La maternidad en la cuentística femenina de la Revolución
La imagen femenina ha sido empleada constantemente para simbolizar ideas predominantes en el imaginario social. La madre es una representación particular dentro del signo mujer.
Autora: Verónica Alemán Cruz
Fotos: De varios medios

La imagen femenina ha sido empleada constantemente para simbolizar ideas predominantes en el imaginario social. La madre es una representación particular dentro del signo mujer. Para ella, la cultura occidental, judeo-cristiana, ha construido toda una visualidad que se relaciona en el imaginario social con un grupo de cualidades que se han ido modelando, lentamente, dentro del devenir histórico, relacionados con los cambios económicos-sociales y sus influencias en la vida de la mujer madre. Vista como símbolo de la fertilidad, de ideales cívicos y estéticos, las alusiones más relevantes dentro de la cultura cubana se hacen en torno a la imagen femenina. Durante la Colonia y la República el imaginario social también tuvo en su proyección simbólica la imagen de una mujer. Con el Triunfo de la Revolución en 1959 la situación de las mujeres cambió notablemente en cuanto a su inserción en la vida pública; se visibilizaron e hicieron participativas.
A pesar de la recurrencia temática, el papel de “la madre” y su visualización en la narrativa posrevolucionaria fueron transformándose con la llegada de una nueva década. Es por ello que decidí realizar un corte en cada uno de estos períodos de la narrativa femenina posterior a la Revolución, los que he nombrado con el fin de caracterizar cada una de las etapas.

La década del sesenta, «Cuerpo de madre», refleja el rompimiento de normas preestablecidas, y en ella solo podemos contar con la aparición de una historia en cada lustro: “La rata”, de Dora Alonso en 1962 y “Noche mala” (1965), de María Elena Llana. Hay en “La rata” una caracterización zoomórfica del individuo. Es, a través de la rata madre, que se desarrolla toda una progenie invasiva que muere con la “limpieza” de la bodega donde la rata había hecho su casa. “Noche mala”, por su parte, visibiliza todo un cuerpo social que define a la nación. La madre es aquí la mediadora, pese a su rol tradicional de cuidadora del hogar, de los espacios y las relaciones dicotómicas entre su esposo –miembro de la policía batistiana- y su hijo, un joven luchador clandestino. El relato termina con la pérdida del hijo, acción que conlleva a los lectores a la reflexión sobre un futuro –incierto hasta el triunfo de la Revolución- que después se vislumbra diferente.

Ya hacia 1970 comienza a erosionarse el rostro masculino hegemónico de la nación y, a su vez, se cuestionan sus presupuestos morales. Esto se fundamenta en la creación de obras como “Todos los negros tomamos café” (1976) de Mirta Yáñez, donde aparecen relaciones conflictivas entre las distintas generaciones de mujeres, más que de identificación. Los (las) jóvenes que han nacido bajo el proceso revolucionario se sienten comprometidos con su tiempo y deben luchar contra los preceptos morales burgueses inculcados a sus padres. También los relatos “Once caballos” (1970), de Dora Alonso, y “Dentro del bohío” y “Con la cara entre las manos” (1977) de Nora Maciá Ferrer, reflejan la distinción de una inseguridad emocional de las mujeres, anegadas en una razón que busca aclarar la eficacia para sí mismas de una “vida real” o de una “historia propia”.

