Terremoto

La taza comenzó a tintinear. El café empezó a ondearse; primero espaciadamente, como cuando lanzas una piedra a un estanque; luego más rápido, como los picos y bajadas de un electrocardiograma. Ajena al bamboleante ritmo de los enseres y de su cuerpo, Marina siguió observando absorta la pared blanca de la casa sentada en la mesa del comedor. No tenía ganas de sentir.

Primero se fue su padre cuando ella tenía cinco años. De eso hace mucho tiempo, pero a Marina le quedó un poso de amargura: ¿por qué todos los niños de la escuela tenían un padre en casa? Algo estaba equivocado si sus amigos tenían padre y su madre le decía que no: “Marina, tu padre sólo existió hasta tus cinco años”. En ese momento, los platos de porcelana de la estantería del comedor se estrellaron contra el suelo: cayeron escalonadamente, como el chorro de una fuente, para salpicar toda la estancia.

Cuando Marina llegó a los quince, su hermana Benita emigró a España: “Mira Marina, acá en el Chile no hacemos nada. Marcho a Europa a hacer un futuro”. A Marina le quedó otro poso de amargura: cómo es eso que la gente tenga que dejar a sus familias si el gobierno dice que las cosechas y el cobre dan dinero, que la riqueza se reparte entre todos. Se empezaron a oír gritos por la escalera de la comunidad de vecinos. El espejo de la entrada y varios cuadros se despegaron de la pared para ir al suelo. El espejo, como si fuese un trapecista, dio varias vueltas antes de aterrizar boca arriba en el piso.

El marido de Marina murió de cáncer hace dos años. Ahí la dejó, sola y desamparada. Si lo hubiésemos pillado a tiempo… dijeron los médicos. Cómo podía haber pasado: él era el más fuerte del pueblo, el que guardaba el ganado, el primero que cogía la pala… Pero murió de cáncer por no haberlo visto a tiempo. La taza se volcó en el mantel de la mesa, el café oscuro se desparramó por la tela, como las desgracias, pensó Marina. Eso sí la sobresaltó: el darse cuenta del tamaño de las desgracias a medida de que el café avanzaba por la mesa y comenzó a gotear.

¡Ay la casa no! ¡Virgencita la casa se me cae encima! Marina tomó conciencia de la situación: un terremoto en estas fechas, si ahora no toca, bueno pues hagámosle frente, que no me pille sentada y quieta, por lo menos debajo de la mesa resguardada, no vaya a ser que los que se fueron se queden sin casa, mira que si quieren volver, y ahora se cayeron todos los cuadros, bueno pues se cambian que eran muy feos, llamaré a Benita, le diré que estoy bien, que vuelva a su país… ¿Ya pasó? Ay Virgencita ya pasó…

Marina salió de debajo de la mesa, se incorporó. Ay Virgencita, bueno… llamaré a Benita, sí, que se venga, que otro terremoto de estos no lo paso yo sola, y luego a la tumba, no vaya a ser que mi amado se haya quedado sin flores con este movimiento… Levantó la taza caída en el mantel. Ya está bien de desgracias.

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