El ladrón de sueños

Ilustración: Manu Gey ( @ManuGey); Acuarela

Él tiene un plan, apoderarse de todos nuestros sueños. Ya sabes, anda por ahí robando los sueños de la gente.

Elige los mejores y te los saca por el oído derecho, mientras duermes. Los enrolla despacito en un palo blancuzco, que sujeta con ambas manos a dos centímetros de tu oreja. Milímetro a milímetro. Cuando lo ha sacado observa su brillo en la oscuridad, sus reflejos rojos, azules o verdes, siempre metálicos. Además, estos tienen un olor: dulce los de paseos por el campo en una tarde de verano, con toques de canela si tu abuela con su pelo blanco te da caramelos de café con leche, o ráfagas de jazmín para los de pasiones ardientes con un amor platónico.

Tú estás durmiendo, no te enteras de que lo ha robado ese sueño en el que viajabas en un barco pirata conquistando los siete mares o aquel otro donde besas a una chica morena de ojos verdes como la jungla. Y la mañana siguiente te levantas sin acordarte de nada.

Y te preguntarás, ¿para que los quiere?, ¿qué hace con ellos?

Los clasifica por temas: sueños eróticos, sueños felices, divertidos, realistas, imposibles… Luego los guarda según el tema, junto con el resto de sus hurtos, en ánforas marrones que miden tres metros. Tiene más de ochocientas en el sótano de su palacio, se rumorea que nadie ha llegado nunca hasta el final. Allí los deja reposar, madurar, tomar cuerpo y forma durante mucho tiempo, incluso miles de años.

Cuando están maduros, vuelca el ánfora poco a poco, con un gesto delicado. Y los sueños condensados caen dibujando hilos: rojos los apasionados, verdes las pesadillas, azules los felices… Los guarda en botellas de color oscuro para que no se dañen, y los bebe en copas de bases alargadas las noches de los domingos, cuando agotado tras sus hurtos vuelve a casa. Saborea cada trago con la pasión de un primer beso, con suavidad y un toque de ansia al mismo tiempo. Y siempre, tras cada sorbo, pasa la lengua por los labios arrugados y se asegura de que nada le escapa.

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