Una historia sin título aparente

Imagen de Ludde Lorentz | Unsplash

No recuerdo cuándo fue la última vez que me senté frente a un ordenador y comencé a desbordar «palabras en papel», me atrevería a decir que hace algunos meses, quizás hasta años. Mi mente se ha vuelto un enjambre de demonios que me acechan cuando me siento en soledad — lo cual ocurre más veces de las que en realidad quisiera — , no consigo hacer que se callen, siempre me muestran cosas que no quiero, cosas que deseo olvidar y no puedo, se han convertido en pequeños tormentos, ¿¡es acaso eso lo que soy!?, una nada, una coraza con pensamientos que a la vista de otros serían tan incomprendidos como muchas veces lo son para mí...

Empecé con una idea que ya se perdió, que ya olvidé o quizás por ser tan insignificante fue a dar al final del océano en el que se han convertido mis pensamientos, ya no tengo poder sobre ellos, no me dejan en paz, me atormentan… Quiero volver a sonreír, lo que consigo por ello es una simple mueca, no tengo motivos para sonreír, solo sé que me encuentro a la deriva en un modo inercia que detesto y lo peor de todo, lo más irónico, es que yo mismo me introduje en este estado hace tanto tiempo que ya no recuerdo dónde está la llave que me libera.

Llevo unos pocos párrafos, mis dedos desean seguir escribiendo pero mi mente no les da las palabras, solo una sensación que me aburre, que me impulsa a borrar todo y seguir haciendo nada. ¿Qué demonios es lo que quiero? ¡No lo sé!, me frustra, me encuentro buscando algo que ni siquiera sé que es. ¡Maldición!

Logro sincronizar mis pensamientos cuando estoy en la ducha, antes manejaba mejor la presión, lo sé, pero me encuentro dañado, no he podido arreglarme. Ellos no se callan.

Quiero salir de todo esto, me he convertido en un espectador de mi propia vida, las cosas pasan frente a mis ojos sin la mínima pizca de emoción en mí, me cansa fingir, me siento exhausto y no logro descansar, hace unos meses atrás en sueños lo vi, se erizaron mis vellos y solo recuerdo «no te tengo miedo», pero sus ojos, esos ojos penetrantes, fríos, blancos que todo lo ven, que todo lo saben… No puedo conseguir que se callen.

Desde que recuerdo no dejo de pensar en ella. ¡Maldición!, lo fue todo para mí y lo único que recuerdo son unas palabras distantes, y una espalda que se aleja, perdí todo, lo había apostado todo y perdí… Es eso la vida ¿no?, una apuesta, ganas un momento de felicidad pero lo pones todo en juego sin saber que al perder el daño es casi irreparable. He vagando tanto en el mar de mis pensamientos, de mi vida, que no sé en qué lugar me encuentro, quiero seguir, pero esos brazos fríos me han alcanzado y no me dejan ir, me quieren ahí con ellos, pero no me siento bien, estoy muy solo y cada vez es mayor la sensación, sentirse perdido y sin rumbo, sentirse así, como yo, y, ellos no se callan.

Ella los silenciaba, incluso los podía aniquilar, dormía con alegría, despertaba con felicidad, ahora soy un hombre de insomnios, que vive dormido, que sueña despierto, la vida es una brisa que no logro sentir, me la estoy perdiendo, y la ironía es, la verdad es, que no me importa.
Ya nada me importa, ni la lluvia que roza mi cara cuando camino bajo ella, ni lograr o no conciliar el sueño por noches o días enteros, ni pensar en ella tanto que me enferma, que me duele, estar varado en el mar de mis pensamientos en contra de mi voluntad pero sin forzar lo inevitable. 
Estoy perdido en un mundo tan grande, tan diferente, un mundo que era mío, que yo construí y ahora desconozco… Hay personas en él que hablan y hablan. ¡Maldición! ¡Quiero que se callen!

Quiero morir y volver a empezar, pero eso para un humano es imposible, y solo la idea es retorcidamente inaceptable.

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