglados, dos mujeres y dos hombres con sus prístinas gabachas blancas. Los cuatro doctores me miraron con mucho interés. Ellos parecían entender el problema, o al menos mirarlo sin mucha dificultad.

–Demasiada presión en el ojo.

–Frustraciones sexuales.

–Alguna alergia congénita.

–¿Usa mucho la computadora o celular? –preguntó la última doctora.

–De vez en cuando –respondí.

Todos asintieron con sus cabezas y susurraron algo que yo no pude entender. La última doctora que me había hecho la pregunta se alejó del grupo para ir hacia la recepcionista. Habló con ella un rato, mientras los demás médicos seguían cuchicheando. La doctora regresó de la recepción ofreciéndome un formulario en blanco. Me sonrió y se unió al grupo de médicos, que al unírseles se fueron caminando como un pequeño grupo de gansos fuera del hospital.

Me volví a sentar en las sillas de la recepción, junto al señor de la uña encarnada y con el formulario vacío en la mano. Inmediatamente detuvo su diatriba me miró de soslayo como si no me reconociera y bajó el pie al suelo.

–¿Qué le dijeron los doctores?

Le respondí con una mirada al vacío. ¿Qué otra mirada puede existir en un momento así? Sentí la pesadez del aire, la presión atmosférica del desvelo, la enfermedad y la demacración que vienen inherentes en una sala de espera de un hospital público.

–Hágame caso, compa, compresas de agua caliente y ya –no pude más. Boté la hoja de formulario al suelo, sujeté mi ojo y lo metí en su cavidad mientras lo empujaba con el pañuelo. Me levanté, el viejo me miró por un momento– es lo mejor que puede hacer.

–Gracias.

–Tranquilo, además ya le dije, no importa qué tan mal esté, nada va a ser peor que tener una uña encarnada –el viejo estiró su pie izquierdo y descubrió una vez más la amalgama de piel, uña y suciedad– uno queda como pendejo, porque la gente cree que es tan inútil que no se puede cortar ni las uñas de los pies, entonces allí llegan los amigos a joder, la mujer a pegarle cuernos, los hijos que no lo respetan…

Me alejé de él, su diatriba no iba a terminar en poco y yo estaba a punto de sucumbir en aquel aire.

Esa misma noche probé el remedio de las compresas de agua caliente. Al principio no miraba cambios pero después de la quinta, noté que mis párpados se ponían un poco firmes. Lo suficiente como para colocar el ojo, acostarme en mi cama y agarrar a la media hora una sexta compresa de agua caliente y colocármela en el ojo. Ya en ese momento comencé a recuperar la vista del ojo, es algo extraño, es como ver todo el mundo a media luz.

Me quedé un tiempo así, esperando recordar algún remedio para la uña encarnada, que ya hablando seriamente, sí es peor que un ojo colgando hasta la barbilla.