Bestia

De entrada, las voces. No, una voz. Otra vez desperté a causa de esa silueta. ¡Maldito animal uniforme!
No pude dormir, esa noche. Tampoco la noche anterior, ni la previa. A causa de eso estoy cansado, pero esta noche será diferente: esta noche terminaré con su existencia.
Todo se mueve en imágenes. Algo sucede con la temporalidad: fragmentos de movimiento y desaceleraciones del tiempo. Pausas. Comienzo a planear la estrategia: llegaré a casa, serviré un vaso de agua, con dos cubos de hielo y me sentaré frente al televisor (el televisor tendrá que estar apagado, lo ideal sería desconectarlo; de estar conectado resultaría peor).
Las luces se extinguirán, lentamente, hasta que se confundan con el cerrar de los ojos. Entonces no sabré si tengo los ojos cerrado o abiertos. Eso es lo más complicado — siempre es lo más complicado — , pero siempre lo sé, siempre lo tengo que saber.
El negro es continuo y eterno. Se escuchan los pasos arrítmicos. Cada vez más fuertes e intensos.
Todo marcha bien. Estoy tranquilo y es lo único que importa. Me levanto y doy dos pasos largos. Mis ojos están abiertos. Nada. Nada. Camino y tropiezo.
¡La estrategia! La estrategia se me ha caído de las manos, se ha escapado por la alcantarilla. Sin la estrategia soy nada. Oscuro, oscuro completo. Galopeo de sangre y de bestia.
No veo nada. No siento nada.
Corro. Corre. Galopamos. La bestia. Ojos cerrados. Ojos abiertos. Galopeo. Caigo.
¡Bestia!
¡Bestia!
¡Bestia!
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Por: Adalberto III


