“¿Por qué no atrapás libros o qué, en vez de Pokémon?”

La autora con tres de sus Pokémon favoritos. Ilustración de Nabetse Zitro.

Desde que Pokémon Go se habilitó para nuestro país, lo hemos visto hasta el cansancio: memes, post y comentarios reclamando a los jugadores invertir su tiempo de ocio en actividades más “productivas”. Las voces de alarma ante la aplicación que “deja bobos” a los jóvenes se levantan desde todos los frentes; tanto los mayores como aquellos de nuestras respectivas generaciones (e incluso menores, en mi caso) que no comparten el interés por el juego, se indignan ante el hecho de que aquellos que lo jugamos “andemos corriendo detrás de criaturas que no existen” cuando podríamos estar, por ejemplo, leyendo un libro.

Y es en este preciso punto donde vale la pena detenernos un instante para señalar la contradicción que subyace tras esa recomendación.

Una grandísima parte de esos libros que nos recomiendan “atrapar” pertenece a la categoría de ficción, lo que de nuevo nos deja en la situación de abstraernos para seguir las aventuras de unos seres que tampoco existen más allá del papel o la pantalla que contienen las palabras que construyen su realidad.

Y ya sea en el caso de un juego o un libro, eso es algo genial.

La función de la ficción en la vida humana

Numerosas obras analizan hoy en día la importancia de la ficción en el desarrollo y la evolución del ser humano, apoyándose en las investigaciones de la neurociencia y la luz que esta arroja sobre el funcionamiento de nuestro cerebro (por ejemplo: “Leer la mente. El cerebro y el arte de la ficción”, del mexicano Jorge Volpi o “Wired for Story: The Writer’s Guide to Using Brain Science to Hook Readers from the Very First Sentence” de la estadounidense Lisa Cron). Desde el descubrimiento de las “neuronas espejo” y su capacidad de hacernos experimentar como reales situaciones, experiencias y emociones aun cuando sabemos que no lo son, la importancia de la ficción va adquiriendo una certeza científica.

Desde su aparición en los albores del tiempo, con las historias, mitos y leyendas narrados alrededor de una hoguera, hasta los complejos videojuegos de realidad virtual que van desarrollándose en la actualidad, la ficción ha cumplido con la valiosa misión de permitirnos ampliar nuestras experiencias, adquiriendo conocimientos que no nos serían accesibles de otro modo, o que serían de muy difícil acceso, dadas nuestras limitaciones de seres físicos y temporales.

“Las historias nos permiten simular intensas experiencias sin tener que atravesarlas de verdad.”, nos dice Lisa Cron en “Wired for Story”.

“Esto era un asunto de vida o muerte en la Edad de Piedra, donde si esperabas que solo la experiencia te enseñara que ese sonido entre los arbustos era un león buscando su almuerzo, tú terminarías siendo el plato principal. Y es aún más crucial ahora, porque una vez que dominamos el mundo físico, nuestro cerebro evolucionó para afrontar algo todavía más complicado: el reino de lo social. Las historias evolucionaron como una manera de explorar nuestra propia mente y la de los otros, como una suerte de ensayo para el futuro”.
La autora y uno de sus efímeros momentos como líder de gimnasio.

Por esto las historias —las ficciones — han sido y siguen siendo fundamentales para nuestro desarrollo como seres humanos.

Aventuras y empatía

Vivimos en una época en la cual las fronteras tienden a diluirse. Así como la distancia deja de existir a la hora de enterarnos inmediatamente del triunfo de un magnífico deportista o de los horrores de un atentado ocurrido en otro continente, la ficción encuentra numerosos nuevos vehículos a través de los cuales seguir cumpliendo con su función esencial.

La que percibe los efectos de una relación abusiva al seguir las desventuras del Joker y de Harley Quinn, el que recorre los áridos paisajes del Viejo Oeste norteamericano en Red Dead Redemption o aquellos capaces de comprender el terror de tres niños que se enfrentan a lo desconocido en Stranger Things, están viviendo “experiencias prestadas” que, sin que uno se dé cuenta en la mayoría de los casos, amplían el propio mundo y el conocimiento con que contamos para desenvolvernos en él, tal como lo vienen haciendo desde hace siglos los libros.

Creer que existe una incompatibilidad entre la lectura y otras formas de entretenimiento no es sino el síntoma de la falsa intelectualidad de quien se siente superior a los demás por algo tan personal como el uso que hace de su tiempo de ocio. Dado que la ficción es una herramienta fundamental para nuestro cerebro a la hora de comprender a los demás, una de sus consecuencias más importantes es la empatía: esa capacidad de ver al otro como un verdadero ser humano, con su individualidad y sus elecciones, las cuales — siempre que no dañen al prójimo — merecen ser respetadas y valoradas.

Nabetse Zitro y uno de los Psyduck que capturó el sábado en el Centro.

Confieso que me cuesta recordar cuando fue la última vez que me lancé a caminar por las calles de Asunción como si fuera una turista en mi propia ciudad. El sábado lo hice, en compañía de mi novio y otro amigo, luego de participar del Drink and Draw y antes de la reunión de nuestro grupo de lectura. Y fue un placer ver el centro de la ciudad tomado por gente en el mismo plan que nosotros, así como por aquellos que fueron a escuchar Jazz a la Calle o a probar las tentadoras minutas que ofrecían los numerosos stands ubicados sobre Palma.

Pokémon Go no es más ni menos que una propuesta de ficción capaz de ofrecer a los jóvenes (y no tan jóvenes) la posibilidad de crear su propia aventura — como proponían aquellos libros que formaron parte de la infancia de tantos de nosotros — en ciudades que muchas veces se les presentan hurañas y parcas en opciones de ocio de calidad. Soltar críticas o burlas hacia quienes disfrutan de un tipo de entretenimiento — sano y hasta inocente — no solo muestra la falta de empatía de quienes lo hacen, sino que pone en evidencia que no han logrado captar el mensaje de esos libros que con tanto ardor recomiendan “atrapar”.

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