GREMIO ADENTRO

El Pepe Alejandro de la gente

Redacción Alma Mater
Revista Alma Mater
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19 min readMar 14, 2022

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«El periodismo impreso es el testigo de tu excelencia o de tu mediocridad, porque queda ahí para toda la vida. La radio y la televisión, igualmente retadoras, tienen otros ornamentos que te visten: la imagen, los efectos sonoros, pero en la prensa escrita te desnudas ante los lectores del momento y del futuro», afirma alguien que, aunque se ha entregado en cuerpo y alma al encanto de la tinta fresca sobre el papel, le debe mucho al mundo de los sonidos y las imágenes

Foto cortesía del entrevistado.

Por Liudmila Peña y Rodolfo Romero Reyes

Esta historia comienza con una cuartilla en blanco en la redacción del diario Juventud Rebelde. Le han encargado unas líneas dedicadas al aniversario 30 del triunfo de la Revolución. Enemigo del «teque» y aliado de lo creativo, recorre los archivos en busca de inspiración. Descubre una dura imagen tomada en 1956 en la ciudad de Santiago de Cuba: una madre pide limosna y, a su lado, dos pequeños duermen en la acera, semidesnudos.

Se sienta frente al papel y el periodista-papá, o quién sabe si el papá-periodista, empieza a escribir una carta para su hija. «Laura, ojalá esa niña que tanto se te asemeja durmiendo haya sobrevivido a tantas confabulaciones del desamparo». La identidad de los pequeños y de su pobre madre, asegura quien escribe, «está perdida en el tiempo, en un mar de tristezas y soledades, en un oscuro abismo de carencias». Tal vez, y lo sugiere con pesar, ni la niña ni su hermanito «hayan podido alcanzar el 1ro. de enero de 1959».

Casi al final de la misiva, le pide a su pequeña que nunca olvide a esos niños: «Tu risa está hecha con sus lágrimas, y de sus desnudeces el último vestido que estrenaste». Para palear la desmemoria, sentencia: «No es honorable vivir con amnesia». Y le advierte: «Tampoco te acomodes sobre el pasado, ni lo esgrimas como referente para empequeñecer los errores del presente». El periodista no termina con su habitual pie de firma. En cambio, utiliza cuatro letras: Papá.

Enero, 1959. Treinta años antes de escribir la carta, él es apenas un niño. Una noticia sacude a Jovellanos y a Cuba entera: el dictador Fulgencio Batista ha huido del país; triunfa la Revolución Cubana.

¿Y por qué precisamente tal suceso constituye un punto de giro en esta historia? Porque, de no haber triunfado los barbudos, quizás su padre no hubiese sido el primer alcalde de Jovellanos tras la victoria, ni designado dos años después como director de un preuniversitario, cuando el colegio privado donde era maestro, dueño y director, fue nacionalizado. Y aquel niño, que no quería estudiar en una escuela dirigida por su padre, no hubiese venido a un «pre» en La Habana; quizás tampoco hubiese matriculado Periodismo en la universidad. Por eso volvamos a enero de 1959 para conocer cuánto de aquellos primeros años de vida sería decisivo en la formación del periodista que hoy es José Alejandro Rodríguez Martínez.

Jovellanos, Colón, La Habana, Periodismo

«Mi infancia tuvo la garantía de la prosperidad y del bienestar material, pero mis padres supieron encauzarnos por una visión espiritual de las cosas. Ambos eran maestros y trabajaban en el colegio privado de Jovellanos, en Matanzas, del que mi papá era dueño y director. Personas honestas, humanistas, nos enseñaron a mí y a mis dos hermanos a ver más allá», dice Pepe, que era el más joven de los tres.

Su padre fue uno de los pocos de aquella élite ilustrada matancera que no abandonó el país tras el triunfo. En otras palabras, se suicidó como clase: «Una vez nos dijo: Hemos descendido en la escala social, ya no vamos a vivir como antes, pero ha sido para que la gran mayoría ascienda», recuerda Pepe, que tenía 8 años. Aquella reflexión no lo alarmó. Sus padres siempre le habían inculcado a «pensar en los demás, decir la verdad y compartir lo que tuviéramos».

