Mi reino por un(a) cubano(a)

¿Cubana? Cubana. –Ah, entonces debes ser una belleza, o debes ser insaciable, o debes ser muy caliente, como lo es Cuba…

Autora: Lilibeth Alfonso
Ilustración: Carralero

¿Cubana? –Cubana. No lo vi titubear frente a su ordenador, pero desde mi cuarto, a más de 4 mil kilómetros de distancia, los tres puntos del chat, insistentes, de casi casi te digo lo que te quiero decir…, eran el equivalente al que escribe, lo piensa mejor, borra, y escribe de nuevo.

–Cubana. Me puso después de mucha espera. Reviso la velocidad de conexión. Sin líos en la costa. Lo necesario para una comunicación fluida. Cubana, –repetí–, y me puse en alerta.

Generalmente, después del gentilicio pueden suceder tres cosas. Si encuentras a un amigo de la Revolución te declarará sus pasiones y probablemente te hará alguna pregunta de la cual, intuyes, sabe la respuesta. Si es un detractor, en cambio, podrás esperar los rumores de siempre, catalogados en dos o tres tópicos bien definidos que puedes rebatir o dejar pasar para bien de tu salud mental.

Son dos posiciones políticas. Y el debate cabe perfectamente. Incluso si te acomodas en la silla una y otra vez, cualquier cosa dicha puede ser manejable.

Pero la que realmente me saca de quicio es la tercera opción. ¿Cubana? Cubana. –Ah, entonces debes ser una belleza, o debes ser insaciable, o debes ser muy caliente, como lo es Cuba; o cualquiera de esas expresiones de alguien queriendo medirte con la vara de un estereotipo.

Lo peor, es cuando viene en formato de pregunta. A saber, –¿Y eres una belleza? ¿Y eres caliente? ¿Y eres insaciable? Porque entonces te pone a sufrir, a juzgarte, a medirte, y te ves finalmente apelando a la filosofía, y le dices que nada es absoluto, que eso depende de las referencias, de los gustos, de la cultura incluso.

Pero eso no es lo que él quiere. Él quiere que le digas que tienes la piel morena. Y piernas gordas. Y un trasero en forma de corazón, como los de esas mulatas que salen en las propagandas turísticas sobre Cuba. Que le confirmes que esa boca que alcanza a ver en tu perfil es real, que no es pintura por fuera para aparentar lo que no eres, lo que no puedes hacer.

Pero no puedes complacerlo, porque no encajas en el estereotipo y se lo dices. Y no te cree. Es lo peor. Que te digan que cómo puede ser, como si fuera él y no tú quien se mide cada día frente al espejo.

Es lo que hay. Las cubanas son. Los cubanos son. Te preguntan los hombres si eres eso que imaginan y te preguntan las mujeres si tus conciudadanos tienen todo el fuego que le anuncian, o se anuncian.

Porque el estereotipo es el resultado de una construcción de dos vías. Es ladrillo sobre ladrillo que ponemos y que ponen los otros. Desde adentro, desde hace décadas cultivamos expresiones que nos hacen parecer extrovertidos, sensuales, irreverentes de más.

No importa que una novela con demasiados desnudos o temática homosexual nos saque los rubores, y que ahora mismo haya miles de opiniones en contra del matrimonio igualitario. Ahí están las canciones de salsa, de regué, de reguetón luego, «mami, tú eres la mejor», «mami, yo soy el mejor», y el palón divino para demostrar lo contrario, así sea de labios para afuera.

Están los chistes en los que los cubanos siempre salen ganando, tienen portañuelas más generosas que los españoles, los franceses, los americanos…, no importa que estudios de urología demostraran hace años que los nuestros ni siquiera están en el top ten de los mejores dotados del mundo, y otras encuestas ubicaran los países donde más se practican las relaciones sexuales en la lejana, y aparentemente frígida, Europa.

De modo que no, no sé cómo son las cubanas. Sé cómo soy. Qué me gusta. Qué me disgusta. Cosas que seguramente gustarán o disgustarán a millones de mujeres en todos los idiomas.

Y de los hombres, qué les digo, incluso entre los cubanos hay de todos los tipos. De los cariñosos y sinceros. De esos que como diría Soledad Cruz te provocan orgasmos en el alma y en cuantos sitios sean posibles, y de esos otros que no encontrarían el punto G ni aunque les marquen el camino con pintura fosforescente.

Supongo que todos somos lo que somos, lo que nos dio la naturaleza y lo que fuimos ganando con el tiempo. Algunos, claro está, serán más experimentados que otros, pero eso no viene con carteles de Made in…, ni es exclusivo del paralelo 75. Y sí, cierto que la insularidad, y el calor del ambiente tienen su peso en la «forma de ser del cubano», pero generalmente lo que ocurre puertas adentro, sin poses ni parafernalia, son otros 20 pesos.

Así que sí, soy cubana. Pero mejor hablamos del clima.

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