Hacia 1980 la maternidad se convierte en un indicador de la suma de nuevos conflictos nacionales. Historias como “Chele” y “De qué sirven los juramentos”, contenidos en los libros Hay un gato en la ventana (1984) y Ellas de noche (1989), o cuentos como “Detalles”, “Ser o no ser” y “Conflicto sentimental”, todos de la reconocida escritora Aida Bahr, insertan problemáticas novedosas ligadas al tema: la maternidad adolescente, la maternidad fruto de una relación extramatrimonial, el aborto, las relaciones amorosas reanudadas luego de un divorcio y cuando ya los hijos han crecido. Quiero hacer énfasis en Adolesciendo, de Verónica Pérez Kónina, pues este texto abrió las puertas a una secuencia totalmente radical que apareció con/en la década de los noventa y que he gustado en llamar «Madres transparentes». En el relato “Un cuento gris”, incluido en dicho libro, se ve la violación como origen de la maternidad, una forma de violencia que nunca ha sido ajena a la mujer, pero de la que antes pocas autoras se habían atrevido a escribir. Es a partir de este texto que comienzan a visibilizarse personajes femeninos muy disímiles, inmersos todos en las complejas circunstancias que impuso el «Período Especial», y que trajo consigo una dicotomía dura y real: la diferencia entre las madres que son y las que la sociedad les exige que deben ser. Muchas fueron las lacras que encontraron refugio o justificación en los problemas económicos que asfixiaron al país desde inicios de los noventa: la prostitución, el incesto, el suicidio, la emigración, la violencia de género. En ese período resurgen también el homo y el autoerotismo. En la mayoría de los relatos escritos a partir de ese tiempo, las mujeres (madres o abuelas) asumen una simbiosis de los roles de madre y padre: ellas solas integran la familia, constituyen el soporte económico del hogar e intentan suplir las carencias materiales y afectivas provocadas por los cambios en la sociedad y por la consecuente reestructuración de la familia cubana (monoparentalidad debida al abandono generalmente, ya sea por emigración de la figura paterna o por otras causas). Cuentos que justifican estas ideas son “Anhedonia” (1999), de Mylene Fernández Pintado; “Olor a limón”, de Aida Bahr, “Elegguá spray”, de María Elena Llana.

Con el nuevo siglo comienza a ser pertinente una nueva interrogante: la madre, ¿privada o pública?, pues hay una dualidad entre la culpa femenina de lo público (mujer de éxito) y lo privado (relegada al espacio doméstico). Véanse en este sentido los cuentos “El viaje”, en Cerrado por reparación, de Nancy Alonso; “Yo sé por qué sonríe la Gioconda”, en Cantos de sirenas, de Souleen Dell´Amico; “Ronda en el Malecón”, de María Elena Llana; “Ofelias”, de Aida Bahr y “El sermón de la vieja Esprinta”, de Marvelys Marrero Fleites.
Relativo al tema de la maternidad es fácil advertir cómo se ha visto en ella una metáfora de la aceptación, una afirmación de la diferencia como valor, un modelo de relación simbiótica que permite crecer y mejorar a todos los elementos que interactúan con ella, una propuesta de pacifismo o un punto de partida para reconstruir el sentido del lenguaje y del mundo. Como espacio común, la madre inaugura la relación con lo otro que está presente en el ser humano desde su gestación. En tal sentido, la maternidad trasciende lo biológico y abre el camino de la alteridad. Es lugar de encuentro, vínculo físico y cultural entre los seres humanos que se conectan unos con otros por lazos familiares, afectivos, sociales y lingüísticos. Los textos antes mencionados expresan el discurso de la identidad mediante estrategias de legitimación de la palabra propia frente a las relaciones de poder que obligan al sujeto femenino a situarse al margen, en la lucha por el poder interpretativo. En estas narraciones el rol materno se prolonga como componente principal de la representación de la mujer; sin embargo, los personajes madres que se postulan en los cuentos no parten de criterios rígidos, sino que apuestan por una maternidad activa y autónoma, que tratan de romper con la condición de sacrificio inherente a sus posturas tradicionales. Son muy visibles también los conflictos intergeneracionales, específicamente entre un tipo de feminidad transgresora y otra tradicional, encarnada en los textos sobre todo por madres cuya actitud ante la vida reproduce criterios y convenciones propios de las sociedades patriarcales. Por otra parte, parece existir la necesidad de crear nuevos modelos para concebir la familia, la maternidad y las relaciones de pareja heterosexual, con posturas más abiertas y donde se compartan las responsabilidades, de modo que el espacio doméstico deje de ser una zona de encarcelamiento y sumisión de las mujeres. Esta es la causa de que las escritoras no solo reflejen a las madres como heroínas o vencedoras, cuya capacidad no es menor que la de los hombres, sino que también han elegido, en el actual momento histórico de nuestra Isla, reflejar las contrariedades que como mujeres y como cubanas nos atañen. Los órdenes dominantes, sus imaginarios y sus emblemas, se revelan con una estabilidad vulnerable que permite a la escritura de las mujeres, aún en los márgenes de lo subalterno, transgredir la univocidad de los signos.
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