De aquel 1ro. de enero de 1959 le llegan recuerdos como flashazos: el televisor con Manolo Ortega dando la noticia; las personas en la calle abrazándose y caminando rumbo al cuartel de la Policía, del que sacarían los cuadros con la imagen del dictador para astillarlos contra el suelo. Su abuelo — gallego emigrado y compañero de aula en la escuela primaria, nada más y nada menos que de Franco — cerrando las puertas de su casa ante la euforia popular.

Hace un paréntesis y repara en su abuelo: «Era muy recto y a la vez muy protector. Tenía un concepto verticalista de la familia».

Pepe estudió la secundaria en Colón y el preuniversitario en el reparto capitalino Siboney, en la antes Ruston Academy, rebautizada Carlos Marx (hoy preuniversitario Hermanos Martínez Tamayo).

«Quería estudiar Psicología, porque la conducta humana siempre me ha cautivado. La idea del periodismo también rondaba. Sentía necesidad de comunicarme con los demás. Leía mucho, había escrito algunos poemas, y quería perfeccionar mi redacción».

Con 16 años matriculó Periodismo en el edificio que hoy ocupa la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana, junto a Senel Paz, Susana Tesoro, Eliseo Alberto…, pero solo los acompañaría ese primer curso, pues suspendió Gramática e Historia de la Filosofía.

«Dos profesores tuvieron mucho que ver en mi vocación: Miriam Rodríguez Betancourt y Eduardo Heras León. Ella sacrificó su talento por dar clases, por enseñarnos. Es una gran periodista. Él nos hizo amar la crónica como género periodístico. Por eso, cuando se produce la conjura contra Heras por el libro Los pasos en la hierba — Casa de las Américas, 1970 — , no estuve de acuerdo con que los estudiantes le hiciéramos un mitin de repudio, ni yo ni mi amigo Manuel González Bello. Recuerdo que les dije: la vida dirá si ese libro es contrarrevolucionario o no, pero mi profesor Heras, ese que, cuando nos enseñó la crónica, nos leía a Pablo de la Torriente Brau, a Rubén Martínez Villena, y se le humedecían los ojos, ese no puede ser un contrarrevolucionario».

Después de aquello, y aunque siempre fue un buen alumno, cuenta que algunos de los que militaban en la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) lo llevaban muy recio: «Imagínense que yo vine a ser militante del Partido en Juventud Rebelde, en agosto de 1994. Cuando me propusieron para iniciar el proceso pregunté si debía cambiar mi manera de ser, de expresar siempre lo que pensaba, sin preocuparme por las consecuencias. Me dijeron que no. Que así me querían. Esto fue un punto de inflexión, pues años atrás arrastré el cartelito de que, supuestamente, tenía “problemas político-ideológicos”».

Entre la radio y la tinta impresa

«El periodismo impreso es el testigo de tu excelencia o de tu mediocridad, porque queda ahí para toda la vida. La radio y la televisión, igualmente retadoras, tienen otros ornamentos que te visten: la imagen, los efectos sonoros, pero en la prensa escrita te desnudas ante los lectores del momento y del futuro», afirma alguien que, aunque se ha entregado en cuerpo y alma al encanto de la tinta fresca sobre el papel, le debe mucho al mundo de los sonidos y las imágenes.

Recién graduado, con apenas 21 años, lo enviaron a Radio Cadena Agramonte, en Camagüey, para cumplir con su servicio social. «Quien decidió las ubicaciones pretendió ponernos a madurar políticamente a algunos que “necesitábamos” chocar con la realidad — cuenta Pepe — . A Manuel González Bello, Mireya Santana y Alina Martínez Castillo los mandaron para la Isla de la Juventud; a mí, para Camagüey. A algunos de otras provincias, los ubicaron aquí, en los medios nacionales».

