¿Un campamento de agilidad? ¡Deme dos!

Breves palabras para describir todo lo que viví y sentí en mi primer Agile Open Camp.

Estaba tranquilo de vacaciones, intentando descomprimir un poco después de días de estrés propios de un backlog ambicioso.

De repente, en medio de mi etapa de relajación -y aprovechando la buena conexión a internet-, me puse a chequear el mail del trabajo. Allí veo un correo de nuestra referente de “capacitaciones y felicidad” con destino a todos. El motivo era curioso: nos invitaba a un Agile Open Camp (AOC), donde redbee podía formar parte enviando representantes.

Me llamó poderosamente la atención y lo primero que pensé es “se van a juntar en Bariloche tres días para hablar de agilidad, esto debe ser una locura”. Mi segunda reacción espontánea fue ingresar al link en cuestión para conocer un poco más.

Allí pedían completar un formulario (bastante extraño por cierto), donde hacían distintas preguntas, pedían redactar una pequeña biografía y comentar algunas cuestiones sobre las expectativas del AOC, explicar la relación que teníamos con la agilidad, el por qué me deberían elegir y qué podría aportar al evento.

En este punto estaba totalmente desconcertado, pero, al mismo tiempo, muy motivado. Si bien las preguntas eran bien personales, podías completarlas libremente. Respiré hondo y comencé a escribir con total sinceridad mis razones para participar. Cuando terminé me olvidé del tema por algunos meses.

Cuando empezó la selección de invitados, me llamó la atención el formato. Tenía una estructura “árbol”, donde cada miembro seleccionado podía elegir a dos personas y así hasta llegar al cupo de 77. Resulté elegido por Majo, una ex-compañera con quien había trabajado en una ONG hace tiempo y su simple selección ya me fascinó.

Los seis de redbee que viajamos.

Pasaron los días y, con la fecha marcada en el calendario, nos fuimos organizando para la experiencia. Llegado el momento, nos dimos cuenta de que éramos seis las personas de redbee que participaríamos, todos elegidos por personas de otros lugares. Con el grupo armado, se organizaron los pasajes con las referencias y recomendaciones de los organizadores y salimos para Bariloche. Empezaba la aventura.

Llegamos al campamento un miércoles a las ocho de la noche luego de un viaje largo, cargado de entusiasmo. Allí se reencontró mucha gente que hacía mucho tiempo no se veía. Charla va, charla viene, todos nos pusimos al día.

El hotel donde nos hospedamos, maravilloso. El lugar que nos rodeaba,indescriptible. Sin dudas, la organización se tomó muy en serio la actividad, especialmente porque ellos mismos participaban de la iniciativa como uno más y no como un grupo organizador externo.

En un primer momento, costó un poco entrar en ritmo después del viaje y los reencuentros, pero cuando llegó el momento de ir a las habitaciones estábamos alocados, conociendo a los compañeros de cuarto. El paso siguiente fue la primera cena todos juntos.

En este punto, algo maravillado y también desconcertado por lo que estaba viviendo, me pregunté: “¿qué hago acá? ¿dónde me metí?”. Estaba aturdido por el movimiento y creo que tenía expectativas de otro tipo de organización, especialmente en un campamento de agilidad.

Esa parte me chocó hasta que empezaron los anuncios de cómo serían las actividades.

“La agenda es que no hay agenda”, explicaron los organizadores. Se me encendió una luz de alarma.

Paso siguiente, empezaron a describir cómo serían algunas actividades: caminatas, reuniones y open spaces estaban disponibles, pero nada con formato “obligatorio”. El conflicto interno me seguía enviando notificaciones.

Creo que podría contar no menos de 30 anécdotas donde no entendía qué estaba pasando del todo, o donde los conflictos internos eran muchos (cosa que no vale la pena enumerarlas ahora, quizá una futura entrada con más detalles). Algunas eran cómicas, otras no tanto, pero voy a centrarme en los conceptos que me fueron produciendo estos mal llamados “conflictos”.

El jueves por la mañana, con la propuesta de hacer una caminata de 40 minutos hasta un lugar del cerro Tronador y, casi sin cuestionarlo, me levanté, preparé todo y me alisté para ir. En el trayecto se dieron todo tipo de conversaciones con compañeros del campamento. En general, de lo más variadas y todas con gente nueva, especialmente sobre su trabajo, sus objetivos y también sus inquietudes personales.

Empezamos con algunas actividades para conocernos más. Para eso usamos mapas personales donde describimos expectativas y cuestiones que nos inspiran. Luego, para agruparnos debíamos “actuar” como el animal que nos había tocado. ¿Cuál era el mío? Un burro. Si, un burro. Ahí me me resultó embarazoso tener que actuar. No sabía qué hacer ni si me iban a juzgar.

Sin embargo, cuando vi que todos estaban distendidos, conociéndose y con un apertura completa, me sentí más que cómodo para continuar con la actividad.

Para cuando terminó pensé “esto me parecía una bobada, pero me doy cuenta ahora que mi arco de personas se amplió y ahora conozco más gente con la que puedo conversar” . Este descubrimiento hizo un click adentro mío.

Ahora no solo podía estar con el grupo de redbee con las que fui (desconocidos también en muchos aspectos), sino que podía hablar con muchos otros. Lo que empezó siendo una simple caminata a un cerro terminó siendo un encuentro, un generador de confianza para salir de un lugar introvertido y aprovechar el campamento desde otros lugares y facetas, con el común denominador de lo que siempre fue, es y será el núcleo central de cualquier tipo de organización: las personas.

En los días siguientes hicimos algunos open spaces y charlas relámpagos, donde se tocaron temas de educación y feminismo, entre otros. Luego de estos encuentros se abrían espacios de reflexión -sobre todo de feminismo-, donde muchas mujeres pudieron hablar sobre este concepto, lo que sufren a diario, tanto en cuestiones personales como laborales.

Esta parte de introspección me pareció importante, porque me di cuenta que no entendía nada del tema, que los mensajes masivos que se pueden ser erróneos o confusos. Ahí sentí que tocó cada fibra de mi ser como padre, marido, hermano e hijo de mujeres.

Al final del campamento, pude rescatar algo que ya había podido empezar a vislumbrar desde las primeras actividades: la importancia de la calidad y calidez humana. El campamento me enseñó, desde un lugar inesperado, que cruzarse con “conflictos” enseña a pensar desde un lugar diferente, que muestra que hay muchas personas que quieren generar cambios en muchos ámbitos.

Así terminamos. Nótese la diferencia con la primera foto de los seis.

Más adelante nos tomaremos un rato para explicar al detalle algunas de las actividades que vivimos y que pudimos rescatar sobre la agilidad en sí. Pero la experiencia me enseñó y me hizo sentir algo que una compañera me dijo hace unos meses atrás:

“¿Que es la agilidad para vos?”, me preguntó Renata.

“Un marco de trabajo orientado a las personas, ¿para vos?”, contesté.

“Una forma de ser y vivir”, me respondió.

En aquel momento no llegué a entender lo que me quiso decir. Pero luego de estos días en Bariloche aprendí a sentir la agilidad en mi forma de actuar.

Así que, querida y querido lector, la experiencia es altamente recomendable. Si pueden participen, no lo duden, vale la pena.