Meteorito

La policía acordona los alrededores de una pequeña y escondida plaza de la ciudad. Los vecinos, curiosos, se arremolinan alrededor del cordón. En el centro de la plaza hay dos agentes mirando el cráter de lo que parece haber sido no hace mucho una bonita fuente de granito. Otra agente se acerca tras ellos acompañada por un hombre con un traje protector blanco.
 — Agente Ricard, Agente Férguson, ¿qué tenemos aquí?
 — Hola Sargento Gidel, parece que algo ha caído desde el cielo — dice Ricard en tono cansado.
Gidel se acerca al borde del cráter y cruza los brazos mientras lanza un suspiro de hastío. Mira a su interior y después mira hacia la parte superior de los edificios que rodean la plaza.
 — «Algo», claro.
Gidel se quita las gafas de sol que lleva puestas y vuelve a mirar al interior del cráter.
 — Algo — musita — … Señor Dapkus, intente averiguar qué ha sido ese algo.
El hombre del traje de protección blanco asiente y se empieza a adentrar en el interior del cráter.
Férguson saca una cajetilla de tabaco y le da unos golpes para sacar un cigarrillo de ella. Coge el cigarro con la boca y vuelve a dar unos golpes para hacer asomar otro por su abertura.
 — ¿Un cigarrillo, sargento? — dice mientras tiende la cajetilla a Gidel.
Gidel asiente y coge el cigarro que sobresale. Tras sostenerlo con sus labios, saca un mechero del bolsillo de su camisa y lo enciende ignorando a Férguson que en ese momento le ofrecía fuego del suyo. Férguson cierra su mechero y se lo guarda sin importarle demasiado el gesto de la sargento. Los tres policías empiezan a mirar hacia arriba oteando la parte superior de los edificios.
 — ¿Habéis visto algún indicio de la procedencia del, llamémosle, meteorito? — dice Gidel.
 — Hay un agente por azotea en este momento, en breve lo sabremos — contesta Ricard.
 — Bien, esto se está llenando de curiosos y quiero saber si no hay peligro para abrir el paso lo antes posible.
Gidel se gira hacia Dapkus.
 — Señor Dapkus, ¿es seguro el cráter? — dice.
Dapkus tiene en la mano un pequeño artefacto que emite unos sonidos secos.
 — Me temo que no, señora, hay radiación residual, no es perjudicial a este nivel, aunque el protocolo de seguridad indica que está dentro del nivel establecido para una contención preventiva — contesta.
 — ¡No me jodas, Dapkus! — exclama enfadada Gidel.
 — Lo siento, de verdad que lo siento — dice Dapkus como si él hubiera sido el causante de la radiación.
Gidel tira el cigarro al suelo y lo apaga con saña usando su pie.
 — Ricard, llama a los de contención — dice.
 — Lo he hecho en cuanto he escuchado al forense, señora — contesta Ricard.
 — Bien, cuanto antes nos quitemos esta mierda, mejor — dice — . Estoy hasta el coño de los putos «meteoritos». Solo dan trabajo inútil.
Férguson y Ricard agachan la cabeza y sacan sus walkies para prestarles atención; mientras, Dapkus ha salido del cráter.
 — Señora, voy a descontaminarme — dice.
 — Sí, hazlo, no vaya a ser que encima tengamos que dar un parte médico y todo — dice la sargento — . Y mañana quiero que te hagas las pruebas de radiación.
Dapkus, que ya se dirigía hacia la furgoneta del forense, gira la cabeza para mirar a la sargento.
 — Si, señora.
Gidel se gira a los agentes con los brazos en jarra.
 — Decid a los de las azoteas que si encuentran algo que informen pero que no se les ocurra acercarse.
Férguson deja el cigarro para usar el walkie y dar el aviso.
 — El día no podía empezar mejor — murmura Gidel malhumorada.
 — ¡¿Sargento, qué puede contarnos de este incidente?! — exclama de lejos un hombre situado tras uno de los cordones policiales. Porta una cámara al cuello y lleva un bloc en la mano.
 — Joder, el que faltaba — comenta Gidel a Ricard — ¡Señor Somborn, si ha venido a alegrarme el día lleva demasiada ropa!
 — ¡Sargento, que sepa que podría denunciarla por acoso! — dice Somborn.
 — ¡Al menos enséñame ese torso — sonríe Gidel — , que me han comentado que es una delicia!
 — ¡¿Va a contestar a la pregunta?! — dice Somborn.
 — ¡Ha sido otro caso de hundimiento del suelo! — exclama Gidel.
 — ¡Están habiendo muchos estos días! — contesta Somborn.
Gidel estira los brazos mientras encoge los hombros.
 — ¡¿Qué quiere que le diga?; la ciudad es vieja, amigo! — dice.
Gidel se vuelve a hablar con Férguson.
 — ¡Sargento, y si es otro hundimiento, ¿Por qué miran hacia el cielo y tiene agentes en las azoteas?! — pregunta Somborn.
Gidel mira de reojo a Somborn.
 — El idiota de Somborn — comenta.
 — Se tenía que haber acercado, sargento, esos comentarios nos pueden costar una denuncia — dice Férguson.
 — No te preocupes, hay confianza — dice Gidel.
Gidel saca su teléfono móvil y mira el reloj del aparato.
 — Joder, ¿es que no va a llegar nunca la furgoneta de contención?