Aquellos dos años fueron para Pepe un entrenamiento insoslayable:

«Llegué a una emisora muy profesional. Allí aprendí el deber y la consagración, la disciplina, el método, el sentido de la oportunidad. Me atrapó el duende de la radio, ese “sonido para ver” que inmortalizó la voz de César Arredondo. Hice muy buenas migas con mis compañeros, la mayoría de ellos eran empíricos y estudiaban la carrera en la Universidad de Oriente por el curso para trabajadores».

Con una grabadora de cinta que se colgaba del cuello, cubrió informaciones, hizo reportajes… Prefería ambientar sus trabajos con efectos naturales, de ahí que grabara el sonido de los remos o el ajetreo de los pescadores en el momento de la captura, cuando reportaba, por ejemplo, desde una presa de agua dulce.

«Me puso los pies en la tierra. Creo que lo mejor que le puede suceder a un recién graduado es ir a hacer periodismo a una provincia que no es la suya para conocer el país en sus diversas dimensiones — analiza, con la autoridad que le brinda su experiencia — . Los que vivíamos en La Habana teníamos expectativas demasiado cosmopolitas y citadinas. A mí, en lo personal, me gustó mucho Camagüey, es una ciudad encantadora. Y la radio mucho más, pero yo sabía que carenaba en la prensa escrita».

Las evaluaciones coincidían en que tenía habilidades para el periodismo impreso. Así que, de regreso a La Habana, en octubre de 1976, lo ubicaron en el periódico Trabajadores.

«Cuando llegué era prácticamente una publicación interna de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), y casi toda la tirada se distribuía en los centros laborales. Cuando me fui, ya se había convertido en un diario de alcance nacional. Empecé en el equipo de Internacionales, ahí estuve hasta que solicité el cambio a Nacionales, para poder hacer reporterismo. Soy del criterio que uno tiene que empezar haciendo notas informativas y reportajes, no comentarios ni artículos en profundidad».

Ya desde entonces, el joven periodista le concedía mucha importancia a los títulos. «Guatemala: más botas que votos», adelanta el contexto de un proceso electoral mediado por el militarismo. «Gracias al título y a las primeras líneas logras el enganche, algo vital para que la gente te siga leyendo y no cambie a otra página — explica — . El señuelo es lo más difícil, como lo es mantenerse. El final, por supuesto, también es importante».

Trabajadores le dio la posibilidad de moverse por todo el país, de conocerlo en sus complejidades:

«Era un medio de prensa con mucha devoción por la gente común. Eso me enseñó que el periodista no es nada por sí solo, es un vector, un transmisor. Si uno logra transmitir la realidad de otros con autenticidad, con gracia, ya tiene motivos para sentirse feliz. No se necesitan ni los aplausos, ni los premios. También era una redacción muy cálida, en la que encontré a personas que influyeron mucho en mí, como Luis Sexto, un hombre que miraba más allá, que trabajaba el colorido de las palabras; que, si iba a hacer una entrevista a un héroe del trabajo, buscaba su veta humana. Me fui alineando hacia ese periodismo que trata con devoción a la gente sencilla y común, que son, en definitiva, quienes sostienen este país».

El periódico fue, usando sus propias palabras, una rampa de lanzamiento. Diez años en los que, afortunadamente, no tuvo que hacer «ese periodismo aburrido de actas o de oficinas». Confiesa que no le interesaba el movimiento sindical, ni su dirección, sino las vivencias y los conflictos de los trabajadores. «Yo tenía de paradigma a Lázaro Peña, a quien todavía no se le ha hecho justicia en toda su dimensión, en cuanto al papel de contrapartida del sindicato hacia la administración».

Pepe también empezó a desarrollar lo que él llama su arsenal expresivo, que era «muy elemental por aquella época»; nos dice: «Uno va incorporando, con los años, la capacidad de sugerir, en vez de evidenciar».

Después de una década allí, su sueño era ir a Juventud Rebelde; porque «tenía una gracia, un misterio… Era el más cercano a la huella personal de los periodistas. No reflejaba tanto lo que sucedía, sino cómo sucedía».

