De cara con la muerte

Ya no tengo noción del tiempo, no sé si es de día o es de noche, para mí es igual. Te acostumbras a toda esta inmundicia, a toda esta muerte, a todo este infierno.

Ayer murió mi mejor amigo. Vivimos tantas cosas desde su niñez hasta esta guerra que pocos entendemos; ya realmente no diferencio el bien del mal. Respiro, pero dentro de mí estoy muerto, miro hacia el mar de balas que me esperan, fuego de artillería y millones de cuchillos afilados para la destrucción. Aquel que está a mi lado es más que un amigo, es un hermano, y siempre estás luchando por estar junto a ellos en la peor de las batallas. Lo único que nos queda es la hermandad entre nosotros. Eso es lo único que la muerte no nos puede quitar.

Es algo indescriptible lo que puede pasar cuando un amigo de tantas batallas muere. Es un sacrificio tan grande, que te sientes mal por que no hayas sido tú. Ojalá hubiera muerto ayer, así no sentiría tanto dolor como el que ahora siento. Cuando miras la muerte a los ojos te das cuenta que todo es un simple momento —vivo, muerto, muerto, vivo — . Sé que cada disparo me aleja más de mi madre, de mi hogar, de la tarta de chocolate que hacía mi tía, y de aquel arroyo que escarpa la roca justo al lado de mi casa, todo es tan bello y nostálgico. Dentro de mí llevo los mejores recuerdos, por eso sé que hoy es mi último día en la Tierra, este es mi último testimonio de mi existencia, pero moriré con mis amigos, con mis hermanos…