El viaje: “Resiste” en Latinoamérica

Esto empezó en abril del 2016. Daniela y yo estábamos por empezar otro año como profesoras en la escuela. En la primera reunión del profesorado, lado al lado, comenzó a gestarse, sin que lo supiéramos, este colectivo que hoy llamamos Resiste. Yo había estado de vacaciones en Inglaterra donde el feminismo parecía estar en boca de todxs. Me compré un libro para adolescentes que explicaba el concepto de performatividad de Butler, el siguiente año lectivo el primer tema del programa de estudios de mi materia era Lengua y género. A medida que empecé a leer más y más autoras feministas, empecé a darme cuenta de que algunas cosas, constitutivas de mi identidad, eran profundamente machistas. Creo que en ese sentido hubo una ruptura, que fue seguida por una emoción de haber descubierto una verdad de algún tipo. Así que, atravesada por todo esto, me encontré sentada en el auditorio de la escuela junto a Daniela. Empezó casi de inmediato una conversación sobre feminismo, nos emocionamos, yo saqué mi libro de la mochila. “Tenemos que hacer algo”, “Sí, no sé, algo así como un colectivo”.

Yo empecé a abordar el tema de Lengua y género con mis alumnos brillantes. Daniela y yo tuvimos la suerte de conocer estudiantes sensacionales en esa escuela. Los chicos eran curiosos, perspicaces, inteligentes y tenían un agudo sentido del humor. Junto a ellos empecé a engancharme con el tema de Lengua y género, teníamos discusiones y debates y hacíamos mucho análisis del discurso. Vimos Persépolis y vimos Mad Men. Yo empecé a utilizar el plural femenino para referirme al grupo como un experimento. En fin, nos la pasamos genial. Una de mis estudiantes, que, adivinen, se llama Daniella, empezó a hacer un documental sobre las construcciones de la femeneidad de las estudiantes y las profesoras del colegio.

De todas formas, debo decir que no todo era genial en la escuela. Fue un año difícil para Daniela y para mí. Sentíamos que no teníamos contención en la escuela y empezamos a generar un espacio de apoyo entre las dos, nos hicimos muy amigas. Nos empezamos a reunir en cafeterías y en casa para acompañarnos a planificar nuestras clases, a calificar, a desahogarnos por las cosas que nos pasaban día a día en el aula. Las dos establecimos vínculos afectivos y estrechos con nuestros alumnos y compartíamos dos grupos de clase, con el tiempo algunos de esxs chicxs también se convirtieron en amigos. Las crisis en los salones nos llegaban cada tanto, y no sé cómo lo hubiéramos hecho sin la compañía de la otra. Michelle, otra profesora amiga, también fue clave en esta red. Entre las tres compartíamos una cafetera que estaba en mi salón, se convirtió en la excusa perfecta para visitarnos, para estar juntas en una escuela que incentivaba el individualismo. Reunirnos en los salones de clase estaba mal visto, estar presente en la clase de otra estaba prohibido.

A lo largo del año fuimos afianzando nuestra amistad y en octubre, cuando el programa internacional se estaba terminando nos animamos a armar un Taller de género. Ese año, juntas, practicamos biodanza, exploramos la medicina ancestral, tomamos clases de arte, viajamos, tomamos un taller de canto con Mariela Condo, nos divertimos un montón y también trabajamos mucho. Tuvimos profundos cuestionamientos identitarios. Creo que todas esas cosas fueron hilando nuestro taller. Sentíamos la necesidad de crear un espacio de contención para nosotras en la escuela. Se nos ocurrió que quizás las otras chicas, nuestras estudiantes, también podrían estar necesitando lo mismo.

Lo pensamos como una especie de círculo de mujeres, en el sentido de que sería un espacio cargado de afectividad, de contención, de paz. En el primer taller recibimos a las chicas en una ronda y en el medio pusimos una canasta con flores, ramas y semillas que recogimos de la escuela (idea Waldorf, gracias Martu). Cada una creó su autorretrato con los materiales que preparamos. Nos presentamos. Nos abrazamos, nos despedimos. En otro encuentro, en parejas, las chicas se tejieron pulseras la una a la otra mientras se contaban algo sobre alguna mujer importante en su vida. Otros días escuchamos canciones como esta, bailamos Queen, vimos performances, actuamos situaciones cotidianas y personales de violencia, leímos a Chimamanda Ngozi Adiche. Pero lo más importante es que en cada encuentro cada chica se sintió querida, segura y acompañada por otras chicas.

En un video que les pedimos a las chicas que hagan contando su experiencia en el taller, Daniela J (sí, todas nos llamamos Daniela en este post), dijo “Éramos chicas que recién nos acabábamos de conocer y entramos en tanta confianza. Esa fue una de las cosas que más me impactó del taller. (…) Sí habían mujeres que estaban ahí para ayudarte, para escucharte, sin burlarse de ti y ahí pude encontrar esas amigas, que fue tan loco, porque las veía pasar en el colegio casi todos los días, de diferentes cursos y ni siquiera sabía sus nombres pero de la nada podíamos ir al taller, podíamos hablar de nuestras experiencias, de las cosas que nos habían pasado como mujeres, que teníamos muchas en cosas en común (…) Yo me podía sentir en confianza, libre, para bailar o para poder expresarme, creo que hasta una vez lloré”.

Nuestro taller de género terminó con una petición a la escuela sobre el uso obligatorio de la falda por las chicas, que fue rechazada. #Chicasconpantalones no se hizo realidad, pero Doménica,una de las participantes del taller, se llevó la experiencia de liderar una acción política. Las vacaciones llegaron, algunas de nuestras estudiantes se graduaron y nosotras salimos de la escuela.

Cuando todavía estábamos dando clases, un día en un recreo, en el salón de Daniela, empezamos a hablar de la posibilidad de hacer un #Edutrip. Soñamos con viajar por Latinoamérica visitando escuelas de educación alternativa. Hoy, ya fuera de la escuela y algunos meses después, nos encontramos alistando las maletas, aunque el proyecto ha cambiado. Ya no queremos ver escuelas, ahora nos interesa observar experiencias educativas en un sentido más amplio. No queremos ajustarnos a lo escolar. Además queremos dar nuestro taller de género con chicas de otros países y documentar sus voces, sus intereses, sus problemáticas en torno al género.

La ruta arranca en Colombia, aunque ya hicimos un primer taller en Quito en La Casa Catapulta con las chicas con las que trabaja la Tía Gloria del movimiento Mujeres de Frente. Stay tuned porque pronto escribiremos sobre nuestro viaje a Quito. Tomamos un taller sobre Investigación Pedagógica Basada en las Artes (Ludomentis) y observamos la escuela popular feminista Mujeres de Frente. Además, nos hospedamos en la Pacha Queer, donde los beibis nos volaron la cabeza, haciendo que el concepto de género explotara en mil pedazos y nos mostraron que una vida fuera del sistema es posible si hay amor y autogestión.

El viaje empieza pronto y nos espera una experiencia que probablemente va a desbordarnos. Produciremos contenido sobre nuestro viaje para los lectores que quieran acompañarnos en esta aventura latinoamericana, donde se mezclarán aprendizajes personales y derivas sobre la educación, la juventud, la etnografía, el feminismo, el quehacer de las maestras y la vida.

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