El sueño de Juventud

Su primera cobertura en Juventud Rebelde se la encargó Ricardo Sáenz, el más inquieto y sabio editor de una redacción que Pepe haya conocido. Le dijo: «Mira, allá abajo — en las inmediaciones del Capitolio, pues el rotativo radicaba en las oficinas del extinto Diario de la Marina — hay unas personas quejándose de que hace dos días un remolcador del puerto se está hundiendo en la bahía y nadie hace nada. Vete con un fotógrafo, con Batista, y haz una nota para la primera plana».

Esa misma tarde (el periódico era vespertino) aparecería el texto en la portada del diario. Octubre de 1986. Comenzaba una nueva década de trabajo en la hoja de ruta de Pepe Alejandro.

«Fueron los años del proceso de rectificación de errores, la caída del Muro de Berlín, el Periodo Especial. En el periódico — bajo la batuta de Jacinto Granda, primero, y de José Ramón Vidal, después — eran los tiempos del periodismo literario de Leonardo Padura, Ángel Tomás y Emilio Surí. Nosotros, los de Nacionales, producíamos los contenidos de la semana, para que ellos hicieran los del domingo. Pero yo, muy gustoso, porque las cosas que publicaban eran memorables».

Por aquellos tiempos, la Agencia Rusa de Información Nóvosti tenía un convenio con la Unión de Periodistas de Cuba (UPEC): ellos enviaban a la Isla a uno de sus periodistas, con un programa para hacer reportajes, y la UPEC hacía lo mismo, a la inversa. Pepe fue el último de los cubanos en participar de ese intercambio. Llegó poco antes de la desintegración de la URSS. «El pato Donald camina por Moscú», fue uno de los títulos que nació de aquella experiencia.

Durante el Periodo Especial en Cuba — consecuencia directa de la desaparición del campo socialista y la desintegración de la URSS — muchas revistas dejaron de salir ante la ausencia de papel. La movilidad de los periodistas se vio reducida por las carencias de combustible. El periodismo también debió reinventarse.

«Juventud Rebelde se vio obligado a editarse una vez por semana — precisa — . Hicimos un espacio radial que se llamó “Rebelde en Rebelde”, con Magda Resik como conductora. Era una revista matutina dominical de dos horas que reforzaba y mostraba los entretelones de lo que salía en el periódico».

En medio de aquella precaria situación existían fuertes diferencias. Pepe recuerda la vez que debió cubrir la inauguración de una de las primeras Ferias de La Habana en Expocuba: «Las marcas, como la SONY, el brillo de los decorados, la elegancia de los nuevos empresarios cubanos, contrastaban muy fuerte con mi Alamar, con las carencias y calamidades».

Según Pepe Alejandro, la prensa reflejó más o menos esa situación, aunque quizás no en toda su dimensión. Así resume su vivencia: «Apagones de 8 horas. No tenía ropa que ponerme. Un solo par de zapatos, con un hueco. Cuando llovía, se me llenaban los pies de agua. El hambre. Mi hija estaba en la Lenin y nosotros no nos comíamos los panes que nos correspondían en la bodega. Los guardábamos toda la semana, y hacíamos tostadas para que se las llevara para la escuela, porque permanecía becada por casi 15 días. Allá, no se iba la corriente y, al menos, tenía garantizada la comida, mala, pero tenía».

Pepe no dejó de hacer periodismo crítico y honesto. Algún que otro texto levantó polémicas. Sin embargo, su salida de Juventud Rebelde no estuvo relacionada con acontecimientos como esos.

«Se creó una crisis generacional en el periódico. La gente más vieja se empezó a resentir. Los jóvenes no estaban contentos. Yo dirigía la delegación de la UPEC en Juventud Rebelde, todos venían a verme, el clima ya no era el mismo que cuando llegué, diez años antes. Me senté con Arleen y le dije que me iría para Bohemia; me acuerdo que ella escribió la crónica “Cuando un amigo se va”», nos dice sin ambages, y acto seguido argumenta los atractivos de su nuevo destino: «Era una redacción más reposada. Allí estaban grandes colegas: Mirta Rodríguez Calderón, Luis Sexto, Ariel Terrero, Elsa Claro, entre otros».

