Mientras hago la cama

Ésta será la última cama que haga en este hotel. Estiraré la sábana bajera hasta dejarla lisa como la piel de un niño. Dejaré sin arrugas la de arriba junto con la manta, para que los clientes tengan que tirar fuerte de ella para desarmar la cama antes de acostarse; colocaré el edredón y mulliré los cojines, para que cuando se tumben los turistas parezca que queden atrapados. Lo dejaré todo perfecto.

Ésta será la última vez que limpie este baño. Dejaré la grifería de plata reluciente, para que no haga falta mirarse en ninguno de los cinco espejos que visten la habitación. El lavabo parecerá nuevo, como si nunca hubiese caído una gota de agua. Las toallas estarán colocadas al milímetro, dispuestas a secar. Y la bañera de porcelana, blanca y mate, preparada para recibir a los más sucios, a los más limpios y a los más derrochadores de agua.

Ésta será la última vez que coloque los bombones de bienvenida en la entrada de la habitación, los quince bombones de chocolate y menta, que me está vetado probar. Será la última vez que ponga los jarrones con las flores, para que el olor a lavanda inunde la habitación.

Y una vez que termine, bajaré a recepción. Descenderé por las escaleras y taconearé con mis zapatos de sirvienta por los ochenta escalones que separan las suites del despacho del jefe. Todos los clientes y todos los empleados se darán cuenta que estoy yendo a verle. Iré con la cabeza alta, con el delantal bien estirado y mi traje oscuro, como el sótano del hotel, impecable. Llamaré a su puerta. Dos golpes secos y decisivos.

Tú dirás ¿sí?, y yo contestaré ¿puedo entrar señor Henry? Y dirás algo así como ahora no, vuelva dentro de una hora, pero como yo ya estaré harta, entraré sin dejarle opción.

Te sorprenderás porque nunca una camarera de planta ha hecho esto, pero habrá que plantarle cara. Yo te diré no me mire así, me conoce perfectamente. Y contestarás, bueno y qué quiere porque tengo mucho trabajo. Yo te diré me voy, me voy porque me han ofrecido ser jefa de planta en el Palace. Abrirás los ojos como un búho, dejarás la pluma que tienes entre los dedos y te recostarás en tu silla de cuero. Y poniendo cara de digno, apretando los labios, me dirás eso está bien, pero no se irá ¿verdad?

Me volveré a estirar el delantal, como queriendo llevármelo a los pies, y diré que sí, que me iré. Que como no me voy a ir, que llevo 15 años siendo camarera de planta del hotel, estirando sábanas y ahuecando los cojines, ayudando en las cocinas, extendiendo la mantequilla en los panes recién horneados, haciendo feliz a los huéspedes que piden champan a las 2 de la madrugada en copas finas y caras.

Que llevo 15 años sin poder coger un bombón de chocolate y menta de los que dejo en la bandeja recién limpia de la entrada de las suite, que nunca me ha dicho si mi trabajo está bien, mal o regular y nunca me ha dado una oportunidad para mejorar.

Eso te diré, y también que quiero irme, que es una explicación que tendrás que acatar, y que el Palace es mucho mejor que su hotel.

Porque antes de todo esto, antes de que baje al despacho del que más manda, el Palace me habrá hecho una oferta que no rechazaré. Señorita, me llamarán, queremos que trabaje con nosotros, que sea jefa de planta. Ah sí, ¿yo? Y taparé el teléfono para que no oigan mi risita nerviosa y mis saltos de alegría. Sí, usted. Queremos que se incorpore cuanto antes. Y yo diré que por supuesto, que cuenten conmigo.

Y al colgar el teléfono, será cuando decida que ésta será la última cama que haga y el último baño que limpie.