Señoritadestrucción

Señoritadestrucción despierta en medio de un cuarto desconocido. Sus ojos se apoderan rápidamente de las paredes, del foco, de los libros y de cada mancha. Se siente segura y dueña de él. Aparecen cachos de realidad en su mente del día anterior. Una mujer que la besa, gente riendo, una riña, luz morada dentro de un auto, ella orinando entre dos carros, una mano tocándole la entrepierna. Todos abrazados, otra riña, dos hombres llorando, una mujer vomitando. Para Señoritadestrucción la noche anterior valió la pena. Se sintió viva. Vio muchos rostros felices. Reían y gritaban por toda la calle, todos embriagados de vida.

El día se comienza a desangrar. Se asoma por la ventana y el sol parece un cigarro encendido que la mira de frente. La calle le es desconocida y eso la pone de buen humor. Siente sus labios resecos y heridos. Se acaricia las piernas con las sabanas, sus ingles están doloridas. Se viste frente al espejo y encuentra una ligera marca en uno de sus muslos. La cama está vacía; debajo de ella busca sus tenis. Aparecen en la puerta perfectamente acomodados, en uno encuentra un hoja de árbol que no reconoce y en la punta del otro una nota: «benditas las mentiras».

Señoritadestrucción saca su labial rojo. La resaca le impide encontrar la respuesta a la nota. En el cristal de la ventana dibuja un señor fumando un cigarro. «Este es el sol», piensa en voz alta. En el espejo del baño escribe la frase «abre los ojos para mirar por los cristales» y continua en el espejo del cuarto «la noche y sus bellas muecas».

Señoritadestrucción sale del departamento con la hoja de árbol, la nota y un libro para leer en el camino. La calle no tiene más alumbrado que el foco de una tienda de abarrotes, el sol y la luna en agonía.

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