«El loco más noble», reportaje sobre los últimos días de El Caballero de París; «La soledad de la otra Isla», de sus días en la Isla de Pinos donde, entre otras vivencias, permaneció cinco horas encima de un bote en medio de un pantano, durante una cacería de cocodrilos. Sus recuerdos de aquel 1ro. de enero en Jovellanos; el gran reportaje de cuando cerraron las Minas de Matahambre, entre otros, engrosan las páginas que escribiría para Bohemia durante poco más de tres años.

Aunque evoca aquellos años como algo placentero, destaca que Bohemia fue muy afectada por el recorte de la prensa: disminuyeron sus páginas, la cantidad de ejemplares. Sentía que ahora lo leían menos personas. Por eso aceptó la propuesta que le hizo Rogelio Polanco, entonces director de Juventud Rebelde, de crear la sección Acuse de Recibo. «La idea era que lo hiciera como una colaboración manteniendo mi plaza en Bohemia. Sería un espacio para las cartas de los lectores, pero en el que el periodista se implicaría en la historia; compartiría algunas frases textuales de la carta, pero ayudaría a encauzar el problema, con una mirada crítica desde su propia perspectiva».

Acuse de Recibo marcó una pauta en el periódico. Al principio salía dos veces por semana, luego se convirtió en una sección diaria. El impacto en los lectores se tradujo en una avalancha de misivas y llamadas telefónicas, que llevaron a Pepe de regreso a la redacción de la cual emocionalmente nunca se había marchado.

Otra vez en casa, Polanco puso las reglas del juego, siempre en función de una óptima práctica periodística: «Quien te cite porque ha sido emplazado en una de las cartas tiene que venir aquí a reunirse contigo y conmigo. Publicamos sin pedirle permiso a nadie, bajo el principio de confiar en lo que nos escriben los ciudadanos; si un día nos mienten o nos engañan, será revelado cuando publiquemos las respuestas». La sección se convirtió en un puente entre los ciudadanos y la institucionalidad.

Al principio los funcionarios, las instituciones, no estaban preparados para asumir algo así. Empezaron las llamadas, las iras, las molestias. Más de uno lo acusó de «hacerle el juego al enemigo». Cuenta Pepe que Polanco supo hacer una escuela de cada reunión con los directivos molestos.

«Si todavía estoy aquí es, en gran medida, porque tuve a un director que defendió mi trabajo a capa y espada», reconoce.

En más de dos décadas sobran las anécdotas. Desde discusiones enconadas con finales felices, hasta la historia de aquel recluso de Camagüey que, gracias a una carta publicada en el diario, recibió disímiles consejos y muestras de apoyo que le permitieron, ocho años después, reinsertarse en la sociedad de una manera más satisfactoria.

«La premisa esencial ha sido la constancia y la ética. No era ni complaciente ni incendiario. Decencia y respeto ante todo, por fuerte que fuera el mensaje. Y nunca utilizar esa columna para beneficio personal. Lo mismo tuve que rechazar a alguien que llegaba con dinero en la mano, o con un racimo de plátanos, para que yo tramitara su queja. Una vez publicamos una carta de una persona de la que, al parecer, no se tenía un buen criterio por su ideología; pero la defendimos como a cualquiera: yo no busco en la base de datos del DTI para saber quién me escribe la carta. Para mí los remitentes son cubanos, piensen como piensen».

El hombre de las mil anécdotas

Pepe Alejandro no solo es el periodista de Juventud Rebelde. Para la gente es también el de Acuse de Recibo, el de Papelitos hablan, el de Hablando Claro, y el de En buen cubano (programa de Cubavisión Internacional); todos, espacios que hablan de los problemas del pueblo, y en el lenguaje del pueblo.

