Debate político y redes sociales en Cuba: Proximidades y encontronazos

Las redes sociales en Internet son un escenario de participación política relativamente nuevo y creciente, que en Cuba complementa las opciones, no pocas veces demasiado formales o uniformes, que ya teníamos para el intercambio de ideas.

Autor: Francisco Rodríguez Cruz

No es frecuente, pero todavía ocurre, que alguien me pretenda cuestionar la abigarrada y aparentemente caótica filiación política de mis amistades en Facebook, o la estrategia de moderación de comentarios en mi blog www.paquitoeldecuba.com. La respuesta que doy casi siempre es la misma: para intercambiar con correligionarios ya tengo suficientes espacios, me interesa debatir y conocer otros puntos de vista.

Acudo a este ejemplo personal para graficar una realidad cada vez más evidente. Las redes sociales en Internet son un escenario de participación política relativamente nuevo y creciente, que en Cuba complementa las opciones, no pocas veces demasiado formales o uniformes, que ya teníamos para el intercambio de ideas.

No es un secreto que con independencia de la extroversión y espontaneidad con que cubanas y cubanos ventilamos cualquier aspecto económico, social o político de la vida cotidiana, los foros específicos para esa discusión — incluyendo a las organizaciones políticas, estudiantiles, profesionales y de masas — pueden llegar a resultar bastante reacios o herméticos a la hora de canalizar o reflejar en público la natural diversidad de pensamientos que existe en su seno.

Ante ese hecho, las redes sociales parecerían ser en el contexto cubano una alternativa mucho más flexible, horizontal y visible para la confrontación directa entre diferentes posturas políticas. Pero ojo. Tampoco pequemos de ingenuidad.

¿Bloquear o aprender a aceptar? La asimetría es la primera y principal falencia que yo identificaría en ese estado ideal de diálogo participativo y democrático que las redes sociales en Internet quieren aparentar (y en cierta medida consiguen).

En la propia naturaleza de su funcionamiento predominan los intereses y la ideología del capital y del sistema que los representa: el capitalismo. Podemos o no percatarnos, ser o no más sensibles o conscientes de la manipulación que como tendencia nos proponen, pero constituye un elemento que no deberíamos desconocer.

La publicidad, el consumismo, la violencia, el individualismo, son móviles que desde sus entrañas — ocultas o no — impulsan a las redes. Por supuesto que es posible tener un posicionamiento crítico, político, frente a esas propuestas, e incluso hacerles oposición con otros valores que pretenderíamos más cercanos a la sociedad cubana, como pueden ser el humanismo, la solidaridad, el altruismo y la equidad.

Pero ello implica, sin dudas, un entrenamiento intenso y profundo en el arte de hacer e incidir en política. Y aquí viene otra desventaja clave para nuestra gente, más allá incluso de cualquier consideración generacional o de otra índole: la poca práctica cívica que tenemos de debate político, y yo añadiría que de casi cualquier tipo de debate.

Poner de acuerdo o hallar un consenso entre más de dos personas puede resultar algo complicado en nuestra vida cotidiana. Todavía nos resulta muy difícil escuchar y respetar un criterio distinto al que defendemos. En consecuencia, todavía en medio de un presunto diálogo en las redes sociales pueden abundar las reacciones violentas, las ofensas y las descalificaciones, y en última instancia, nos es más fácil bloquear, eliminar, desaparecer a la otra persona de nuestros contactos, que intentar razonar o aceptar el desacuerdo.

Crímenes de lesa cordialidad

Hay prácticas concretas en el manejo de las redes sociales que favorecen o dificultan el debate político entre varias personas o grupos de ellas. Sin pretender hacer un recetario, porque cada quien construye su ciberespacio según prioridades e intereses, me arriesgaría a comentar algunas variantes de acuerdo con mi experiencia. Lo primero es el público que seleccionamos y al cual le damos acceso a nuestros perfiles o admitimos en nuestras páginas personales. Como comentaba al inicio, no hay gran utilidad — si queremos promover un intercambio político, y no solo mantener relaciones familiares o lúdicas en las redes — en reducir nuestro círculo a quienes piensan de un modo muy semejante a uno.

Aquí me gustaría advertir sobre un fenómeno curioso que las redes sociales en Internet develan dentro del espectro político cubano: la amplia variedad de posicionamientos sobre disímiles asuntos, incluso entre amistades, colegas, parientes y otras personas que quizás en otros contextos parecerían tener posturas coincidentes.

La factibilidad de una discusión más libre, con un mayor número de actores y actrices, hoy arroja como saldo del debate político en las redes sociales una percepción más clara y pública de que no hace falta unanimidad — imposible por demás — para conseguir la unidad, siempre y cuando no pretendamos imponer una sola línea de pensamiento o actuación. También es importante no resultar invasivo ni abusivo de los espacios ajenos. Esta recomendación es válida para cualquier uso de las redes, pero en particular cobra mayor relevancia cuando hablamos de debate político.

Etiquetar constantemente en nuestras publicaciones a otras personas, irrumpir de forma indiscriminada en los muros ajenos, introducir o replicar información extraña a determinada discusión ya en curso, para aprovecharnos de la visibilidad de un debate que no iniciamos, son algunos de esos crímenes de lesa cordialidad que más daño hacen al intercambio sano y respetuoso de criterios en las redes sociales y otros espacios colaborativos en Internet.

Nuevas y renovadas militancias

No podía concluir este somero análisis sin mencionar la trascendencia de las redes sociales para estimular, visibilizar y coordinar múltiples activismos sociales y políticos en la Cuba de hoy.

Con una sociedad civil tradicional cuyas instituciones podrían parecernos a menudo envejecidas o que subsisten más por la inercia y la conveniencia desde el poder político que por su efectividad en la movilización de la ciudadanía; el ciberespacio — con sus redes sociales, los blogs y otras publicaciones alternativas — parecería reactivar y hasta crear militancias que en Cuba no existían o eran muy poco visibles como para conseguir una real incidencia política.

Cuestiones como la discriminación racial, de género o por la orientación o identidad sexual; la protección animal y del medio ambiente, entre otras muchas causas nobles y polémicas, con implicaciones y deudas políticas todavía importantes en nuestro contexto, emergen en las redes sociales a través de múltiples iniciativas individuales y colectivas.

En más de una ocasión ya consiguieron saltar del escándalo o la presión mediática, para lograr soluciones o acciones específicas por parte de las instituciones o entidades responsables.

En ese empeño es loable el trabajo de las organizaciones y organismos más formalizados por tratar de insertar también sus mensajes y propuestas comunicativas en la vorágine de Internet, e incluso de atajar y brindar respuesta directa a las personas que les exigen y controlan a través de las redes sociales. Ello puede contribuir a mediano y largo plazo a articular una relación más directa entre el Estado y el gobierno con la ciudadanía. También mediante estos canales digitales, en lo que sería otra vía — con el añadido de su mayor transparencia, inmediatez y carácter público — de fortalecer el ideal participativo y democrático del socialismo.

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