A pesar de su experiencia y del sinnúmero de reconocimientos y condecoraciones, incluido el Premio Nacional de Periodiso José Martí (2013), Pepe se considera un aprendiz de la profesión y de cualquier persona, por humilde que sea. Confiesa que para él, un periodista es «un ser que nada por los procelosos mares de la información, a veces impulsado por las corrientes, y otras a contracorriente, hacia un horizonte, al cual nunca llega».

Con el Comandante Fidel Castro también tuvo sus anécdotas. La más conocida fue en la que, delante de todo el gremio, le solicitó entrevistarlo, alegando que el líder de la Revolución le había concedido importantes entrevistas de personalidad a colegas extranjeros, pero no así a los cubanos: «Me preparé para una entrevista con el Fidel ser humano. Lamentablemente nunca ocurrió. Todavía conservo las preguntas aquellas para calar en su dimensión personal. Y él, cada vez que me divisaba en cualquier evento, me decía: “Oye, ¡qué mal he quedado contigo!”».

También tiene una anécdota que algún día, nos dice, debería escribir. Fue durante un recorrido de Fidel por los Campamentos Agrícolas durante los momentos más difíciles del Periodo Especial, en los que el imperativo era producir alimentos como una vía para sobrevivir. Pepe y el fotógrafo Ángel González Baldrich fueron los únicos acreditados para el re-corrido. El Comandante iba acompañado por un funcionario de Naciones Unidas.

«Imagínense que Fidel desvía la caravana para visitar la casa de un campesino. A diferencia de la gran euforia con que el Comandante era recibido en los Campamentos Agrícolas, aquella familia lo recibió con frialdad, ni siquiera con sorpresa», relata Pepe y repite de memoria aquel diálogo, como si no hubieran pasado ya más de 25 años.

— Buenas por aquí.

— Buenas.

— Viejo, ¿cómo anda la cosa?

— Muy jodío, Fidel — dijo el campesino, para sorpresa del visitante extranjero, que entendía el español, pues era de origen latinoamericano — . Nací aquí, todo lo que tengo y lo que usted ve aquí ha sido fruto de mi esfuerzo, y todavía no tengo luz eléctrica. Yo quisiera que aunque sea me pongan la luz para que, el día que me muera, me puedan velar con un bombillo encima.

— Yo no te puedo engañar y decirte demagógicamente que te van a poner la electricidad. ¿Nunca te han dado la posibilidad de mudarte para una comunidad rural? Allí estarías junto a otros campesinos y en mejores condiciones, con corriente eléctrica. Mantienes tus tierras aquí, pero vives en la comunidad.

— Aquí nací, aquí vivieron mis padres y aquí me voy a morir.

La señora preparó un poquito de café, bajo la mirada siempre supervisora de un escolta. Fidel tomó un sorbo y siguió conversando con el renuente viejo. Al final, luego de indagar en qué trabajaban sus hijos — todos fuera del surco — , y en lo descuidadas que estaban las tierras del campesino, concluyó que por eso eran importantes los Campamentos Agrícolas, en medio del Periodo Especial.

— Nadie quiere trabajar la tierra, mi viejo. Y hace falta comida. Por eso son estas movilizaciones — le explicó Fidel, pero el viejo siguió sin dar su brazo a torcer.

«La escena, además de insólita, para mí fue elocuente. Como periodista, vi lo positivo de aquel encuentro, tan distinto a los tradicionales y alegres recibimientos que le daban a Fidel en cualquier lugar que llegaba. Aquel viejo campesino le estaba hablando al líder de un proceso histórico, al presidente, al Comandante en Jefe, como si se conocieran de toda la vida. Era una escena democrática, fuera de cualquier guion; aquel campesino le estaba diciendo lo que pensaba, incluso, contradiciendo lo que decía Fidel».

Antes de irse, el Comandante insistió:

— No me gusta prometer lo que no puedo cumplir. Si algún día quieres acercarte a una de las comunidades campesinas que tiene corriente eléctrica, tendrás esa oportunidad.

«Y el anverso fue cuando llegamos a Melena: Una señora le dijo: “Tienes que entrar a mi casa, Fidel”; y él le contestó que no tenían mucho tiempo. Aquella mujer lo cogió del brazo y lo llevó para que viera la vivienda que le habían construido porque era damnificada de un fenómeno atmosférico. Y lo hizo sentarse en su cama para que comprobara la calidad del colchón que le habían entregado. Fidel se tiró de espaldas sobre la cama, con los pies hacia arriba, como hacen los niños chiquitos cuando les gusta un colchón». Y Pepe entra a su cuarto, y se deja caer sobre su colchón, y pone los pies para arriba, recreando lo que aquel día hizo Fidel.

También «atesora» los dislates más grandes del gremio periodístico cubano. No solo rompió con el codo una milenaria jarra de la dinastía Ming — con té hirviendo — , cuando acompañaba a una delegación de la UJC en visita oficial a China; años después caería al río Aranjuez, abrazado a una estatua, mientras posaba para una fotografía, hecho que incluso fue titular en El País, el 16 de enero de 1995.

¿Y las broncas? Pocas, pero intensas. Una de ellas a raíz de su ponencia «Una pelea cubana contra los demonios de la información secuestrada», en un festival de la prensa escrita.

«Una cosa es lo que uno escribe para un evento, y otra para publicar. Como era una ponencia entre colegas, en el Festival de la Prensa en Juventud Rebelde, utilicé términos como “mesarredondización” y “granmatitis”, para referirme a cómo ambos medios eran privilegiados a la hora de recibir determinada información, que no llegaba al resto. Luego alguien me pidió la ponencia y, sin consultarme, la subió a Internet. El texto, que defendía el derecho humano a la información, generó incomprensiones, dudas y hasta regaños».

La anécdota nos sirve de pretexto para dialogar sobre esas personas que se atribuyen el derecho de decir quién o qué es revolucionario. Para ellos, trae a colación la frase que le dijera José María Vitier a Amaury Pérez durante una entrevista: Algo así como «la Revolución es mucho más que la institucionalidad». También rememora a Fidel: «Hemos hecho una Revolución más grande que nosotros mismos». Y, por supuesto, le pone su impronta: «La Revolución es un estado de gracia, que yo llevo dentro y que no me lo puedo arrancar. Por eso nunca me he callado la boca, porque yo soy la Revolución también, como cualquier cubano».

Casi al final, menciona a aquel niño de 12 años que, antes de morir trágicamente ahogado en una poceta, durante su primer día en la escuela al campo en la secundaria básica, en Colón, le enseñó a amarrar su hamaca. «Aquel gesto, su última acción… por eso hay que hacer siempre el bien y ser agradecidos: es la vida, algo místico, celestial tal vez», y detiene la voz, porque siente que el corazón le late con fuerza.

Después de una breve pausa, creemos que ya es momento de ir poniendo punto final a una larga conversación de más de tres horas — con almuerzo incluido, porque su esposa Mercy, la madre de Laura, la estudiante de Artes y Letras que lo acompaña desde aquellos años imberbes de la beca de F y 3ra., insistió.

Nos permitimos unas últimas brevísimas preguntas.

¿Cuál es tu género periodístico por excelencia?

Me gusta el columnismo, los comentarios, las entrevistas de personalidad, pero mi preferido es la crónica. Es el género que más he disfrutado. Quisiera reunir varias de ellas en un libro. Dice un amigo que debería llevar por título Cuba de La Caridad, que es el nombre de una de ellas.

¿Podrías mencionar dos debilidades del periodismo cubano en las últimas décadas?

Obvia en buena medida la diversidad. Abusa del monolitismo, de la propaganda y del triunfalismo.

¿Y dos fortalezas?

La más importante: es un periodismo revolucionario, que ha sabido desentenderse de las peores tendencias de la actualidad: la perversidad, la alevosía, la patraña. El periodismo cubano, en sentido general, no lo dice todo, pero no miente per se; así que una segunda fortaleza es su ética.

Si pudieras escoger tu legado, cuál sería: ¿La familia? ¿El calor y la fe del pueblo? ¿Tus crónicas?

No, no aspiro a tanto. Lo que más me interesa es que me recuerden como una buena persona.

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